Realmente nos dio la una. Y poco me pareció a tenor del tiempo que había transcurrido desde la última vez que los cuatro nos habíamos reunido alrededor de una mesa, como antaño, ya fuese en su casa de Barajas, en la nuestra de Móstoles o en el acogedor paraje de Rascafría en el que ellos pasan algunas temporadas, especialmente cuando llegan estos meses de verano en que es difícil no derretirse bajo el calor de la capital. No faltaron, como solía ser costumbre, los abrazos sinceros al recibirnos, las confidencias y las risas, las expresiones de asombro al comprobar los cambios que han transformado a nuestros hijos en algo más que reflejos de nosotros mismos, las cañas previas a la cena, la botella de buen vino para regar las deliciosas ensaladas y las suculentas tapas que nunca faltan cuando de celebrar nuestra amistad se trata y, sobre todo y como siempre, esas conversaciones, reflexivas y profundas algunas veces, divertidas y nostálgicas otras, pero siempre inteligentes y amenas.
Ocurre con ciertas personas que poco importa si nuestros pasos nos han dirigido por sendas distintas durante más tiempo del que nos habría gustado, alejándonos los unos de los otros. Tampoco es preciso festejar el reencuentro rodeados de guirnaldas o fuegos artificiales, aunque la ocasión probablemente lo mereciera. De manera natural, todo se retoma en el mismo punto en el que se dejó y con la misma confianza con la que, antes de que nuestros caminos se bifurcasen, ya nos tratábamos. Las piezas encajan, en resumen, sin necesidad de forzarlas.
No conseguimos concretar a ciencia cierta si la amistad entre Nuria y Bea cumple ya veinticinco o veintiséis años, pero estamos seguros, y esto es señal inequívoca de que nos vamos haciendo mayores, de que data del siglo pasado. Ahí es nada. Se conocieron trabajando en una cadena de residencias de la tercera edad y entre ellas nació un cariño que con los años se ha hecho más fuerte. Andrés y yo, los consortes, tardamos un poco más en sumarnos a la ecuación. Primero él y luego yo. Congeniamos sin necesidad de esforzarnos en el intento de satisfacer el deseo que nuestras mujeres pudieran albergar de que así sucediese. Simplemente nos caímos bien y hallamos intereses comunes sobre los que conversar abiertamente, con la tranquilidad que da el saber que tu interlocutor te escucha y valora tus opiniones.
En mi caso habían pasado dos años desde nuestro último encuentro, que no puedo calificar como tal porque se produjo con motivo de una celebración muy especial que incluía a otras personas y en la que, por ese motivo fundamentalmente, no pudimos charlar en exclusividad de nuestras cosas. Antes de aquello, nuestra última reunión, que no acierto a ubicar con exactitud geográfica, se produjo meses antes de la pandemia, durante 2019. Como con otras amistades nos ha ocurrido, esta a la que hoy le dedico estas líneas pareció difuminarse durante y después del Covid. Es quizá muy particular mi teoría, pero creo que, de alguna manera que no soy capaz de determinar, la epidemia que asoló el planeta hace poco más de tres años cambió muchas cosas y, de manera más significativa, la manera de relacionarnos con aquellos que, aunque en tu interior puedas sentir de algún modo como familia, no lo son carnalmente. Durante aquellos meses (y los que a estos les siguieron) nuestra prioridad no fue otra que velar por nuestra sangre, por nuestros hijos, padres y hermanos, a sabiendas, como en el caso de Andrés y Bea, que cuando la normalidad volviese, ya no a irrumpir sino a quedarse entre nosotros definitivamente, todo lo que habíamos compartido continuaría en su sitio, esperándonos. Y así ha sido.
Tan sorprendente como el cambio en sus hijos (la niña, ya toda una mujer, aunque chiquitita como su madre, empezando a meter la cabeza en el mundo laboral y participando como una más en las conversaciones de los adultos; el niño, aún por terminar de hacerse, pero con el mismo aire generoso y la misma predisposición animosa para el diálogo que su padre), tan sorprendente esa metamorfosis, decía, como la que observamos en su casa, sometida a una reforma completa cuyos resultados no dejaron de maravillarme por su elegancia y funcionalidad.
La despedida, alrededor de la una de la mañana, con el franco propósito de no dejar caer de nuevo en el olvido tan sana complicidad y la ilusión por nuestra parte de que en la próxima estén Sergio y Marcos para que nosotros podamos observar, entre expectantes y divertidos, cómo reanudan también ellos la relación que con los hijos de Andrés y Bea ya tenían en una infancia que va quedando irremediablemente atrás.
Me costó mucho conciliar el sueño al regresar a casa. Siempre, después de este tipo de eventos, me sucede: repasas lo comentado, visualizas de nuevo ciertos momentos y los rostros de tus amigos con una perspectiva mejor, más limpia, y te preguntas cómo te habrán visto ellos a ti, ideas algún plan para volver a juntarnos lo antes posible. También la ingesta de vino y el dolor, que no está acostumbrado a que le paseen, contribuyeron a que tardase en dormirme y comenzase a escribir esta entrada dedicada a la familia de la que hoy hablo.
Hoy he amanecido muy temprano, alrededor de las siete, con ardor en este estómago que últimamente cuido con algo más de mimo y al que anoche me atreví a descuidar un poco para festejar la ocasión, y con el lobo mordisqueando de nuevo mi costado, supongo que enojado por haberle hecho ayer abandonar su cueva durante unas horas. Poco me importa en esta mañana de domingo en que mi primer propósito, que no quería aplazar bajo ninguna excusa, ha sido concluir este artículo para que, si las circunstancias vuelven a alejarnos, tengamos los cuatro, Andrés, Bea, Nuria y yo, una referencia que nos permita recordar dónde, cuándo y cómo nos habíamos quedado la última vez.
Y que nos vuelvan a dar la una, las dos o las tres, ¡qué demonios!


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