lunes, 20 de febrero de 2023

Padres primerizos

¿Visteis hace ya unos cuantos años aquella película cómica titulada Nueve meses? Yo la he visto ya varias veces desde su estreno en 1995 y, cuando se acerca el cumpleaños de Sergio, como en esta ocasión, me acuerdo siempre de ella porque en las escenas del parto me identifico absolutamente con ese padre primerizo que no da una a derechas al verse superado por la situación cuando llega el gran momento. Y reconozco a esa Nuria, mal hablada, dolorida y llorosa, en la Julianne Moore que le da la réplica a Hugh Grant en aquel film. Dejadme que os cuente porque creo que a quien no haya oído la historia, como poco, una sonrisa le asomará a los labios al leerla ahora.



Sergio nació un sábado por la mañana del mes de febrero, lo que a mí me hizo trizas porque en aquel entonces tan sólo se concedían al padre tres días de permiso por tan feliz evento, debiendo también contabilizarse fines de semana y festivos. A mí me habría venido de perlas que viese el mundo un miércoles, pero no tuve esa suerte. Así que en teoría, yo me tendría que haber incorporado el martes. En la práctica yo ya había estudiado todas las opciones y dado instrucciones a la que por entonces era mi jefa para sacarle el mayor partido a aquel permiso uniéndolo a un par de semanas de vacaciones. Pero la historia que quiero contar es otra y comenzó la tarde anterior.

Yo revoloteaba nervioso alrededor de Nuria, que comenzaba a padecer las contracciones iniciales dando lo que a mí me parecían claras muestras de dolor, y ofreciéndome para ayudarla en lo que pudiese. A mí se me antojaba que aquello iba demasiado rápido y no paré hasta convencerla de que debíamos acudir a urgencias, si bien ella consideraba que aún había tiempo de sobra. Yo creo que al final accedió para que la dejase de dar la lata. Después de unas horas en el hospital nos mandaron de vuelta a casa en torno a la una de mañana dado que, tal y como Nuria había vaticinado, al bollo le quedaba todavía un rato de cocción.

De que Nuria pasó aquella noche caminando por la casa, rota de dolor por las contracciones y asustada ante la cercanía del alumbramiento, me enteraría a la mañana siguiente, dado que yo, y me avergüenza admitirlo, caí rendido por las emociones de aquella tarde en cuanto apoyé la cabeza en la almohada. Y tuve sueños realmente felices. Fijaros hasta qué punto que, cuando ella me despertó a eso de las siete de la mañana para decirme que había llegado el momento, primero me sorprendí porque había soñado que mi hijo ya había nacido y luego me enojé porque no hubiese sido cierto. Si yo ya había pasado por un parto, ¿por qué tenía que vivirlo de nuevo? Y madrugar para ello...

En cualquier caso nos dirigimos otra vez a Urgencias en un estado calamitoso: a Nuria ya se le habían olvidado las clases preparto y la angustia le impedía mantener un ritmo respiratorio adecuado, parecía un pez boqueando fuera del agua; en cuanto a mí, no sabría decir qué sentimiento predominaba entre todos los que me abotargaban en aquel momento. La somnolencia se entrelazaba con el nerviosismo, la ilusión con el enojo. Ninguno de los dos dominábamos una situación para la que llevábamos meses preparándonos.

Para la ocasión yo me había vestido con un pantalón vaquero, deportivas y, dado que eran días fríos y lluviosos, camiseta interior sin mangas, camisa y jersey grueso de lana. Me arrepentiría luego sobradamente en el paritorio de haberme preparado para una excursión por la sierra en vez de para el nacimiento de mi primer hijo. Me pongo a sudar profusamente sólo de recordar el calor y el agobio que pasé cuando sobre todo aquello me tuve que poner las calzas, el batín y el gorrito quirúrgicos.

Pero antes de entrar en la sala en la que los ojos de Sergio verían por vez primera la luz exterior, pasamos un rato largo en el cuarto de preparación con la matrona, que en nada contribuyó a hacer que aquel trance fuese para nosotros un poco más llevadero.

- A ver, bonita, o empiezas a respirar adecuadamente o tu niño va a sufrir mucho para poder salir.


No era sólo lo que decía. Su lenguaje corporal y verbal asustaba a Nuria y a mí me enfadaba. Como si estuviésemos allí para amargarla a ella la mañana. Ni que tuviésemos otra cosa mejor que hacer. Pero claro, allí la que mandaba era ella y nosotros estábamos simplemente aterrorizados, así que callábamos. Bueno, callaba yo, que no sabía qué más hacer aparte de resoplar y agarrarle tan fuerte a Nuria de la mano que en un momento dado me ordenó con una voz terrorífica, como la de unos de los personajes demoniacos de mis libros de Stephen King, que no la apretase tan fuerte. Y digo que ella no callaba porque, en fin, de su boca salían, como se suele decir, sapos y culebras. Alternaba los vocablos más salvajes con gritos de dolor, lágrimas de angustia y disculpas por el escándalo que estábamos montando. Tanto es así que mi madre, que aguardaba en la sala de espera junto a mi suegra, recuerda la angustia que las dos pasaron escuchando los gritos de la futura mamá, a la que para colmo no se la pudo poner la epidural porque el anestesista se encontraba atendiendo una emergencia. Aquello era un caos.

Finalmente pasamos al paritorio y yo, que me deshidrataba por momentos debido a toda la ropa que llevaba encima, y Nuria, desgarrándose por dentro y por fuera, asistimos por fin al nacimiento de nuestro pequeño alrededor de las diez de la mañana. A diferencia del nacimiento de Marcos, en el que tuvimos la suerte de contar con una matrona eficiente, experimentada y sumamente amable que situó un espejo de manera que pudiésemos ver cómo nuestro niño asomaba la cabeza mientras la sangre brotaba del interior de su madre, en el caso de Sergio poco o nada pudimos ver. No me llegué a desmayar, pero hubo un momento en el que me mareé, más por la emoción y el calor, que porque viese algo que me impactase. Lloré también. Bueno, lo hicimos los tres. Qué menos.

En algún momento de aquel pandemonio, perdí un pendiente que Nuria me había pedido que le guardase durante el parto, algo que me será recordado de aquí a la eternidad. Y me parece bien, forma parte de una de las historias más especiales que he tenido la fortuna de vivir y que siempre recordaré con cariño y alguna risa.

Aquella tarde yo tenía partido de fútbol sala. Aún jugaba, aunque mi retirada estaba próxima. Mis nuevas responsabilidades exigían ciertos sacrificios y además mis rodillas empezaban a fallarme. Pero aquel día, lógicamente, no entraba en mis planes asistir al partido. ¿Cómo me iba yo a ir a jugar al fútbol con los colegas si hacía unas horas había sido padre? Sin embargo, Nuria no sólo me insistió, sino que poco menos que me echó del hospital argumentando, con palabras cariñosas, que ya no había quien aguantase el chute de energía que el nacimiento de Sergio me había proporcionado. No recuerdo qué pasó en aquel partido, cómo quedamos o si marqué algún gol. Recuerdo que, al volver al hospital, llovía y que entré en la habitación empapado, pero como una malva. Estaba agotado físicamente, pero emocionalmente eufórico. Fuese lo que fuese que me había poseído durante aquella jornada, se quedó en la cancha.

Y pude por fin, más tranquilo y consciente del momento que habíamos presenciado y de cómo nuestra vida cambiaba desde aquel instante, decirle a mi mujer y a mi hijo lo mucho que les quería y, sin tiempo para nada más, quedarme cuajado en el sillón de la habitación.



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