martes, 21 de marzo de 2023

El Brónxtoles

Anonadado me he quedado al leer en el mupi que hay cerca de mi casa que Móstoles es la segunda ciudad más segura de Madrid. Así de primeras, no doy crédito a lo que mis ojos contemplan y mi mente comienza a procesar esta información mientras regreso paseando a casa.



¿Cómo es posible si esto ha sido toda la vida el Bronxtoles, como los de fuera denominaban al municipio cuando yo era joven?. ¿Cómo puede ser si mis hijos de vez en cuando nos atemorizan a su madre y a mí con las felonías de las bandas callejeras que pululan por nuestras calles?. Pero si en la mía, zona de bares y pubs, casi todos los sábados a eso de la una de la madrugada, mientras me entretengo un rato con la Play antes de irme a dormir, las luces azules giratorias de las patrullas policiales invaden mi salón y muchas veces, por mera curiosidad, me asomo a mi terraza a ver qué está sucediendo.

Vaya por delante que me enorgullecería confirmar que es cierto, que al menos en materia de seguridad, ya que no puedo vivir en una lujosa urbanización de chalets de, pongamos, La Moraleja, mi ciudad es un espacio seguro.

Mientras encaro ya la cuesta hasta mi edificio regresa a mi memoria aquel yonqui que, a plena luz del día y mostrándome un cuchillo jamonero que escondía bajo la cazadora, me robó, cuando yo debía tener catorce años, frente a la ferretería de Manolo, el dinero que llevaba encima para pagar a mi profesor de inglés particular, suceso que, más que asustarme, me atribuló profundamente porque era consciente del sacrificio que mis padres hacían para que yo pudiese asistir a esas clases. 




Recuerdo también cuando Móstoles no era tan grande y estaba dividido en dos partes por la única estación de cercanías que entonces teníamos. Y que para cruzar al otro lado había que atravesar un túnel subterráneo mal iluminado y maloliente donde era fácil que te intentasen atracar, fuera la hora que fuese, y que se convertía, cada vez que quedaba con alguien por el centro o quería irme a gastar mis ahorros a la Fnac de Callao, en un ejercicio de valentía y autocontrol desorbitado. Porque yo vivía en el lado malo de la ciudad, no porque los índices de criminalidad fuesen mayores, sino porque a nosotros, incluso para coger el tren, nos tocaba atravesar el malhadado pasadizo nos gustase o no.

Llego por fin a casa y, como me cuesta creerme lo que he visto, accedo a Internet para intentar cotejar la información. Los primeros resultados de la búsqueda me aclaran dos cosas: que se trata de un estudio realizado sobre municipios de más de cien mil habitantes y que la información procede del propio Ayuntamiento. Hay un tercer resultado en la web del Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz que reclama también para sí ese mérito, así que navego hasta la web del Ministerio del Interior para obtener la confirmación definitiva. Y así es. Es verdad. Compruebo también que la más segura es Fuenlabrada y la más peligrosa Alcalá de Henares, datos en ambos casos que me dejan también un tanto sorprendido. Obviando, por supuesto, la capital y municipios como Tres Cantos, que no llegan a los cien mil habitantes, interpretaría el mapa actual de criminalidad como una inocentada si se lo enseñase a mi yo de hace treinta y cinco años.

Decido no indagar más porque lo que sí he podido confirmar, sea la segunda o la tercera, lo mismo da, es que mi Brónxtoles, el que me vio crecer, ha cambiado radicalmente y que ahora es ya una ciudad por la que uno puede moverse sin sentir el miedo que nosotros a veces sentíamos.

Un alivio, aunque como padre que uno es, sirva de consuelo vano cuando los chicos salen por la noche con sus colegas a divertirse.

Gajes del oficio, supongo.




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