La víspera de Reyes del año 1886, Robert Louis Stevenson, que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña pocos años antes con La isla del tesoro, publicó un relato corto llamado El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde en el que un abogado investiga la posible relación entre un viejo amigo científico y un criminal que campa a sus anchas por la ciudad cometiendo las mayores atrocidades. Esta novela sienta las bases de lo que años después, en psiquiatría, se conocería como el trastorno disociativo de la identidad o trastorno de personalidad múltiple. Pero no es de psicología de lo que hoy quiero hablar, aunque me servirá para sostener mi argumento, sino de, una vez más, nuestros hijos.
Yo no sé si ocurrirá en todos los hogares, pero lo que sucede en el mío cuando cualquiera de mis angelicales criaturas agarran el mando y se sientan frente a la televisión para jugar a la consola me plantea una disyuntiva complicada: ¿la desconecto o llamo a un exorcista?
Tal y como el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado señor Hyde tras consumir una pócima de su invención, así mis hijos, especialmente el pequeño, se convierten en gárgolas malhabladas y de trato arisco cuando dedican su tiempo a la Playstation. Decirles que se supone que es esa una actividad para entretenerse y relajarse es como nombrar a la bicha, inmediatamente te conviertes en el centro de sus iras. El mero hecho de pasar a su lado y recordarles que tienen que bajar la basura o que en media hora nos vamos a comer a casa de sus abuelos recibe como respuesta, en el mejor de los casos, un gruñido gutural y espeluznante. Eso por no hablar de las lindezas que les dedican a voz en grito a sus rivales como si fuesen hooligans ingleses absolutamente embolingados.
Recientemente Marcos, de la rabia que se apoderó de él al perder un partido o ser castigado con un penalty en contra en el Fifa23, vete tú a saber, pegó tal golpe contra el mural del salón que rompió uno de los cristales del mueble. El muy cachondo se protege preguntándonos que a ver quién tiene en el bloque un mueble tuneado como el nuestro.
Y es que resulta que nosotros tenemos la consola en el salón, lugar de paso frecuente para toda la familia. Esto compromete también la televisión principal de la casa, lo que los fines de semana, que es cuando están autorizados a jugar, hace que se produzcan situaciones conflictivas si queremos ver, por ejemplo, una película. Les cuesta entender que no es que nosotros les echemos del salón, sino que se acabó el período de concesión de ese espacio que nosotros, como propietarios de la casa, les otorgamos.
Anda por lo tanto Marcos exigiendo que reformemos su dormitorio para disponer de su propia tele y Playstation, algo a lo que, por razones logísticas en primer lugar y por motivos de salud mental en segundo, nos negamos en redondo. Emplea las más sutiles estrategias para alcanzar su objetivo y parece que no se rendirá en su propósito pese a que le hemos dejado claro que lo solicitado nunca le será concedido. Pero ahí continua, intentando beneficiarse de esas ocasiones en que nos ve con la guardia baja, a veces provocadas por él mismo mediante zalamerías y caricias.
Así que la alusión al célebre personaje de Stevenson cobra todo su sentido porque mis hijos son entre semana unos para convertirse, consola mediante, en otros muy diferentes los sábados y domingos. Y eso por no hablar de las vacaciones, cuando el salón de mi casa se transforma en el gallinero de un estadio de fútbol o baloncesto y nos toca a nosotros convertirnos en los malos de la película intentando hacerles comprender que son víctimas de la más sutil clase de brujería y que el mundo que tienen que descubrir, que necesitan descubrir, está sólo a unos pasos de ellos, justo al otro lado de la puerta.


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