viernes, 19 de mayo de 2023

Las de la última fila

Hubo un tiempo -el de mi quinta, por ejemplo- en que cuando uno aterrizaba con catorce años en el instituto, con la cara poblada de acné y las hormonas a punto de entrar en ebullición, dispuesto a enfrentarse al antiguo BUP, era costumbre que el profesor sentase el primer día a sus alumnos por orden alfabético en los pupitres.

Podría decirse que ahí empieza la historia de Las de la última fila, aunque en pantalla hayan transcurrido ya más de veinte años desde que a las cinco protagonistas les fuesen asignadas esas posiciones en el aula en base a aquel sistema. O tal vez debería decirse que todo comienza en realidad cuando una de ellas comunica a sus cuatro amigas que padece cáncer, escena que también se omite intencionadamente. Pero no es así, ya que la serie arranca con primeros planos de cada una de ellas en el traumático trance de raparse el pelo.



Hoy me apetece hablar de esta serie de Netflix que me ventilé en tres días no hace más de dos semanas y que me hizo sonreír durante la mayor parte de su metraje, partirme de risa ante determinadas situaciones y derramar algunas lágrimas en el último episodio que no alcanzo a dilucidar si fueron provocadas por el desenlace en sí mismo o por el descorazonador hecho de que esta maravilla televisiva se terminaba. Supongo que al final ese esa es la meta que persigue cualquier director: dejar al espectador con ganas de más, obligarle a participar intentando imaginar qué ocurrirá cuando la palabra FIN aparezca en pantalla. Porque ya os adelanto que no es a priori de esas series que vayan a tener continuación, segundas temporadas, secuelas o precuelas. No, es una serie con final cerrado. Una serie cuadrada, en la que ni sobra ni falta absolutamente nada.

Al igual que me ocurre con la literatura, a medida que van pasando los años, aprecio cada vez más en televisión y cine lo de aquí, lo de casa, el producto español. No reniego de lo foráneo y, de hecho, ya he comentado en este mismo blog series como The Crown o Last Chance U y espero impaciente el estreno de la nueva temporada de Black mirror, pero encuentro en muchas de nuestras producciones un tratamiento de nuestra forma de ser y de nuestra manera de vivir y sentir con las que me resulta más sencillo identificarme. Cada vez exijo una mayor naturalidad en las interpretaciones y mayor cercanía en los argumentos y menos fuegos artificiales y fantasías. Me conmueven más Luis Tósar o Luis Zahera en cualquiera de sus papeles que todos los protagonistas juntos de thriller americanos que invaden nuestras plataformas digitales.



Las de la última fila es la historia de un viaje. Cinco amigas de toda la vida se marchan juntas de vacaciones una semana cada año, pero esta vez es muy diferente por dos razones que aparecen definidas ya a lo largo del primer capítulo: la primera es que una de ellas - no sabremos quién hasta la escena final - padece cáncer y comenzará a recibir sesiones de quimioterapia a su regreso; la segunda es que han acordado superar juntas una serie de retos que simbolizan aquellas cosas que nunca han hecho o no se han atrevido a hacer de manera individual. 

Las interpretaciones son absolutamente fantásticas y consiguen que nos involucremos en la historia de tal manera que al final cualquier televidente se identificará con Leo, Alma, Carol, Sara, Olga o con todas ellas al mismo tiempo. El guión está impregnado de una fresca ternura que nos tocará esa fibra oculta que todos compartimos, independientemente de nuestra edad o género. La banda sonora, mayoritariamente nacional y liderada por Rigoberta Bandini, que además interpreta un papel en la serie, combina a la perfección con los estados de animo de las protagonistas, especialmente en esas escenas en las que una euforia absolutamente solidaria parece apoderarse de todas ellas regalándonos secuencias de un contagioso optimismo.


Si la serie nos atrapa no es porque queramos averiguar cuál de ellas está enferma, que podría parecer a quien no la haya visto el quid de la cuestión. Nada más lejos de eso, ya que pronto nos daremos cuenta de que el meollo del asunto es otro muy distinto, que lo que realmente importa es disfrutar del viaje y de la compañía con la que lo afrontamos. De hecho hay momentos en que te olvidas de que estás ante una historia sobre el cáncer y te dejas arrasar por el valor que las chicas conceden a lo que están haciendo y cómo todas esas cosas repercuten en su forma de contemplar sus propias vidas y también las de sus compañeras.

Daniel Sánchez-Arévalo, su director, es un tío de lo más polifacético que nos ha regalado películas como Azuloscurocasinegro o Gordos, ha escrito el libreto para Los 40, el musical y, sobre todo, fue finalista del Premio Planeta hace unos años con una de mis novelas españolas contemporáneas favoritas, La isla de Alice. Su mayor mérito en este proyecto, sin lugar a dudas, es sortear la trampa de etiquetar a cada una de los personajes con manidos clichés, logrando que ninguna de ellas responda a un estereotipo definido y previsible. Pero es que este tío es un fenómeno en el tratamiento de los personajes femeninos. 


Son tan sólo seis episodios y os garantizo que hacia la mitad del segundo estaréis ya la mayoría de los que os animéis a verla enganchados y dispuestos a zambulliros de cabeza en el resto de la serie a corazón descubierto. 

O como en mi caso, si la habéis visto ya y os ha gustado tanto como a mí, podéis coger a vuestra pareja - como yo he hecho - y aunque hayan pasado sólo dos semanas desde que la terminasteis, volver a verla de nuevo con ella a vuestro lado y os reiréis, os emocionaréis y reflexionaréis más aún que la primera vez.

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