lunes, 15 de mayo de 2023

Los Rodel

Se produjo en mi casa la pasada noche un suceso que no puedo por menos que calificar de insólito por lo inusual de la situación y que me produjo un placentero regocijo. No estoy seguro de si Nuria, que aguardaba al sueño ya en la cama, entreteniéndose mientras tanto con su teléfono móvil como cada noche, se percató de ello. O si se dio cuenta y no le concedió a tan singular situación el valor que para mí sí tuvo.

Y es que mis dos hijos, Sergio y Marcos, a pesar de que había informado yo al menor  de que la televisión del salón, sin duda el objeto más codiciado de la casa -en reñida pugna con la nevera- estaba a su entera disposición para lo que precisaran, rechazaron tan generoso ofrecimiento por mi parte y se parapetaron después de cenar, provistos de algunas chucherías, en la habitación del mayor.

Aclararé, llegados a este punto, que los dos hermanos nunca se han llevado mal, pero durante estos tres últimos años las diferencias de edad, carácter y hábitos les han hecho orbitar alrededor de galaxias distintas, bastante alejadas la una de la otra, y por lo tanto su relación durante el pasado más reciente ha sido bastante tibia.

No me fue necesario indagar sobre las razones que motivaban tan extraño suceso, ya que antes de que yo iniciase mis averiguaciones, Marcos salió de la habitación, en busca precisamente de ese avituallamiento que a su edad es a todas horas imprescindible para merma de la economía familiar, de la que ellos se preocupan, como es normal, lo justo, y por el camino me informó que al descanso los 76ers ganaban de tres puntos a los Celtics.


Acabáramos: baloncesto. Quizá esta entrada que hoy publico en el blog encajaría mejor en la serie de artículos que periódicamente publico sobre lo que la cancha nos da, pero por razones personales he decidido no incluirla en dicha compilación y dedicarle un capítulo aparte. Porque aunque los lazos de sangre que les unen son poderosos, es cerca de la canasta donde encuentran los Rodel su lugar común. Tanto es así que el sueño de ambos, una vez marchitadas sus expectativas infantiles de poder vivir profesionalmente de esto, es llegar a jugar juntos un día en el equipo de categoría Nacional de Alcorcón Basket, el club en el que ambos han crecido y en el que durante todos estos años han sido tan bien tratados.

Me hace gracia el tijeretazo que nuestro entorno baloncestísco ha aplicado al apellido familiar y me trae además recuerdos de tiempos pretéritos en los que sonaba el telefonillo en la casa en que mis hermanos y yo crecimos y alguien preguntaba desde el portal:

- ¿Baja Rodel?

Y aunque todos en casa sabíamos perfectamente que era a mi hermano Carlos a quien ese "Rodel" aludía, no podíamos resistirnos de vez en cuando a poner al amigo en cuestión en el brete de tener que estrujar sus meninges - infructuosamente la mayoría de las veces - para recordar el nombre de pila del Rodelgo solicitado.

- ¿Cuál de ellos?

A día de hoy no se presenta en nuestro hogar esta clase de situaciones. En primer lugar porque el telefonillo prácticamente ha quedado ya relegado a un papel secundario, en beneficio del Whatsap y otras aplicaciones de mensajería instantánea que alertan al interesado con un "estoy en tu portal" sin necesidad de que terceros intervengamos. Y en segundo porque mis Rodel sólo responden a ese apellido mutilado cuando están en la cancha y en sus alrededores, literal y metafóricamente hablando. Para el resto del planeta siguen siendo Sergio y Marcos.


Volviendo a la noche de marras, me quedé reflexionando en el salón y sintiendo cómo un júbilo contenido me invadía mientras me hacía a mí mismo preguntas tan tontas como: ¿le ofrecerá palomitas Marcos a Sergio? ¿Comentarán las jugadas entre ellos o se limitarán a mirar el partido en el portátil sin cruzar palabra? ¿Aprovecharán la ocasión para compartir preocupaciones más allá de las que el basket les genere? Admito que barajé seriamente el unirme a esa reunión de chicos que se había organizado de manera improvisada y de la que me sentía por vez primera excluido, pero acabé llegando a la conclusión de que mi presencia allí, viendo a los Tatum, Smart,  Embiid y compañía junto a ellos, no iba a aportar nada más que un ruido que podía dar al traste con ese sentimiento de hermandad que confiaba estuviese despertándose por fin de su letargo.

Asi que, con una sonrisa satisfecha, me tumbé en el chaise longue, enganché mi Kindle para retomar la lectura de Sólo humo, de Juan José Millás, y me dejé arrullar por las voces de mis hijos al otro lado del tabique y por la firme convicción de que, cuando llegue el dia en que ni Nuria ni yo estemos ya en este mundo, los Rodel se tendrán, sin lugar a dudas, el uno al otro.

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