domingo, 9 de abril de 2023

La Unidad del Dolor - Segunda parte

Durante esta semana y media que ha transcurrido desde mi decepcionante visita a la Unidad del Dolor he recapacitado mucho sobre lo que allí se habló, tratando sobre todo de separar el trigo, que fue escaso, de la paja, que fue mucho más abundante. También sobre las razones que provocaron que la doctora y yo chocásemos de la manera que lo hicimos. Sigo pensando que su comportamiento fue muy poco apropiado, pero también debo admitir que yo no supe encajar las cosas que me dijo, especialmente por las maneras que empleó para ello.

Sé que hubo una frase en aquella conversación que se volvió en mi contra, dado que la doctora, al escucharla, consideró que explicaba todo lo que a mí me ocurre:

- No salgo de mi cueva.



Entre lo ofendida que se había sentido -tal y como ella misma expresó- porque yo quisiese conocer la opinión de un neurólogo y esa frase condenatoria, emitió su veredicto sin preguntar nada más: te estás aislando, tu inconsciente lo está exagerando, te estás dejando envolver por el dolor, bla, bla, bla. Paparruchas, señora. Que a mí me ha gustado encerrarme en mi cueva desde que tengo uso de razón. Que soy más casero que las cortinas del salón. Que me fascina esa soledad y ese silencio en el que uno puede relajarse escribiendo, leyendo o escuchando música. Que ese no es el problema. Que hablamos idiomas distintos. Pero, al fin y al cabo, ella es la experta y yo un simple paciente, así que he hecho un esfuerzo para traducir a mi lengua lo que ella pretendía decirme y ponerlo en práctica.

A la conclusión que estas reflexiones me han llevado es que mi mentalidad sobre cómo afrontar mi dolencia llegados a este punto debe cambiar, ya me queden por padecerla dos semanas, dos meses, dos años más o si se queda conmigo hasta el final, cosa que desgraciadamente ni la medicina moderna ni la alternativa pueden prever hoy en día. Renuncio a convertirme en un pobrecitodemí de esos a los que hice referencia hace un par de artículos. Ninguna persona de las que me quieren se merecen que les obligue a soportar esa versión de mí.

Estoy seguro de que más de una vez habéis visto a un insecto flotando en el agua. Tal vez una avispa que ha caído en la piscina o una mosca que ha ido a parar al inodoro. De hecho estoy convencido de que algunas veces habréis sido vosotros quienes habéis empujado a los pobres bichos a esa situación. Yo lo he hecho. No está penado por ley, así que tranquilos los que hayáis levantado la mano. ¿Os habéis fijado en cómo resisten en el agua? ¿Cómo intentan seguir aleteando y se remueven para acercarse al borde y, una vez han secado sus alas, salir volando de allí?



Esta imagen del insecto chapoteando en el agua se me ha clavado en la cabeza y ya no sale de ahí. Obviamente, el agua simboliza el dolor y el insecto soy yo. Con mis antenitas y toda la parafernalia. Y aunque nunca he pensado en renunciar a nada, puedo intentar convencerme de que durante estos dos últimos meses podía haber hecho más, o al menos algo diferente. Por eso estoy incrementando mis esfuerzos para poder escapar de este agujero de mierda en el que llevo sumergido casi un año, secarme al sol y salir volando en cuanto pueda.

Tengo la firme convicción de que en lo mío no hay ni una pizca de invención o exageración, pero estoy empezando a actuar como si mi cabeza me estuviese engañando con crueles ardides, tal y como interpreto el sentido de las palabras de la doctora, y realmente no sea para tanto. Intuyo, porque nadie mejor que uno mismo conoce su propio cuerpo, que la tarea no va a ser fácil, que habrá momentos duros, pero ahora, por poner un ejemplo, si el dolor aprieta, ya no me tumbo en la cama con la manta eléctrica hasta que se desvanece. Ahora hago lo opuesto: me calzo las deportivas como buenamente puedo y me voy a caminar quince o veinte minutos. Con resultados dispares hasta la fecha: unos días, para mi asombro, el dolor se ha mitigado durante el paseo, y otros ha permanecido o incluso ha empeorado. Pero seguiré por esa senda y emplearé todos los medios a mi alcance, incluso los más sucios, para conseguirlo. Y la Unidad del Dolor puede ser una herramienta que yo pueda usar en el proceso. Si la sé utilizar adecuadamente y se deja, claro.


En la metáfora del insecto atrapado en el agua, la Unidad del Dolor es una ramita insignificante que se ha desprendido de ese árbol que presta su sombra a aquella esquina de la piscina, que ha caído al agua y que está flotando cerca de mí. He llegado a la conclusión de que no puedo esperar que sea ella quien me saque del charco en el que estoy metido. No sólo es insignificante, sino que además, por sí misma, no es más que un palo. Sirve para poco más que para apoyarse en él. Y no siempre. Pero creo que puedo utilizarla, que puedo obligarla a que sirva para algo más que para flotar ahí, inútil.

Dejando a un lado las metáforas del bichito intentando salir del agua y a mi ególatra y antipática doctora, creo haber entendido cuáles son los dos principales obstáculos que mentalmente me han llegado a obsesionar estos meses y que ahora debo intentar superar para seguir avanzando. Dos preguntas que no he dejado de hacerme desde el primer día y que debo sacar de mi cabeza.

¿Hasta cuándo durará este dolor?

Cuando noto mejoría, ¿es porque me estoy curando? ¿Es porque el tiempo ha mejorado? ¿Es porque los medicamentos alivian el dolor? O, como yo supongo, ¿es por la suma de todo lo anterior?

La conclusión a la que he llegado es que nadie puede responderme a esas cuestiones y, por lo tanto, seguir haciéndomelas es perder el tiempo. 

En definitiva, lo que mi querida y sabia esposa lleva diciéndome desde el primer día.

Así que, bichito, a ver de qué manera puede serte útil la ramita y a poner todo el empeño en llegar a la orilla cuanto antes. 

Que ya va siendo hora.













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