Cuanto más mayor me hago, menos tolero a los pobrecitosdemí. Es algo superior a mis fuerzas y reconozco que mi desdén y mi intransigencia hacia ellos y sus actitudes se me ven a la legua, no puedo disimularlos.
Los pobrecitosdemí son aquellos que siempre tienen algo de lo que lamentarse aunque lleven una vida que muchos envidiarían. Tienen una buena casa, en ocasiones ya en propiedad, un trabajo del que disfrutan, conducen el coche que siempre habían querido tener, unos hijos a los que han sabido educar en unos valores firmes y provechosos para la sociedad y que les han salido chévere (como dirían los venezolanos), un marido o una esposa de los que no se pueden quejar y una salud decente. Pero oye, la vida les da una tobita y todo lo demás deja de contar. Las cosas se complican en el trabajo con algún compañero y ya son los más desgraciados sobre la faz de la tierra. Cogen unos kilos de más y parece que el mundo se la tiene jurada. Se les estropea el aspirador y es que su vida es una mierda. Y crucemos los dedos para que no les duela nada porque entonces ya se convierten en los todomepasaamí.
Sus niveles en sangre de empatía hacia el prójimo están bajo mínimos porque nada de lo que les suceda a los demás es comparable con el infortunio propio. Y, por definición, sus índices de egoísmo son inversamente proporcionales a los de su empatía.
Desprecian todo lo bueno que la vida les ha proporcionado y viven en una realidad paralela en la que consideran que se les debe permitir cualquier salida de tiesto porque, hay que ver qué poco tacto tienes, con todo lo que me está pasando, aunque a su interlocutor le hayan embargado la casa, le hayan despedido o su pareja les haya abandonado. Eso no es nada porque los pobrecitosdemí sólo tienen ojos para su propio ombligo.
No se te ocurra enfrentarles a su realidad en un momento de esos de autocompasión que ellos consideran más que justificados porque te vas a convertir sin lugar a dudas en el blanco de sus iras y en la causa de todos sus males.
No importa lo que te pase, sino lo que hagas con las cosas que te pasan. Es una frase que escuché por primera vez en el entorno del baloncesto y que intento que me guíe cada día de mi vida desde entonces. No siempre lo consigo, hay momentos en que me deprimo, e incluso en los últimos tiempos me da pánico pensar que me pueda estar convirtiendo en uno de ellos, en un pobrecitodemí o en todomepasaamí pero intento que la desesperanza no se apodere de mí nada más que unas horas. Procuro rápidamente ocuparme con algo para no preocuparme, para que los pensamientos negros se volatilicen.
Siempre va a haber alguien dispuesto a escuchar tus lamentaciones cuando estés ahí abajo. Todos tenemos a alguien cerca para secar nuestras lágrimas, pero sólo tú puedes conseguir que eso no te atenace y te impida, tal y como reza ese proverbio chino, seguir mirando a la luna en vez de concentrarte en el dedo que la señala.
Para esos pequeños dramas del día a día, lamentarse o quejarse no son opciones válidas. O al menos no es aceptable limitarnos únicamente a compadecernos de nosotros mismos. Hay que ir más allá y hacer algo con lo que nos ha ocurrido. Darle un sentido.
A los pobrecitosdemí yo les ofrezco un abrazo, unos oídos para escuchar sus penas y mi criterio para asesorarles si estiman oportuno escucharme, nada más. Si no les es suficiente, que sigan compadeciéndose de sí mismos y perdiendo el tiempo de la vida maravillosa que les ha sido otorgada, pero que respeten mi decisión de querer disfrutar de la mía, muchas veces no tan deslumbrante, sin tener que escuchar sus continuos lamentos.
Y si aquellos que me queréis, percibís en mí en algún momento señales de que me estoy transformando en uno de ellos, tenéis mi autorización para darme una o dos bofetadas de realidad, las que consideréis precisas, para devolverme al redil.
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