sábado, 16 de diciembre de 2023

Champú para calvos

Hace un par de tardes, al salir yo de la ducha con la cabeza más despejada después de varias horas de estudio frente al ordenador y paladeando ya la placentera sensación de haber finiquitado todas mis obligaciones y de tener las horas restantes del día a mi disposición para dedicarlas al ocio y la holganza, mi hijo Marcos, de quince años de edad, me espetó de repente, con una seriedad inusual en él, lo siguiente:

- Papá, hay una cosa que nunca te he preguntado...


Por el tono que empleó, por estar los dos solos en casa en aquel momento y por ese "nunca" que me sonó más a un "hasta ahora no me he atrevido" que a un "hasta ahora no había pensado en ello", me detuve en mi tránsito por el salón hacia la cocina un tanto sorprendido. No sé qué esperaba en realidad, pero todo me hizo pensar que había llegado el momento de nuevo de mantener con mi descendiente una de esas conversaciones trascendentales que un padre aguarda y teme al mismo tiempo. Desde hace año y medio aproximadamente nuestra relación, por aclarar, es bastante serena y fluida teniendo en cuenta la etapa en la que el churumbel se encuentra, esa incómoda adolescencia en que el diálogo con los progenitores se suele reducir a gruñidos ininteligibles y miradas despectivas, y me consta además que él anda desde hace un tiempo planteándose muchas cuestiones de importancia de cara a su futuro y sobre la manera en la que el mundo adulto funciona. Debe también tenerse en cuenta que, a diferencia de lo que observamos Nuria y yo en muchos adolescentes - sin ir más lejos en la experiencia que en su día vivimos con Sergio, el mayor -, este hijo nuestro, para nuestra grata sorpresa y mayor tranquilidad, toma buena nota de todo lo que sus padres le transmitimos en base a nuestras experiencias vitales. Así pues, con todo esto en mente, pensando que la charla iba a ser de las que dejarían huella en ambos, silencié el móvil, me senté frente a él, dispuesto a compartir mi limitada sabiduría, y le pregunté:

- ¿Qué quieres preguntarme, hijo?

Y aunque la duda que me planteó me hizo soltar una carcajada inmediata que no fui capaz de contener, debo hacer constar que él no pretendía reírse a mi costa ni hacer una broma fácil en relación a mi reconocida y reconocible alopecia. Le conozco bien y sé que realmente albergaba una curiosidad sincera por algo que es sumamente importante para él y que dejó de serlo para mí hace ya unos cuantos años: el cabello.

- Papá, ¿tú utilizas champú?


No importa si la cuestión planteada corresponde o no a los pensamientos que suponemos (o creemos suponer) que pululan por la mente de un quinceañero. Tampoco si el debate es sobre algo tan superficial como puede parecerme el tono y salud capilar de cualquier hijo de vecino, incluidos él y yo, sobre algo tan serio como se me antoja la elección de una profesión o sobre algo tan delicado como las relaciones de pareja. Para nosotros, como padres, supone un alivio inmenso saber que los canales de comunicación con nuestro hijo están abiertos y que él escucha lo que de nuestras bocas, ya sea para saciar su curiosidad como en este caso o para proporcionarle herramientas para enfrentarse al mañana, pueda salir. Supone también una gran responsabilidad que asumimos con naturalidad, pero también con orgullo. Porque es un chaval que escucha, reflexiona sobre lo comentado y extrae sus propias conclusiones. Sabemos que lo que le digamos tiene repercusiones en sus comportamientos y en su manera de pensar. Como digo, todo eso pesa, pero es una carga liviana que cualquier padre aspira a arrastrar durante toda su vida.

La verdad es que Marcos se está transformando en un tipo peculiar que no deja de asombrarnos y que aporta a nuestras vidas algunas especias que hacen que la carta sea más atractiva y sabrosa. Los arranques de mal humor inherentes a su edad se diluyen fácilmente si apelamos a su sentido del humor, agudo y solidario. Su recalcitrante vaguería en los estudios se compensa con creces con su generosidad doméstica cuando ve que nos encontramos desbordados. Su compromiso con sus amigos, especialmente con el equipo de baloncesto, conjuga a la perfección con el valor que concede al estamento familiar. 

Y de vez en cuando sus reflexiones más profundas sobre el mundo que le aguarda al otro lado de la puerta y al que ansía incorporarse cuanto antes se contraponen, como en este caso, con el niño que continúa - y no es encanta que sea así - siendo. 



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