Admitiré sin sonrojarme que, metido en faena, siempre me apetece otra ronda más. Que, arropado por el calor de los amigos y familiares y por el gustito en el gaznate del jarabe de cebada, me cuesta mucho decir no a la penúltima. Pero también confesaré que en mi casa el alcohol sólo corre en celebraciones especiales. De hecho, cuando se anuncia una visita, suele tocarme bajar con urgencia al chino a por unas cervezas con las que poder honrar a mis invitados dado que no siempre tengo en casa. Lo que en mi frigorífico no suele faltar son latas de Coca Cola Zero, Aquarius y, sobre todo, botellas de té verde de Hacendado. Qué vicio más raro el mío. Pero, como al principio decía, eso no quita para que, en medio de cualquier reunión o sarao, los ojos me hagan chiribitas cuando alguien propone pedir otra ronda.
Supongo que la primera vez que bebí fue por la misma razón por la que empecé a fumar: por impresionar a una chica.
Con quince años, Angela, repetidora y con fama de darle a aquel que le cayese en gracia lo que le pidiese, me propuso hacer pellas. ¿Cómo me iba a negar yo, a mis quince años, ante la promesa de un rato a solas con la chica teóricamente fácil de clase? Según salimos por la puerta del instituto, me dijo, al tiempo que sacaba un paquete de Ducados del bolsillo de su camisa vaquera:
- Tú fumas, ¿no?
"Y hago el pino sobre las orejas si tú me lo pides, corazón", pensé.
De aquella escapada saqué el insano hábito de fumar, pero de lo otro volví a clase tal y como me fui: inmaculado como la Virgen María. Ni un triste beso de tornillo.
De a quién pretendía impresionar cuando me tomé mi primera copa ningún recuerdo me queda. De lo que sí me acuerdo con absoluto rubor fue de la inocencia e ignorancia de la que hice gala cuando el camarero me preguntó qué quería tomar, a lo que respondí, quedándome más ancho que largo:
- Pues un cubata.
Si pretendía comerme un colín aquella tarde, dinamité cualquier posibilidad ante la lógica pregunta del barman que a continuación se produjo y mi consiguiente respuesta:
- Muy bien, pero ¿cómo lo quieres?
- Pues con hielo, claro.
Sí, aquel era yo. Creedlo. Ese que se pensaba que un cubata era una bebida alcohólica en sí misma y que no era preciso indicar nada más al pedirla era un servidor. Lamentable ejemplo de quien pretende aparentar más de lo que realmente es.
Mi relación con la cerveza se volvió francamente cordial poco después, cuando litronas en la calle y minis en los bares sustituyeron a los refrescos y batidos con los que hasta entonces era habitual vernos. Bebíamos todos los viernes y muchos sábados. Los domingos eran ya día de retirada y a lo sumo tomábamos algo de sidra. Es curioso la de juegos que se nos ocurrían en los que perder no era tan malo, ya que el que lo hacía tenía que beber. Uno de ellos, que ahora reconozco un tanto asqueroso, consistía en poner una servilleta de papel extendida sobre un mini, que entonces se servía en unas preciosas jarras de boca ancha, y sobre la servilleta una moneda de veinticinco pesetas. Por turnos íbamos haciendo con nuestro cigarro (casi todos fumábamos) agujeros en la servilleta. Perdía aquel al que se le caía la moneda dentro del litro de cerveza, cantidad que debía beberse el perdedor, con la ceniza que hubiese caído en su interior incluida, y a ser posible, de un único trago.
Descubrí también lo refrescante que puede ser una cerveza cuando mi mejor amigo, enfadado por mi manera de tontear con su hermana, decidió que una buena forma de llamarme la atención por tan poca elegancia en mi trato hacia ella era vaciar un mini entero sobre mi cabeza en medio del bar al que acabábamos de llegar. El asombro y la vergüenza me bloquearon por completo. Encima se marchó, dejándome allí y teniendo que pagar aquel litro de cerveza del que ni un sorbo había podido dar. Nuestra amistad, a pesar de aquello (o precisamente por eso) perduró durante muchos años.
De que el alcohol atonta y es peligroso puedo dar fe por algunas experiencias que en su momento viví en persona y de las que, con la perspectiva que dan los años y la paternidad, no me siento nada orgulloso pero que, me guste o no, forman parte de mi pasado.
Como aquella vez que me fui de camping en verano al lago de Sanabria con ese amigo que decidió darme una ducha de cerveza. Su familia solía veranear allí y me había animado a conocer aquel maravilloso paraje. Para allá que nos fuimos los dos solos y durante aquellos días lo más peligroso que hicimos fue jugar al chinchón por las noches con unos minis de sidra floja mientras hablábamos de lo divino y lo humano. Él nunca fue el alma de ninguna fiesta, pero era de conversación fluida e interesante. Cuando llegó el fin de semana y sus hermanos y primos, bastante más fiesteros que él, aterrizaron en el camping, yo ya tenía unas ganas locas de acción, así que pasamos la noche en un chiringuito llamado Los Pitufos bailando y bebiendo hasta que amaneció. Y a mí, con las más de cuatro copas que llevaba encima, no se me ocurrió otra cosa al amanecer que intentar cruzar el lago a nado. Mi amigo y su hermano, mucho más prudentes, habían dormido toda la noche y a ellos debo el poder contarlo hoy, ya que cuando no había cruzado ni una cuarta parte del lago, me sobrevinieron varios calambres en las piernas y tuvieron que sacarme de allí como buenamente pudieron. El alcohol, queda demostrado, te vuelve un imbécil.
O como aquella otra vez, ya saliendo con Nuria, en que me supieron a poco los besos que aquella tarde me había dado y decidí, una vez que la dejé en casa, subir hasta su terraza por un andamio de obra que allí habían situado para realizar arreglos en la fachada, y demandarla el último beso de la noche. Aquello no fue tan arriesgado dado que ella vivía en un primero y yo tampoco había bebido tanto. Romántico, ¿verdad?
También recuerdo que, tras mi primera semana de trabajo en Opel España, quedé el viernes por la tarde con Nuria para tomar algo en el bar que por entonces solíamos visitar, el Picasso. Aquí no fue el exceso de alcohol lo que nos hizo llevarnos un buen susto, sino la falta de alimento. Yo no había encontrado un momento aquel día en la oficina para parar a comer y cuando nos sirvieron un mini de sangría y unas patatas bravas en la barra de aquel bar y llevábamos media consumición liquidada, me desmayé. Bueno, no llegué a tocar el suelo ya que el camarero, buen amigo nuestro en aquel entonces, tuvo la habilidad de alcanzarme en el aire antes de dejar una muestra de mis dientes allí. De esta experiencia extraje esa lección que a veces nos repiten nuestros padres incluso cuando somos adultos: no bebáis sin tener el estómago lleno, niños.
Tras el nacimiento de Sergio, me volví bastante más formal, pero aún puedo contar un par de calamitosos sucesos que protagonicé y de los cuales, estos sí, me avergüenzo profundamente.
El primero tuvo lugar la víspera del bautizo de Sergio. Se me ocurrió invitar a algunos amigos del fútbol a casa para celebrar que al día siguiente bautizábamos a mi primogénito, algo que me hacía una tremenda ilusión y me tenía eufórico. Bebí demasiadas cervezas, tantas que acabé vomitando tan salvajemente que a la mañana siguiente me presenté a tan feliz evento con los párpados morados, como si me hubiese maquillado, a causa del esfuerzo que me supuso expulsar de mi cuerpo tanto líquido ingerido.
El segundo se produjo cuando Sergio tenía un año. Había sido un tiempo de apenas salir de casa y ocuparnos tan sólo de nuestro pequeño. Y si hacíamos algo especial, refrescos y poco más. Nos invitó a su boda un compañero del fútbol-sala y yo vi el cielo abierto. Por fin salíamos y podía desparramar dado que habíamos dejado al canijo en casa de unos amigos toda la noche. Me desinhibí por completo. Como preguntó el técnico del Samur que me acabó atendiendo aquella noche, la duda no era qué había bebido, sino que es lo que no había bebido. La verdad es que no lo sé porque mezclé cervezas trasegadas a ritmo frenético con vinos de todos los colores, champagne, unos cubatas... recuerdo que en un momento dado, puesto que la boda era al aire libre, estuve bailando durante un rato descalzo sobre el césped tan feliz. Al final caí redondo y tuvo que venir un equipo del Samur y otro de Protección Civil. La familia de la novia, que era belga, debió comprender que la fama de fiesteros que tenemos los españoles quedaba con este ejemplo más que probada. Una pareja aquella, por cierto, que si no me equivoco, acabó separándose, aunque seguramente ninguno de los dos se olvidarán de este humilde servidor por el lamentable espectáculo que les brindé.
Nunca llegué a considerarme un alcohólico. Y en verdad creo que nunca lo fui. Pero sí que tonteé y mucho, tal y como prueban estas anécdotas que en esta entrada he relatado. Como ya he comentado al principio, hoy mi relación con el alcohol es bastante esporádica y mucho más moderada, pero insisto, si cuando estoy con amigos en un bar alguien pregunta "¿otra ronda más?", yo seré el primero en levantar la mano.
Que no todo va a ser penar en esta vida.




No hay comentarios:
Publicar un comentario