Dicen que para alcanzar una vida plena hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro antes de morir. Por ahora yo sólo he cumplido con lo primero. Y por partida doble. No sé si eso me exime de las otras dos, pero, por si las moscas, estoy firmemente decidido a no dejar ningún cable suelto. Que aparentemente aún me queda cuerda para rato, que nadie se asuste, pero me parece un momento oportuno para marcarme este tipo de metas. A bote pronto lo del árbol parece quizá lo más sencillo y ya he previsto más o menos dónde crecerá, pero requiere un viaje que aún no puedo realizar, así que es algo que, por el momento, deberá esperar. De manera que ahora estoy dándole vueltas a la que a mí personalmente me parece la más laboriosa de las tres tareas: escribir una novela.
Otro de los consejos que en su momento recibí de aquellos que hacían de las letras su profesión fue que siempre se debe escribir para uno mismo, no para los demás. Que pensar si esto o aquello gustará más o menos entorpece la escritura y ensucia el resultado final. Nunca ha sido esto un problema para mí dado que jamás, salvo quizás cuando era un chaval que se empezaba a enamorar de la literatura, he pensado que esto me pudiese un día dar de comer y, por lo tanto, no me ha preocupado lo que los demás puedan opinar sobre lo que escribo. Siempre agrada que te den una palmadita en la espalda, que alaben tus virtudes, pero no es lo que me mueve al comenzar a teclear aquello que quiero contarme a mí mismo.
Mientras sacudía la chistera de las ideas, ocurrió algo en casa, una situación doméstica que nos transportó a los cuatro a un lugar en el que no habíamos estado juntos antes: silencios incómodos, palabras que dañan, frustración, rabia. Nunca los cuatro a la vez. Y, a modo de ejercicio literario, comencé a escribir sobre cómo estaba yo adaptándome a esa inesperada coyuntura y cómo intuía que lo estarían haciendo Nuria y los niños. Van ya más de cien páginas, un tercio más o menos de lo previsto, y me acecha constantemente la tentación, sentadas ya las bases y el punto de partida de la historia, de arrastrar ahora a los personajes hacia una situación imaginaria en la que tengan que enfrentarse a sus propias carencias y defectos y ver cómo reaccionan. Aún no sé qué saldrá de ahí, si me atreveré a seguir adelante o si se quedará simplemente en un mero ejercicio práctico, su finalidad inicial. Pero lo cierto es que encuentro cómodo caminando por estos terrenos que conozco de sobra y sobre los que me gusta escribir, las emociones, los sentimientos, el funcionamiento de nuestro yo interior.
Sin embargo, algo extraño me ha ocurrido llegados a este punto. Durante un par de días me di un descanso para intentar enfocar la segunda parte de lo ya escrito y, de repente, unos personajes ficticios se han adueñado inesperadamente de mi cabeza y han comenzado a susurrarme cosas al oído. Todo muy impreciso, aunque los muy canallas son bastante convincentes y están empujando a un rincón de mi cerebro a esos que ya habían empezado a tener su propia historia escrita sobre el papel. Parecen querer arrastrarme a una realidad distinta, donde los libros son importantes y la magia que en ellos habita tiene mucha fuerza. A bote pronto y sin todavía haberles comprendido del todo, con su tentadora voz me traen ecos de La historia interminable, Las crónicas de Narnia o Los Goonies. Pero también reminiscencias de Los tres mosqueteros, La isla del tesoro o Miguel Strogoff. Insisto: está todo aún en penumbras, pero la luz que intuyo brillando tras la niebla aparenta ser deslumbrante.
Y hay más, ya que entre medias de esas ideas han surgido otros personajes, tales como un ama de casa que un día asesinó y que ahora, ante la amenaza de quedarse sola, valora hacerlo de nuevo, o una muchacha judía en un campo de concentración nazi, devastada y sin futuro, que sigue adelante frente al horror del antisemitismo por una promesa que en su día hizo. Son los suyos relatos que aparentemente serán cortos y que tal vez, de llevarlos a buen puerto, presente a algún concurso literario, aunque siguen siendo historias que me invento para mí mismo, no para obtener reconocimiento alguno. Hay también pululando por mi cerebro algunos otros peculiares individuos que reclaman un archivo en mi Word y a los que supongo que terminaré prestándoles mi voz.
Y por supuesto, este blog, al que quizá le nazca en breve un gemelo, dado que hay temas que me gustaría tuviesen su propio espacio, pero ya veremos. Los días duran sólo veinticuatro horas y no sólo de escribir vive este hombre. Ojala pudiese dedicarle más tiempo a esta pasión mía,
Así pues, la novela que aún no he escrito es por el momento una simple utopía, pero que sospecho podría, contra pronóstico, germinar antes de que plante el árbol que también tengo pendiente.


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