Nadie aprende demasiado cuando gana o pierde siempre. Sólo cuando se produce un equilibrio entre la victoria y el fracaso uno es capaz de interpretar correctamente el valor de un triunfo.
Fuera mascarillas y vuelta a la normalidad. A disfrutar como Dios manda del baloncesto. Si había alguna consigna general al iniciarse la temporada 2021-2022, eran, sin lugar a dudas, esas. Atrás quedaban dos años tristes y aburridos y llegaba por fin el momento de pasar a la acción real. Y en el caso de Sergio y Marcos, con aspiraciones y ganas de dar la campanada en Madrid.
Formamos parte de un club relativamente joven, pero con éxitos memorables, como ya he relatado en anteriores entradas, en canasta mini. Pero nos faltaban por entonces hazañas por protagonizar en canasta grande. Hasta esa fecha ningún equipo del club había conseguido, por ejemplo, una plaza para viajar a un Campeonato de España de Clubes en Infantil y ninguno había conseguido entrar en una Final Four en categorías Cadete y Junior. ¿Sería por fin este el año en que lo lograríamos?
En Junior se antojaba sumamente complicado. Deben entenderse, para los que no conocen cómo funciona el baloncesto de base en Madrid, dos cosas: la primera es que, a medida que vas ascendiendo de categoría, te vas topando en las canchas con más jugadores de color, de estaturas y corpulencias incompatibles con la edad que se les supone (a esto le dedicaré una única entrada llegado el momento), y un buen puñado de jugadores centroeuropeos; la segunda es que, para muchos de nuestros hijos, es su último año de federados. A partir de ahí las opciones de continuar en su club se reducen drásticamente y son pocos los que continúan en el circuito de la Federación. Muchos pasan a entender el baloncesto, malogrados los sueños de la infancia, tan sólo como un deporte que practicar con los amigos los fines de semana a un nivel más amateur. Algunos incluso lo abandonan para centrarse en sus estudios o sus trabajos. Así pues, nuestros chicos afrontaban la temporada con la ilusión de darse una alegría final a pesar de tener que competir con esos clubes que adulteran la competición con plantillas, como ya he comentado, plagadas de extranjeros.
No teníamos aquel año un equipo lo suficientemente potente y además arrancamos en un grupo muy complicado. Para colmo, en la octava jornada, con siete derrotas y una única victoria, Sergio, que estaba cuajando buenas actuaciones, se rompió el astrágalo. Y se lo volvería a romper unos meses después, cuando regresó a los entrenamientos pensando que su mala racha, tras la pandemia y aquella inoportuna lesión, se había terminado. Supuso para él un chasco tremendo. Y nosotros, sus padres, sufrimos con él durante aquellos meses. Como todo depende del cristal a través del que se mire, le ayudamos a canalizar sus energías hacia algo menos divertido y que, por supuesto, le costaba mucho más esfuerzo que el basket: los estudios. Y aunque no logró la nota que necesitaba para la carrera que deseaba hacer, consiguió sacar el Bachillerato y la EVAU. En cuanto al equipo, bueno, digamos que la temporada, aunque hubo algunos partidos destacados, fue, en líneas generales, para olvidar.
Así que una vez más, tocaba confiar y disfrutar con los pequeños, los 2008, ya en categoría infantil. Sólo dos generaciones del club habían logrado llegar a la Final Four (los cuatro mejores de Madrid) y ninguna de ellas había conseguido quedar entre los tres primeros, que son los que logran de esta manera una plaza para disputar el Campeonato de España. Puedo asegurar que para un club como el nuestro, sin el presupuesto, ni los fichajes, ni la capacidad para atraer el talento de otros clubes como Fuenlabrada o Estudiantes y con una política muy similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol profesional, es muy complicado, pero todos sabíamos que era cuestión de tiempo. Y ¿por qué no este año?
Villalba, Leganés, Canoe, Real Madrid y Alcobendas fueron nuestros rivales en la primera fase y el objetivo era quedar entre los tres primeros para evitar el camino más difícil hacia la Final Four.
A los dos primeros les ganamos con mucha comodidad y jugando muy bien, lo que nos hizo albergar esperanzas de alcanzar nuestros objetivos. Sabíamos que contra el Real Madrid no habría ninguna opción, así que nuestra guerra era con Alcobendas, que presentaba una generación fortísima con la que ya habíamos disputado encuentros de alto voltaje en categoría inferiores, y Canoe, que era inicialmente un gran misterio. Uno de los tres se quedaría fuera en esta primera fase y se complicaría mucho la vida, aunque aún conservaría opciones de llegar a la Final Four.
El primero de aquellos encuentros críticos para nuestros chicos se disputó en Pez Volador, la casa de Canoe, una cancha a la que he terminado por coger una cierta manía debido a los sucesivos tropezones que mis hijos, a excepción de las semifinales de Preinfantil que disputó el mayor, se han dado sobre ese parqué. Y esta vez no fue diferente: un primer cuarto horrible que nos condenó a una dolorosa derrota final por un contundente 83-57. Sirvió de bálsamo con el que curarse las heridas la revancha que disputamos la semana siguiente en Alcorcón y en la que les derrotamos por un ajustado 52-48. Pero, perdido el basket average con Canoe, la única opción que nos quedaba era ganar a Alcobendas en los dos partidos que nos restaban por disputar contra ellos, y a pesar de que competimos hasta donde pudimos y nos dejaron, perdimos en ambos y en conclusión afrontaríamos la segunda fase de la competición como equipo descendido a la categoría Plata.
Esta circunstancia nos alejaba de nuestro objetivo de alcanzar la Final Four, pero no de los Playoffs, en los que sabíamos que íbamos a estar por talento y afán competitivo. Sabíamos no obstante que el sistema de competición nos depararía en cuartos de final un enfrentamiento suicida contra el Real Madrid o Alcobendas, los dos equipos a priori más potentes de Madrid. A no ser que...
Los atajos te permiten casi siempre llegar a tu destino, pero casi siempre son escabrosos y arriesgados. Había una manera de alcanzar la Final Four, pero implicaba renunciar a nuestros valores: dejarnos ganar un par de partidos. Esto nos haría entrar en Playoffs por la puerta de atrás, pero que nos ahorraba el drama de unos cuartos de final casi imposibles y nos dirigiría, por el lado opuesto del cuadrante, a un duelo con Estudiantes o Fuenlabrada, equipos rocosos pero contra los que sabíamos que tendríamos más opciones.
Si alguna vez he tenido alguna dudas de estar en el club correcto fue entonces. Viendo a los entrenadores del equipo haciendo todo lo posible para que perdiésemos, viendo a nuestros hijos permitir a los rivales que anotasen sin oposición. Los momentos más duros y vergonzosos que he vivido en una grada se produjeron en Tres Cantos, donde todo este esperpento se elevó a la enésima potencia. No obstante, poco podía objetar, ya que los chicos, convencidos de estar entre los cuatro mejores de Madrid, pero forzados a finalizar en una posición más baja en la clasificación final por el sistema de competición, optaron por sufrir una derrota intencionada (y puedo asegurar que sufrieron mucho para hacer lo que hicieron) a cambio de conseguir para su club una hazaña histórica. O intentarlo al menos. El fin justifica los medios, al fin y al cabo. Una filosofía con la que nunca me he sentido cómodo.
El caso es que aquello funcionó como se había planificado y alcanzamos la Final Four tras derrotar primero a Baloncesto Alcalá en octavos de final de una manera apabullante y con un poco más de intriga, aunque sobrados, en cuartos de final frente a Fuenlabrada. Aunque habíamos empleado argucias deportivamente discutibles estábamos donde nos correspondía: entre los cuatro mejores equipos infantiles de Madrid y con opciones, algo difusas pero reales, de que Alcorcón Basket participase por primera vez en un Campeonato de España de Clubes.
Al ser tres los equipos que consiguen plaza para ese evento, los cuatro semifinalistas cuentan con dos balas: si no logras ganar el sábado y por tanto pasar a la final de Madrid, te queda el partido por el tercer y cuarto el domingo. Nosotros sólo teníamos una, ya que el primer partido era contra el Real Madrid y ahí da igual lo bueno que seas. Ellos siempre tienen más de todo, generalmente con la incorporación de algún jugador extranjero (o más de uno) que les permitirá decantar a su favor la balanza. Así que reservábamos nuestra bala para el domingo, en que nos enfrentaríamos al perdedor de la otra semifinal entre Canoe y Alcobendas, que sorprendentemente fueron estos últimos.
Las predicciones no eran positivas: nos habían ganado sin demasiadas dificultades en los partidos de la Liga regular, el encuentro se disputaba en su campo y además contaban con el jugador más en forma de la competición, del que ya sabíamos que la temporada siguiente jugaría en el Madrid: Marcos Zurita. Sospechábamos también algunos que el rival contaría, como así fue, con el favor arbitral por motivos que sería muy extenso enumerar. Pero nos plantamos en la cancha con la convicción de que colectivamente éramos mejores.
El partido fue complicado para nosotros desde el pitido inicial. Cual conejos deslumbrados por los faros de un camión, nos quedamos paralizados y vimos como nuestros adversarios tomaban una ventaja considerable. No obstante, fuimos capaces de remontar, a base de disciplina y esfuerzo, hasta cuatro veces un marcador en el que nos costaba mucho ponernos por delante. Y llegamos al último minuto muy igualados. Perdíamos de dos puntos a falta de unos diez segundos. Nuestro entrenador pidió tiempo muerto y, según me contó después Marcos, propuso una jugada para intentar un triple y alzarnos con la victoria. O nosotros la ejecutamos muy mal o ellos la defendieron muy bien, pero en cualquier caso el balón acabó cayendo en manos de nuestro pívot, quien, en un escorzo memorable, anotó de dos y forzó la prórroga.
Nadie en Alcorcón Basket había llegado tan lejos. Aquella prórroga era la primera que nuestro club disputaba en una Final Four Infantil. Teníamos a los favoritos, a pesar de lo que habíamos sufrido durante todo el encuentro, contra las cuerdas. Fue quizá esa falta de experiencia, sumada a unas decisiones arbitrales esperpénticas y el inmenso acierto de nuestro rival, lo que nos condenó a los cinco minutos más tristes que sobre una cancha de baloncesto había vivido la generación de 2008 de Alcorcón Basket. Fue una escabechina que se resolvió con un 88-80 para Alcobendas.
Jamás había visto a mi hijo llorar como lo hizo aquel día. No sólo era la derrota en sí, sino también la frustración de que difícilmente volverían a estar tan cerca de un Campeonato de España, ya que a partir de Cadete todo, como he mencionado, se adultera en el baloncesto de cantera madrileño.
A mí, que no me había gustado la manera en que habíamos llegado hasta allí, me comía por dentro, sin embargo, la rabia de haber sido derrotados de aquella manera, con un arbitraje sibilino y cobarde. Pero de todo debe aprenderse y nos esmeramos cuanto pudimos ya en casa para transformar aquella funesta derrota en la lección más importante que el deporte ofrece: unas veces se gana y otras, amigos, se aprende.
Y eso fue lo que nos tocó aquel año: tratar de convertir la frustración en algo que nos sirviese en futuros envites.




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