La línea que separa la tenacidad de la tozudez es extremadamente fina. Tanto que es muy difícil afirmar dónde termina la primera y empieza la segunda. Tanto que ambas palabras aparecen como sinónimas en la mayoría de los manuales y diccionarios de la lengua castellana. Pero la realidad es que, en lo que a su significado y a nuestra forma de utilizar ambos conceptos, son claramente distintos. Aplaudimos al tenaz por su constancia y reprochamos al tozudo su cabezonería. Nos gusta trabajar al lado de personas tenaces, pero preferimos que los tozudos estén en otros departamentos, no en el nuestro.
¿A cuento de qué viene esta explicación sobre algo que la mayoría ya sabemos? Pues a ello voy.
Nuria comenzó a trabajar siendo aún muy joven. Ya éramos novios y, mientras yo llevaba una vida más o menos relajada en la Universidad, ella ya andaba, por seiscientos cochinos euros al mes, limpiando culos a los abuelos en residencias privadas de la tercera edad a las que los familiares pagaban tres mil o cuatro mil euros mensuales para que fuesen atendidos. Pero ella, cuando tenía un rato libre, se inscribía a cursos, preferentemente gratuitos dado que intentaba ahorrar lo necesario para pagar la entrada de un piso al que pudiésemos irnos a vivir llegado el momento. Perseguía adquirir más conocimientos para poder cuidar, curar y acompañar a quien tiene necesidad de ello, su verdadera vocación.
Unos años después lucía un espléndido bombo en el que se alojaba Sergio cuando recibió una llamada del Hospital Ramón y Cajal en relación a una de las bolsas de trabajo a las que se había inscrito. Tuvo en aquel momento que rechazar aquella oferta de un contrato de tres meses y se tiraba de los pelos, no sólo por la mejora económica que habría supuesto, sino porque aspiraba a poder meter la cabeza en el sistema de sanidad público, donde confiaba en poder aprender más cosas y llegar a más gente. Mientras tanto, siguió haciendo cursos.
Tuvimos la suerte de que la persona de Recursos Humanos que la había llamado se hizo cargo de la situación y volvió a llamarla meses después, cuando Sergio ya había llegado a este mundo y Nuria ya había finalizado el permiso de maternidad. Un contrato de seis meses, casi nada. Aunque logísticamente aquello iba a ser una pesadilla, conmigo trabajando en Tres Cantos y ella tan lejos también de casa, había que aceptar. Ambos lo sabíamos. Así que hubo que echar mano de la familia para organizarnos, especialmente de mi suegra. Mis padres estaban ya jubilados, pero Nuria prefería que fuese su madre la que se hiciese cargo por las mañanas de Sergio, así que la pobre se presentaba en casa a las seis y cuarto de la mañana, pegaba una cabezada en el sofá hasta que llegaba la hora de despertar al pequeño y llevarle a la guardería y, una vez entregaba el paquete, se iba a afrontar su jornada de trabajo.
Pasaron los años y Nuria fue encadenando contratos de corta duración en distintas unidades hasta que le fue concedido uno interino en la planta de Ortogeriatría. Por supuesto, y ahora más que nunca porque los méritos acumulados le reportarían puntos a la hora de aspirar a un puesto fijo cuando llegase el momento, continuó haciendo cursos por doquier.
Y llegó hace cuatro años el momento: la oposición. La oportunidad de conseguir un puesto fijo en la Sanidad Pública madrileña. Restaban meses pero nos organizamos para que pudiese dedicar el mayor tiempo posible a preparar el examen. Vivía entre el trabajo, la academia y el cuarto de los niños, donde se enganchaba a sus apuntes, que llevaba consigo a todas partes. Tardes, noches, días libres. Había que obligarla a que descansase un poco y hasta para echar un polvo tenía yo que echar mano de todas mis artes de seducción. ¿Y a que no sabéis qué hacía cuando tenía un rato libre? Habéis acertado casi todos: más cursos.
Hizo su examen y poco después llegó el Covid. Durante la pandemia, la planta de Ortogeriatría se convirtió en la planta Covid y Nuria se deslomó durante aquellos meses tratando de aplicar todo lo que había aprendido para hacer más llevadera la enfermedad a sus pacientes. Turnos dobles, siempre enfundada en ese traje con el que nuestros sanitarios parecían astronautas en viaje espacial, echando horas y horas, superando el cansancio y la pena que a veces amenazaba con tumbarla ante tanto dolor como vivió en aquella época. Y en su tiempo libre, más cursos.
El mundo se paró y todo lo relacionado con su oposición se ralentizó. La información nos llegaba a cuentagotas: si había aprobado, la nota que había sacado, los recursos, las listas definitivas... ocupó la posición cientodieciocho de más de cuatro mil candidatas. Pero la adjudicación de plazas también se fue retrasando. En total más de tres años esperando y por fin, ayer, viernes 31 de marzo, supimos que ha conseguido plaza en el Hospital Universitario de Móstoles, a cuatro minutos andando de nuestra casa. Aún no sabemos en qué servicio ni en qué turno, todo eso lo sabremos a finales de abril, cuando tome posesión de su plaza, pero ¿qué importa?
Nos ha tocado la lotería.
Cuando fue a examinarse, la dije que no necesitaba suerte, sino que se hiciese justicia. Y si hay alguien que, por su tenacidad y su tozudez, ya que en este caso sí que la línea que las separa es casi invisible, si hay alguien, como decía, que se merezca esta recompensa es ella, la que me concedió el honor de compartir su vida conmigo y de la que no puedo estar más orgulloso y contento.
Y aquí lo dejo. Voy a acercarme a ver si podemos ver juntos un rato la tele o dar un paseo... a ver si hay suerte y no está haciendo algún curso.



Muy buenas palabras Santi, como bien dices se lo merece.
ResponderEliminarUna tia tan franca como nuria absolutamente verdadera y curranta se merece su plaza cerca de su familoa.
Sobre todo para ganar calidad de vida.
Eso si yo voy a exarla muchisimo de menos🤧🤧
Yo no tengo más que palabras de agradecimiento para ti y para muchos de los compañeros que la habéis acompañado y apoyado durante este tiempo. Me consta además que contigo se ha meado (literalmente) muchas veces de las risas que os habéis echado juntas y que seguro seguiréis echándoos. Besos, guapa.
ResponderEliminarTe ha faltado poner una cosa entre tanto trajín de casa, curro y niños también iba al Hospital San Carlos a verme cuando me operaron y el trayecto hasta el Hospital y la vuelta lo hacía cargada con todos sus apuntes para ir estudiando en el tren, así que esa oposición se la ha sacado efectivamente por su gran esfuerzo, nadie le ha regalado nada.
ResponderEliminarCierto, no paró durante esos meses. Una fiera.
ResponderEliminarEnhorabuena familia
ResponderEliminar¡¡¡Muchas gracias, Carlos!!!
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