jueves, 6 de abril de 2023

Aquellas veinticuatro horas del deporte

Cuando echamos la vista atrás y revivimos lo que fueron nuestra infancia, algunos escenarios se presentan como elemento clave para dar cuerpo a esos recuerdos. Y a cada uno de nosotros, cuando regresamos a esos lugares, se nos remueven cosas que durante años habían permanecido aletargadas.

Hace un par de fines de semana, con motivo de una nueva reunión familiar que mi padre tuvo a bien celebrar en el Polideportivo Estoril II de Móstoles, yo pude gozar con la oportunidad de revivir mis andanzas juveniles por sus instalaciones. Porque aquella fue, especialmente en verano y sin ninguna duda, mi segunda casa. Y a ella están asociados algunos de mis más importantes y entrañables recuerdos.



Es inevitable comparar, tanto con las personas a las que llevamos mucho sin ver como con los sitios que hace tiempo que no pisamos, cómo les ha tratado el paso del tiempo y casi siempre llegamos a la conclusión de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

El Polideportivo, allá por los años ochenta y noventa, era un espacio que compartíamos, previo pago de la cuota anual correspondiente, cientos de familias, mayoritariamente compuestas por una pareja joven y dos, tres o cuatro hijos. No era barato, se podría considerar incluso un pequeño lujo, pero a nuestros padres les compensaba sobradamente porque, en un lugar como aquel, ellos podían mantener una vida social sana junto a otros vecinos del barrio de su edad con la tranquilidad de que nosotros, sus cachorros, disfrutábamos de actividades de toda clase, deportivas sobre todo, con niños de la nuestra, sin salir del recinto.

Piscina con medidas olímpicas y una amplísima zona ajardinada, pistas de petanca, mesas de ping pong, futbolines, calles de atletismo, espacios para el salto de altura y el lanzamiento de disco, canchas de baloncesto y, por supuesto, fútbol-sala. Un acogedor pabellón donde se organizaban competiciones anuales, siendo la de fútbol-sala, en la que yo participé durante veinticinco años, una de las más importantes del municipio y seis pistas de tenis donde teníamos nuestro propio ranking de jugadores. Y la pista de patinaje, que los sábados por la noche de primavera y verano se convertía en pista de baile para que los chavales de quince o dieciséis años moviésemos el esqueleto con los éxitos de la época y empezásemos a relacionarlos con el sexo opuesto. Para completar todo lo enumerado, una enorme terraza de verano donde uno podía comer el menú del día, pedirse un bocadillo de bacon o traerse su propia comida de casa. En cada uno de los rincones del polideportivo, incluidos los vestuarios y los aseos, me choqué ese sábado con un recuerdo de los años más especiales de mi juventud.


En aquella época de la que hablo, durante el primer fin de semana de septiembre, se celebraba el evento más importante del año, que convertía al polideportivo en el centro neurálgico de Móstoles: las veinticuatro horas del deporte. Y que aún hoy, aunque con un impacto más limitado, se sigue celebrando.

Aquel fin de semana era el colofón a unos veranos de ensueño y yo lo esperaba con mayor ilusión aún que a los Reyes Magos. Durante esa semana, de lunes a viernes, teníamos dos misiones fundamentales: el concurso de camisetas y la inscripción a las distintas actividades. Lo primero consistía en que cualquier socio o grupo de socios podía diseñar un dibujo, que incluyese el logo del polideportivo y el nombre del evento, y participar en el concurso que determinaba cómo sería la camiseta conmemorativa que todos luciríamos durante esos días. En cuanto al segundo, inscribirse a las actividades individuales era lo más sencillo. Te apuntabas, por ejemplo, a tenis, en la oficina que se habilitaba para ello y que durante aquella semana se convertía en un hervidero, pagabas tus veinticinco o cincuenta pesetas y quedabas inscrito en el correspondiente torneo. Lo complicado y divertido eran las actividades colectivas, ya que tenías que buscar con quiénes formar equipo para participar en la competición correspondiente. Aunque desde julio ya estábamos hablando con unos y otros para montar los equipos, esa semana previa era un ir y venir para entregar tu dibujo a tiempo y no quedarte fuera de ninguna actividad.

Y por fin legaba el sábado, el gran día. A las 12 de la mañana todo el que quisiese, vistiendo la camiseta oficial del evento que hubiese ganado el concurso, se reunía en la puerta del polideportivo y recorríamos, portando una antorcha con la que luego encenderíamos el pebetero, tal y como se hace en las Olimpiadas, varias calles del municipio anunciando el inicio del evento a todos los mostoleños. ¿Doscientos? ¿Cuatrocientos? No soy capaz de determinar los que entonces nos llegábamos a juntar para ese acto, pero éramos una multitud ansiosa por dar inicio a las competiciones, que empezaban a las cinco de la tarde y no concluirían hasta veinticuatro horas después, con una ceremonia de clausura a la que debo admitir que yo, como tantos, rara vez asistía tras tantas horas practicando toda clase de deportes y sin dormir en toda la noche.

Y a las cinco de la tarde aquello daba comienzo, aunque a mi las mariposas me danzaban en la boca del estómago desde las doce de la mañana. Ir a los tablones y memorizar tus horarios era importante, pero ser capaz de organizarse para llegar a todo y que no se te declarase ausente en ningún encuentro era crítico.


A las cinco y media, partido de tenis, a las seis y veinte, partida de ajedrez, a las seis y media, fútbol-sala (ostras, ahí tenemos un problema, dar o que me den jaque mate rápido que si no, no llego), a las ocho, ping pong y a las nueve, baloncesto. Ronda clasificatoria de natación a braza en la piscina a las diez de la noche. Petanca a las dos de la madrugada y de nuevo fútbol a las tres y cuarto. Así hasta que ibas quedando eliminado en las distintas competiciones. Pero las finales de natación, a las que habitualmente mis hermanos y yo llegábamos, empezaban a las nueve de la mañana, así que, si por ejemplo, te habían eliminado a las cuatro de la madrugada, ¿qué hacías el resto de la noche?

Pues zascandileabas por el polideportivo viendo a otros competir, te perdías con los amigos por las zonas oscuras, te metías en el pabellón si la noche estaba fresquita o, lo que a mí me parecía más interesante, ya que era una forma casi segura de ganar una medalla -y todos queríamos la nuestra- te ibas a la piscina y te ponías a hacer largos como Johnny Weissmuller durante toda la noche. Piscina olímpica, os recuerdo. Por cada largo que hacías te daban una chapa y si eras capaz de conseguir veinticinco chapas, tenías derecho a una de bronce; si cincuenta, de plata; y ya, si eras capaz de cubrir cien largos, una de oro. Nos lo tomábamos realmente en serio hasta el punto que no había trapicheos con las chapas. No se regalaban, no se vendían, nada por el estilo. Al menos no en mi caso o el de mis amigos. Más de un constipado pillábamos aquella noche, pero eso era irrelevante, lo sufríamos luego con la seguridad de que había merecido la pena.

Para el avituallamiento tenías a tus padres en la terraza de verano, donde los mayores solían pasarse la noche con torneos de mus, dominó o chinchón. Recuerdo que mi madre se plantaba allí con una bolsa llena de embutido, pan, fruta y zumos para que mis hermanos y yo repusiésemos fuerzas cuando lo precisásemos mientras ella también competía a los distintos juegos de mesa que se organizaban. Y si ellos quedaban eliminados o se cansaban antes que tú, se iban a casa, pero tenías la seguridad de que, cuando llegases a las diez u once de la mañana (yo no solía pasar de ahí), te esperaba un buen chocolate con churros que se aseguraban de tener preparado para cuando regresáramos. Nuestros padres eran en estas ocasiones nuestros cómplices más fieles.


El resto del domingo, obviamente, lo pasábamos durmiendo. Y el lunes amanecíamos, ya recuperados, con algún estornudo o tos de más, sabiendo que el verano, aunque aún quedaba una semana para que las clases empezaran, se terminaba, pero con la satisfacción de haber vivido en primera persona y a tope una edición más de las veinticuatro horas del deporte del Polideportivo Estoril II.

Todas estas cosas me vinieron a la cabeza el otro día, en esa nueva reunión familiar. Muchas cosas han cambiado desde entonces, claro. La pista de atletismo ya no existe, ahora las hay sin embargo de padel, deporte al que por entonces nadie jugaba, hay una nueva cancha de fútbol siete... 

Pero otras ahí continúan, como por ejemplo el pebetero en el que prendíamos la antorcha y que ahora está situado muy cerca de la entrada, junto a la pista de mini golf. Y fue cuando ya nos íbamos que lo vi y recordé la emoción que me embargada cada año, en esos primeros días de septiembre, cuando aquel acto singular suponía el pistoletazo de salida al fin de semana más especial de aquellos años en que sentía que todo era posible.


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