Recordaré la del pasado quince de enero, hace ya más de un mes, como la peor noche de mi vida. Creo que jamás me he sentido tan desvalido, tan desesperado y tan vulnerable como me vi a mí mismo durante aquellas largas horas.
- Se me hace raro que esta noche durmamos solos los dos en casa.
Eso fue lo que Marcos me dijo poco antes de acostarse. Nuria estaba de turno nocturno, algo a lo que ya estamos habituados, pero daba la casualidad de que Sergio se encontraba en Cerler, en un viaje organizado por el instituto para los que quisiesen aprender a esquiar. Supongo que Marcos verbalizó ese pensamiento, no sólo por tratarse de una situación atípica, sino también porque ninguno de los dos estábamos para tirar cohetes y quizá extrañaba a alguien que nos cuidase. Él andaba acatarrado, le costaba respirar bien, y sufría además dolores musculares como consecuencia de un partido duro que había disputado el día anterior. En mi caso, después de un mes en que la combinación de medicamentos recetados por la doctora parecían estar reduciendo los dolores que padezco, arrastraba nuevamente, desde hacía tres días, molestias más intensas. Nada había cambiado en mis rutinas durante esas semanas, por lo que únicamente puedo atribuir el empeoramiento al frío que durante los últimos días se había abalanzado sobre la capital.
El caso es que Marcos se fue a la cama y yo me quedé en el salón, tumbado cuan largo soy en el sofá, viendo la tele y escuchándole toser y dar vueltas y vueltas tratando de conciliar el sueño. Cuando por fin sentí que se había dormido, plegué yo también velas y me dirigí a mi cuarto para intentar descansar, propósito que se me antojaba improbable dado que me encontraba bastante incómodo. Ocurrió que, sin previo aviso, en medio del pasillo, me sobrevino un fuerte estornudo que provocó a su vez un latigazo de dolor en las terminaciones nerviosas de mi costado derecho, allí donde el herpes zoster campó a sus anchas hace ya casi nueve meses. Llegué a duras penas al dormitorio y me costó aún más tumbarme sobre la manta eléctrica confiando en que me proporcionase algo de alivio. Dado que el daño interno que me azota suele desaparecer paulatinamente a los diez o quince minutos de yacer en posición horizontal, no podía sospechar que aún quedaba lo peor.
Cuando noté que mi costado dejaba de latir dolorosamente y que mi respiración recuperaba su habitual cadencia, intenté dormirme sin cambiar de posición para no despertar de nuevo a la bestia. Tardé, pero caí finalmente en un sueño extraño en el que mi cabeza jugaba más sucio que nunca brindándome una ensoñación en la que mi enfermedad había sido producida por un veneno que alguien estaba mezclando con mis comidas. Desperté sobresaltado a las cuatro y media de la madrugada, empezando a sentir de nuevo la dentellada del lobo, pero su intensidad fue incrementándose hasta sobrepasar los niveles que hasta aquel momento había conocido. Nunca había soportado un dolor de tamaña magnitud. Me retorcía en la cama, incapaz de hacer nada más que contener el grito que desde tan terrible despertar ansiaba poder emitir.
Estuve así dos horas en las que unas tenazas candentes retorcían, encogían y estiraban mis fibras nerviosas, obligándome a descubrir nuevos límites a mi capacidad de sufrimiento. Lloré de dolor. También de rabia y frustración. Hasta las seis y media de la mañana, siguiendo las pautas de la doctora, no podía tomar nada que me ayudase a combatir aquella agonía que empezaba a afectar a mi capacidad de raciocinio. Cuando ingerí los 0,4 g/ml de Metamizol, lo hice como si llevase horas caminando por el desierto sin agua que llevarme a la boca, ajeno al amargo sabor del medicamento. Volví a la cama y pasados unos minutos el dolor desapareció tal y como había llegado: repentinamente y sin anunciarse. Estaba agotado y caí en un duermevela tranquilo, disfrutando del alivio de volver a ser un yo sin dolor, hasta que sonó el despertador de Marcos.
En estos últimos dos años me he convertido en un experto en dolor al haber padecido enfermedades y lesiones cuyo síntoma más evidente es precisamente ese: dolor. Queratitis, cólico nefrítico, prostatitis, herpes zóster, neuralgia postherpética... por ello sé que el dolor, enemigo poderoso, se transforma, por las noches y en la cama, en un monstruo de cinco cabezas capaz de acabar con la cordura de cualquiera.
Conmigo no lo conseguirá porque sé que esta maldita racha terminará algún día y dejará paso a días más luminosos en los que esto no será más que un amargo y prescindible recuerdo.
Hasta entonces, seguiré escribiendo. Es mi manera de resistir.



Cuando acabe todo esto no nos lo vamos a creer❣️
ResponderEliminarTodo lo que nos pasa tiene un sentido. O hay que dárselo. Ahora mismo yo estoy intentando que de todo esto salga algo bueno, que esta situación me lleve a un punto mejor de mi vida. Y lo hago sobre la premisa de que, aunque el dolor pueda disminuir, creo que seguirá ahí, como el que sufre quien se rompió un hueso y ahora sufre cuando se avecina tormenta.
ResponderEliminar