viernes, 12 de mayo de 2023

Hay canciones que...

Hay canciones que me recuerdan a ciertas personas. Y no necesariamente tiene por qué tratarse de gente que haya dejado una marca indeleble en mí, pero el caso es que, cuando comienzo a escuchar los acordes de determinados temas, mi memoria se retrotrae a momentos concretos del pasado o me devuelve el rostro de alguien que quizá yo ya había olvidado o en quien hacía demasiado tiempo que no pienso. Quiero creer que a todos nos ocurre lo mismo y que habrá alguien por ahí a quien será mi cara la que se le aparezca al oír esta o aquella canción. 

Si escucho Se le apagó la luz, de Alejandro Sanz, me acuerdo de mi amiga Uge, esa de la que ya hablé en su día; si suena el Hotel California de los Eagles, es mi tío Manu el que me viene a la cabeza, o más bien cómo, en aquellos días en que me empezó a enganchar la música, echaba un ojo a sus vinilos y era aquel el que tenía la portada más chula y el sonido más hechizante; si por la radio alguien pincha Voyage, voyage de Desireless, recuerdo, cuando yo tenía trece o catorce años, a una chica a la que nunca me atreví a hablar durante unas vacaciones con mi familia, pero a la que no pude dejar de mirar durante toda aquella semana; si oigo Me falta el aliento, de Estopa, me acuerdo de mis compañeros de fútbol sala, de una excursión que hicimos y de cómo tuvimos que cruzar un río, como los portadores de las películas de Tarzán, con las neveras llenas de latas de cerveza sobre nuestras cabezas. Y así, un sinfín de entrañables recuerdos que, no importa los años que pasen, seguiré asociando a esas canciones.


Hay otras que, cuando sales a correr por el barrio, enfundado en tus mallas y con tus mejores zapatillas de running, te dan alas y parece que  vuelas y te hacen pensar, espejismo mental, que los cinco kilómetros que tenías pensado recorrer se te van a quedar cortos, que con ese temazo sonando a través de tus auriculares, Móstoles se te queda pequeño. Subes el volumen a tope cuando Bon Jovi entona el Livin' on a prayer, Axel Rose el Sweet child o' mine o Steppenwolf el Born to be wild, y te sientes el tipo más poderoso del universo, uno más de los Guardianes de la Galaxia.

Hay canciones que, por muy deprimido que te encuentres, consiguen que tu ánimo se alce sobre los problemas, logran que de repente un rayo de sol se cuele en la penumbra gris en la que andas perdido desde hace tiempo. Cada uno tenemos las nuestras, las que consiguen que prenda una chispa de esperanza en medio de la desilusión. Que te hacen pensar que sí, que merece la pena levantarse una vez más del suelo de ring y seguir peleando. Manuel Carrasco y El Arrebato son artistas que exprimen este arte, pero a mí una de las que más rápido me alejan de la apatía es Hay un sitio de Capitán Cobarde.

Hay canciones que odias desde la primera vez que las escuchaste y otras que terminaste aborreciendo después de oírlas allá donde fueses. Y te sabes la letra coma por coma y eso te da una rabia enorme, pero no puedes evitar cantarlas. Que si La Macarena de Los del Río, que si Despacito de Luis Fonsi o que si, más recientemente, Despechada. de Rosalía.

Hay canciones que no tienen sentido para ti, las escuchas y te dejan frío, pero que un día se convierten en imprescindibles porque te acompañan en un momento crítico de tu vida y por fin las entiendes, su significado se te presenta como una revelación. Las mías fueron Fix you, de Coldplay, en un momento en que pensé que había roto todo lo que me importaba y que no podría repararlo jamás, y más recientemente, a cuenta de mi enfermedad, Precipicios, de Sidecars.

A veces dan igual las pocas ganas que tengas de divertirte o de bailar, la pereza que te dio asistir a esa comunión o a ese bautizo. Empieza a sonar ese tema, justo ese al que nunca puedes resistirte y los pies se te van, eres incapaz de sujetarlos. Y terminas siendo el rey de la fiesta. A mí me pasa con Single ladies de Beyoncé o Cómo te atreves de Morat.


Hay canciones que te empujan a arrimarte más al ser querido, a darle mucho más de lo que hasta ahora le habías dado porque te parece poco lo entregado, a intentar bajarle la luna si te la pide. Porque te hacen darte cuenta de que es él o ella lo único que importa entre todo lo que gira a tu alrededor. Sólo si es contigo, de Bombai o Si sé que te tengo a ti, de Nek son las mías.

Algunas te devuelven a esos años, quizá los más felices de cualquier persona, los de la primera adolescencia, en que empiezas a mirar al sexo opuesto de una manera diferente y en que tus amigos son el epicentro de tu universo. El mundo tras el cristal de La Guardia, Sabor de amor, de Danza Invisible, Cien gaviotas, de Duncan Dhu, Maldito duende, de Héroes del silencio, El límite, de La Frontera, Vivir al este del Edén, de La Unión, Mi generación, de Los Rebeldes, Sangre española, de Manolo Tena y tantas otras que me vienen a la cabeza y que convertirían esta entrada en interminable... al fin y al cabo, yo crecí en los ochenta y aquella fue una década gloriosa en el panorama musical español.

Otras te cuentan historias que te enternecen o te hacen reír. Esas son mis favoritas, las que me descubren personajes que no conocía y que comparten conmigo sus aventuras o penurias. Durante una mirada o Jueves, las dos de La Oreja de Van Gogh, Temblando de Hombres G, Pacto entre caballeros de Joaquín Sabina o Another day in paradise de Phil Collins

Hay canciones, por supuesto, que te ponen los pelos como escarpias siempre, estés muy abajo o muy arriba, conduciendo o leyendo la prensa, solo o acompañado. De esas tengo también un buen puñado. Ojos de gata de Los Secretos, Contigo de Joaquín Sabina, I want to break free de Queen, Amazing de Aerosmith, Better days de Gun, Waitin´ on a sunny day de Bruce Springsteen  y, sobre todas ellas, With or without you de U2.

Y es que las canciones son mucho más que canciones. Son nuestra vida. Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. ¿A quién, de la generación de nuestros padres, no le arrasa una avalancha de emociones cuando oyen, por ejemplo, Quince años tiene mi amor del Dúo Dinámico? ¿A quién, de mi generación, no se le revuelve algo dentro cuando oye la sintonía de Verano azul o el Amigo Félix de Enrique y Ana?


Mi suegro, que durante sus últimos años cayó en un profundo pozo de amargura y con el que yo me pasé mucho tiempo distanciado por razones de índole familiar y personal, era el mayor melómano y beatlemaniaco que he conocido. Desde el primer día en que entré en aquella habitación suya, llena a rebosar de vinilos, cintas y cd's, encontramos en nuestra pasión por la música algo que nos unió durante los años en que él fue capaz aún de mantener el contacto con la realidad. Las cosas se complicaron mucho durante todo el tiempo que compartimos en esta tierra, no sólo conmigo, sino con su mundo en general, pero el día que nos dejó estuvimos todos ahí, su mujer, sus hijas y sus yernos, junto a su cama, acompañándole en sus últimos estertores y poniéndole al oído, para que le acompañase durante el viaje, Yesterday, de los Beatles.

Porque la música debería estar siempre y en todo momento a nuestro lado. Desde que empezamos a ser hasta que se termina nuestro tiempo.

Porque la música es vida.

2 comentarios:

  1. Seguro que en su último aliento oyó esa canción que tanto le gustaba. Gracias

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  2. Estoy seguro que se marchó dulcemente con esos acordes y nuestro aliento. Besos

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