Juro que hay autores que le quitan a uno las ganas de escribir mientras a la vez te tientan a dedicar el resto de tu vida a leerles una y otra vez. No encontrarás en sus textos un adjetivo o un adverbio que chirríe o esté mal aparcado. La historia que narran es perfecta en su cuadratura, no quedará un hilo suelto del que puedas tirar para deshilachar el conjunto. Los personajes estarán tan bien definidos que no hará falta que seas retratista, de esos que aparecen en las series de televisión, dispuestos siempre en las comisarías para dibujar el retrato robot del delincuente de turno; no será necesario porque mentalmente habrán logrado que les veas tal y como son. Juegan con la voz narrativa como el empollón de clase lo hace con el cubo de Rubik. A los diálogos no sólo no les sobrará ni les faltará nada, sino que aportarán además matices a los protagonistas que uno sólo será capaz de detectarlos cuando su creador les haga abrir la boca y te quedes asombrado de lo bien que ese rasgo encaja en el personaje.
Son todos ellos unos canallas. Admiración, celos, rencor, fascinación, amor, odio. Son tan buenos en lo suyo que recorro su trabajo permitiendo que todas esas emociones, y otras que me callo o no sé ni siquiera expresar (ellos sí sabrían), me abofeteen sin piedad y me hagan sentir como un asno en medio de una caballeriza de sementales de pura raza.
Con algunos, como en el caso que da pie a esta entrada, voy ya preparado por conocerles, a ellos y a su arte, gracias a experiencias anteriores. Cuando publican un nuevo libro, me falta el tiempo para sumergirme en eso último que sus mentes preclaras han dado en alumbrar, aún a sabiendas de que en el goce voy a toparme también con dosis altamente dañinas para mi autoestima de la más insana envidia. Pero soy incapaz de resistirme y, para colmo, cuando me voy acercando al final de la historia, me martirizo tratando de discernir cuándo publicarán su siguiente libro. Porque se me va a hacer eterno. Mi único consuelo es la certeza de que, para plasmar las palabras con semejante maestría, han estado antes donde yo me encuentro ahora, al principio, emborronando páginas en blanco que terminan en el contenedor de reciclaje de papel.
Luego están esos otros de los que te han hablado pero cuya lectura, por las razones que sean, has ido postergando. Cuando al final te tiras a la piscina, antes de acabar el libro, ya andas buceando en Google para averiguar más sobre sus vidas y, por supuesto, sus obras. Y si descubres que tienen seis o siete novelas ya publicadas, ronroneas de placer ante los miles de páginas que tienes por delante para azotarte a tí mismo por no poseer la habilidad o la costumbre de hacer lo que ellos hacen.
Lo peor es cuando la contraportada del libro que te ha hipnotizado te informa de que el autor (o autora) tiene tan sólo treinta primaveras y que esta que sostienes entre tus manos es su primera novela. Ahí ya lloras por partida doble: porque es más joven que tú (algo cada vez más sencillo dado que yo ya he soplado bastantes velas) y porque vas a tener que esperarte uno, dos o tres años - depende de lo prolífico que sea el muchacho y de las condiciones del contrato que haya firmado con su editorial - para poder llevarte a la boca una porción de ese pastel del que tan sólo te han dejado probar un bocado.
¿Y a qué estas reflexiones? Pues a la última novela de mi admirado Lorenzo Silva, titulada Púa y que me ha dejado absoluta y completamente estupefacto. No se puede ser más canalla, estimado Señor Silva. He perdido la cuenta de los años que lleva usted jugándomela con las novelas del sargento Bevilacqua. He disfrutado con sus investigaciones durante todo este tiempo casi tanto como de su manera de narrarlas. Y ahora esto. ¿Cómo puede alguien escribir una novela así y quedarse tan ancho? Es que no me explico cómo lo hace y le aclaro que desde este preciso momento me pongo a su disposición para que en el futuro me haga usted padecer tanto placer como el que he sentido leyendo las andanzas de este agente (que suponemos del GAL), ya retirado, al que se le encomienda su última misión.
No pare usted. Siga deleitándome al tiempo que me tortura. Pero eso sí, insisto una vez más, es usted un maldito canalla, señor Silva.
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