Hoy, 2 de junio, se cumple un año desde que un médico del servicio de Urgencias del Hospital Universitario de Móstoles, algo más avezado que los que me habían atendido los días previos, me diagnosticó el herpes zoster que, en su opinión, había decidido aprovechar el paupérrimo estado de mis defensas, por los suelos tras ocho meses soportando una presión laboral excesiva y continuada, para abandonar su letargo y cebarse con mis terminaciones nerviosas de manera desproporcionada y cruel. Una víctima más del estrés que a todos nos subyuga en este siglo XXI acelerado y vertiginoso.
A estas alturas debería encontrarme en manos de un tribunal médico que determinase el índice de probabilidades de recuperar mi vida habitual, tal y como algunos habréis pensado, pero lamentablemente, a efectos del INSS, la fecha de inicio de mi baja médica es el 1 de marzo del presente año, es decir, que tan sólo llevo tres meses "amparado" por una incapacidad temporal. El motivo de este desfase de fechas se encuentra en un error cuya responsabilidad debe atribuirse a partes iguales a mi doctora de cabecera y a mí mismo. En su debe, el informarme erróneamente al dar la cara esta enfermedad de que, encontrándome desempleado, no procedía concederme la baja médica. También el lavarse las manos durante meses, confiada en la profesionalidad de otros, ya que yo estaba siendo tratado paralelamente por la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal, en el que por entonces trabajaba Nuria y bajo cuyos cuidados y recomendaciones me amparé suponiendo que todo sería más ágil y rápido al ser ella personal de la casa. En el mío el haber creído que aquello no duraría, en el peor de los casos, más que unas semanas y que por lo tanto no correspondía darle demasiada importancia a la obtención de aquel papelito que mi doctora me negaba; el no haberme informado adecuadamente al respecto, creyendo a pies juntillas las razones que frente a mí ella había esgrimido. También el dejarme obnubilar por el dolor y olvidarme de este asunto a la larga tan relevante hasta el mes de febrero, fecha en la que comencé a asumir que el daño provocado por el herpes podría ser definitivo e irreversible y comenzar a valorar en consecuencia el solicitar una incapacidad permanente.
Respecto a este asunto, y aunque podría solicitar proactivamente y en este preciso instante el reconocimiento de dicho estado, lo he descartado finalmente por dos motivos: el primero y más convincente reside en el parecer de los distintos especialistas que me han tratado durante estos doce meses, quienes me han hecho entender que, por desgracia, es extremadamente complicado que se conceda por una neuropatía de estas características ningún tipo de incapacidad, dado que no hay pruebas médicas que puedan determinar si mi dolencia es real o es fingimiento y aún menos si es definitiva; el segundo es que, aunque sea a paso de tortuga, noto que voy mejorando tanto a nivel físico como mental. No hay día sin dolor, esa es la realidad, pero también lo es que disfruto por fin de ciertos ratos de respiro y que, cuando el lobo muerde, no aprieta tanto como antes lo hacía. Por lo tanto, y salvo que del electromiograma al que me sometieron hace tres semanas y del que aún espero resultados se puedan extraer conclusiones que den fe de que el daño es irreparable y verídico, la opción de una incapacidad permanente está, hoy por hoy, desechada.
En estos días he hecho balance de esta etapa y hay varias cosas de las que me arrepiento amargamente. No me sirve como justificación el argumento con el que algunos me intentan consolar de que el dolor haya sido tan intenso durante esta etapa que bastante tenía con soportarlo. Puede usarse en mi descargo, claro, paños calientes para mitigar la culpa, pero no explica que tardase tanto tiempo en reaccionar y decidir en qué centrarme durante el tiempo, fuera el que fuese, que tardase en sanar. Porque hasta hace muy poco no he concentrado mis energías en nada en concreto. Durante este período preparé una oposición de la que me terminé aburriendo, que dejé aparcada y a la que al final ni me presenté. He tenido temporadas en que, amparándome en los dolores que padecía, no he hecho nada más que leer y ver series. Tardé demasiado en saber que lo que quería hacer era escribir. Lo de este blog no se me ocurrió hasta pasados cuatro meses desde el diagnóstico inicial y la idea de escribir una novela surgió hace poco más de ocho semanas. No he sido capaz en cualquier caso de encontrar una historia, una dinámica y un ritmo hasta hace unos días, tras varios intentos errados. Me arrepiento también de no haber cuidado con mayor esmero mi dieta, siendo como soy diabético, lo que me lleva ahora a enfrentarme a los resultados de una analítica que podría calificarse como catastrófica y que me obliga de nuevo a esforzarme ahora para equilibrar los valores de azúcar, triglicéridos, colesterol, ferritina y demás zarandajas, y que ha provocado que el número de fármacos que debo ingerir a diario haya aumentado.
En definitiva, ¡qué mal he hecho las cosas!
Pero aquí estoy ahora, tratando de rectificar, ordenando mis prioridades y planificando un futuro que necesariamente pasa por aprender a llevar una vida normal (y esto incluye trabajar de nuevo) conviviendo con el dolor. Y ahora que el momento de abandonar este sedentarismo forzoso se acerca, me pesa el no haber aprovechado mejor el tiempo, especialmente en lo que a mi novela se refiere. Que yo sé que no, que la literatura no me va a dar de comer, pero la ilusión con la que me siento cada mañana frente a este ordenador y voy desarrollando la historia que quiero contar y perfilando el carácter de sus protagonistas es un sentimiento tan personal, tan poderoso, tan puro y tan adictivo que nunca antes había sentido algo semejante. Todos fantaseamos con lo que haríamos si nos tocase la lotería, ¿verdad? Yo, en este momento de mi vida, me dedicaría a escribir a tiempo completo.
También siento inquietud y un cierto desasosiego ante mi vuelta al mundo laboral, que me gustaría se produjese a finales de verano o principios de otoño a más tardar. ¿Conseguiré un trabajo? ¿Dónde iré a parar? ¿Me pasarán factura todos estos meses inactivo? ¿Seré capaz de soportar los picos de dolor sin que afecte a mi labor? Me atormentan en estos días estas preguntas que durante un tiempo he conseguido mantener silenciadas, pero que retornan ahora con mayor fuerza e insistencia a medida que se acerca el momento de que la prestación por desempleo me sea retirada.
Creo ser de esas personas que ven la botella siempre medio llena, que de los varapalos que la vida nos va dando son capaces a la larga de extraer lecciones y aprendizajes que serán útiles en el futuro. Cierto es que noto cómo esta postura frente a la vida se va debilitando paulatinamente con los años, que mi optimismo, aunque siempre presente, no es ya tan enérgico, pero en este momento pienso que de todo lo que me ha pasado, de lo que aún me está sucediendo, sin lugar a dudas, saldrá algo bueno.
Sé que esto también pasará y que todo lo que venga a partir de ahora será mejor que lo vivido durante este último año de mierda.



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