Mi hijo pequeño, Marcos, va a repetir curso. Tercero de la ESO concretamente. Aún no hemos recibido comunicación oficial, pero su actitud indolente durante todo el año lectivo, las notas obtenidas en los dos primeros trimestres y sus evasivas durante el tercero a la hora de responder a preguntas relacionadas con los estudios nos hacen tener la certeza de que es inevitable. Ya el año pasado debería haber repetido, pero el centro, que en ningún momento lo consultó con nosotros a pesar de que el chico no llegaba al aprobado en seis asignaturas, decidió dejarle avanzar de curso. Craso error que nosotros optamos por obviar porque con él empezábamos a notar una cierta mejoría en su actitud en casa y no queríamos enturbiarla separándole de sus amigos, aun a sabiendas de que posiblemente este curso, como así ha sido, pagaríamos el correspondiente peaje. O lo pagaría él, para ser más específicos.
Lo cierto es que no sé muy bien cómo digerir esto. O más bien sí sé cómo me va a tocar gestionarlo a tenor del modo en que funcionan hoy en día las cosas, pero me da una rabia inmensa tener que aceptarlo. Estoy enfadado en primer lugar conmigo mismo por no haber intervenido el año pasado, haber exigido que mi hijo repitiese y haberle evitado un año frustrante para él y para nosotros mismos. Estoy enfadado con el sistema público de enseñanza en general y con este instituto en particular por gestionar de manera tan incoherente estos asuntos. Y, por supuesto, estoy enfadado con Marcos por su dejadez, si bien entiendo que dejarle acomodarse en el fracaso escolar puede considerarse más responsabilidad nuestra (padres e instituto) que suya.
Hablábamos la otra tarde algunos padres, mientras veíamos el entrenamiento de nuestros hijos, sobre la ética del trabajo, la cultura del esfuerzo y sobre cómo, desde nuestra juventud hasta el día de hoy, han cambiado las cosas en el ámbito educativo. Porque en aquella época la posibilidad de que un alumno repitiese era interpretado por los padres como un drama, por los profesores como un fracaso personal y por el alumno como una vergüenza que ocultar. Hoy no.
A la gran mayoría de profesores en los centros públicos, por lo que vengo observando estos últimos años, no sólo parece importarles lo mínimo, sino que además, en cuanto detectan el menor indicio de que el niño muestra una actitud de rechazo, tiene dificultades para seguir el ritmo de las clases o le cuesta memorizar contenidos, en vez de hacer lo que se espera de ellos, es decir, ayudarle a superar esos obstáculos, se desentienden y les meten en un metafórico saco al que van a parar todos aquellos que en su opinión no están a la altura, y así ellos pueden continuar tranquilamente a su ritmo y con sus métodos progresando con los que, según su parecer, sí lo están. Tonto el último que llegue y al que no, que le enderece el siguiente. ¿Para qué complicarse? Al fin y al cabo, tenemos ochocientos alumnos y no debemos ser nosotros los que adoptemos las dinámicas del curso a cada uno de ellos, tal y como nos dio a entender el Jefe de Estudios en una de las infrecuentes reuniones que logramos concertar el año pasado.
Hay cosas que a mí no me entran en la cabeza y, para ilustrarlo debidamente, pondré dos ejemplos.
Profesores cuya asignatura suspende el 75% del alumnado. Es un dato real. Sin ir más lejos, la profesora de Física y Química del instituto al que va Marcos y a la que también en su día sufrió el mayor, Sergio. Setenta y cinco por ciento de cateados, año tras año, nada más y nada menos. Y no es el único caso que conozco. ¿Quién está fracasando en realidad? ¿Son los alumnos quienes tienen que repetir? ¿No deberían esos profesores replantearse la forma en la que enseñan la asignatura? ¿No debería el centro al que estén adscritos analizar qué ocurre con esos profesores e intentar tomar medidas? Años lleva esta mujer siendo el azote de los adolescentes del barrio y nadie hace nada.
Otra de esas situaciones que no puedo comprender es la que se produce de manera repetitiva cada año en los institutos durante el mes de junio. Ya a primeros de mes me dijo Marcos que "no estamos haciendo nada en clase" y nos pidió que le eximiésemos de asistir a partir del 15 de junio, a pesar de que el curso termina una semana después, ya que a partir de esa fecha sus compañeros le habían dicho que ya no iban a ir a clase. Unos días después nos dijo que si también podía faltar el día catorce y le respondimos que no, que las cosas no funcionaban así y que no cedíamos más. Pues ayer, día 14 a las 8:40 de la mañana me envió un vídeo de la clase: cuatro alumnos tan sólo, jugueteando con sus móviles, y ningún profesor en el aula. ¡Qué manera de desperdiciar un tiempo precioso que podría utilizarse para realizar actividades educativas, para dar clases de repaso a los más retrasados o para mil cosas más que se me ocurren!
Siempre he dicho que hay que cuidar a los sanitarios y a los profesores, especialmente a los que desarrollan su labor en centros de carácter público. Que son profesiones duras e imprescindibles, pero desde luego estos últimos deberían también cuidar de la enseñanza y no sólo beneficiarse de las ventajas salariales y laborales que el puesto lleva aparejado.
En cuanto a lo de los padres, el mantra que se repite con mayor frecuencia frente a situaciones como esta es "bueno, casi mejor que repita, ¿no? No les viene mal". Normalizamos, lavado de manos y a otra cosa, mariposa. Y no digo que en algunos casos pueda ser lo más conveniente (incluido el de Marcos) que el alumno pierda un año volviendo a deambular por los mismos conceptos y los mismos temas, pero ¿realmente es así? ¿Escondemos las cabezas como las avestruces? ¿Nos conformamos con eso? ¿Por qué lo vemos como algo tan natural?
Y en cuanto al alumno, hemos conseguido, gracias a este invento irracional llamado acertadamente ESO, que no les importe, que les de igual, que la frustración que pudieran llegar a sentir no termine de brotar porque carecen de esa cultura del esfuerzo que el sistema y nuestros padres nos inculcaban cuando éramos nosotros quienes nos sentábamos en esos pupitres.
El otro día, en la cena con amigos de la que di cuenta en mi anterior entrada, surgió en un momento dado el tema del sistema educativo y comentábamos lo extremadamente duro que es el Bachillerato y la EVAU. Y yo ahí disentí porque no creo que el problema sea ese, sino que el escalón existente entre lo que en la ESO se exige y lo que les espera al terminarla es enorme. Es en la escasez de contenidos que se imparten en la ESO, en la indiferencia de los profesores que imparten clase en ese ciclo y en los dudosos baremos que se aplican a la hora de calificar a los estudiantes donde el sistema se tambalea. Y el que consigue sacar también el Bachillerato se encuentra con unas notas de corte absolutamente disuasorias.
Ni Marcos ni nosotros contamos ya con que estudie Bachillerato y en lo que confiamos es que termine cuanto antes la ESO para poder inscribirse a un Grado Medio en el que poder aprender un oficio que le permita el día de mañana ganarse el pan. Como tantos otros, ya que la migración hacia la antigua FP es masiva. Ya no sólo al terminar la ESO, sino también la de muchos que se atreven con el Bachillerato y se estrellan, abandonando a mitad de curso, o porque no alcanzan la nota requerida para cursar la carrera que pretendían.
Sé que divago. Que ejerzo mi derecho a la pateleta sin demasiada orden ni coherencia. Que existen otras opciones: centros privados o concertados (económicamente inviable en nuestro caso) o cambio a otro centro público (nada me garantiza que vaya a ser diferente y habría que pagar también un peaje en la relación con Marcos). Todo eso lo sé y de poco o nada sirven estas líneas. Que no voy a conseguir cambiar las cosas.
Pero qué rabia me da que la enseñanza pública se haya convertido en este despropósito con el que nuestros hijos se tienen que enfrentar.
Qué rabia...
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