sábado, 4 de febrero de 2023

Al otro lado de las barricadas

Resulta paradójico cómo ciertas cosas que durante mi adolescencia no entendía, me molestaban o incluso me enojaban, cobran sentido ahora que estoy al otro lado de las barricadas. Porque, cuando hay adolescentes de por medio, el hogar, aunque pueda sonar exagerado, se convierte en ocasiones en campo de batalla. Una guerra que podrá ser más o menos cruenta, que dejará heridas -por lo general, superficiales- y que durará años o, en el mejor de los casos, tan sólo unas semanas, pero el conflicto es inevitable y, además, agotador para ambos contendientes. Nadie sale ileso, pero me arriesgaré a afirmar, ahora que lo he experimentado desde ambas trincheras, que es particularmente lesivo para los padres.



Sin manual de instrucciones. A todos los que hemos tenido hijos, en algún momento de nuestra paternidad, se nos ha recordado lo obvio. No sólo tenemos que ir elaborando sobre la marcha nuestro personal compendio de prácticas y conductas acertadas a la hora de tratar con nuestros hijos, sino que, por mucho que lo intentemos, el mismo esquema no nos servirá para cada uno de nuestros cachorros. Lo que funciona con uno de ellos, no será de utilidad para otro, y no nos quedará más remedio que buscar alternativas que surtan efecto. Y muchas veces, esto provocará nuevas tensiones.

- ¿Por qué a mí me has castigado sin jugar a la consola este fin de semana y a mi hermano sin paga?

O una queja también muy habitual que solemos formular los hermanos mayores:

- Cuando yo tenía la edad de mi hermano, si hacía algo así, no veía la calle en un mes.

Porque ocurre también que, en muchos casos, nos esmeramos más con el primogénito que con sus hermanos pequeños. Y no es porque les queramos peor o nos esforcemos menos. Simplemente se trata de una cuestión de optimización de tiempo y recursos. Nuestras obligaciones, cuando decidimos ampliar la familia con un segundo churumbel, se multiplican por dos y el tiempo que podemos dedicar a cumplirlas se reduce a la mitad. Imagino que si te animas con un tercero o un cuarto, el escenario al que se enfrentarán los padres estará sembrado de bombas trampa y será necesaria la aplicación de técnicas elementales de supervivencia.

Sonrío para mis adentros cuando coincido con amigos o familiares que van por la primera temporada de la serie, es decir, con niños aún pequeños, y les ves escucharte con la mayor atención y tomando notas mentales si decides compartir con ellos tus experiencias. Yo también estuve ahí en su momento, tratando de separar, de las cosas que me contaban, el trigo de la paja y poder estar mejor preparado cuando empezasen a aparecer obstáculos en el camino. Me mostraba abiertamente incrédulo cuando esos padres más curtidos, después de quejarme de lo poco que dormíamos desde que en casa éramos tres, me recomendaban que disfrutase, que lo peor estaba aún por llegar y que un día echaría de menos esa clase de agotamiento. No mentían: los problemas, como rezaba aquella serie americana de éxito en los años noventa, no dejan de crecer. 



No sé si será un fenómeno habitual en hogares con dos hijos o si nuestro caso es excepcional, pero sucede que nuestros dos angelitos, desde hace ya años, muestran una sincronización perfecta a la hora de mantenernos en tensión. Cuando parece que alcanzas cierta sintonía con uno de ellos, él otro aprovecha para salirse de frecuencia y hacer que nuestra preocupación se eleve a niveles de alerta máxima. Parecen coordinados para no presentar batalla a la vez. Táctica de desgaste podríamos llamarla, por continuar con los términos bélicos. Cuando uno inicia una escaramuza, el otro se repliega a retaguardia para pertrecharse de víveres y armamento y esperar su turno. A veces incluso negocia treguas y propone alianzas. Y viceversa. Pero no nos engañemos, no se trata de una estrategia previamente acordada por ellos para desestabilizarnos. Esa retirada consiste en un movimiento natural e inconsciente que persigue un único objetivo. A río revuelto, ganancia de pescadores. Mientras mi hermano les tortura, yo me pongo el disfraz de hijo comprensivo y cariñoso, con blancas alas en la espalda y aureola dorada sobre la cabeza, y seguro que algún beneficio, material o abstracto, acabo recibiendo.

La adolescencia es el momento en que uno se esculpe a sí mismo, esa etapa en la que determinamos quiénes seremos. Es una fase delicada y llena de contradicciones en la que descubrimos, entre otras cosas, que nuestros padres no son superhéroes y que la vida no es el parque de juegos en el que hemos crecido. Tememos enfrentarnos a ella, pero estamos también ansiosos por saltar al ruedo y ver de lo que somos capaces. En esa coyuntura percibimos muchas veces la vida en la casa familiar como un purgatorio en el que tenemos que penar hasta aprovechar, cuando se den las condiciones adecuadas, la oportunidad de escapar y ser nosotros quienes elijamos el rumbo que queremos seguir. No entendemos a nuestros padres, nos enfadamos con ellos porque parecen no querer comprendernos, les llevamos al límite en un desafío ridículo, pero, al mismo tiempo, necesario. Y eso, en gran medida, será una constante hasta el día en que, como yo ahora, nos encontremos al otro lado de las barricadas y seamos capaces, por fin, no sólo de entenderles, sino de admirarles también por el esfuerzo y la paciencia con que combatieron en aquella guerra a la que en su momento les arrastramos.



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