miércoles, 9 de agosto de 2023

Aquellos veranos ochenteros

Los veranos de mi niñez y de mi primera adolescencia nada tenían que ver con los que hoy disfrutan nuestros hijos. Eran harina de otro costal. Ni mejores ni peores, aunque a mí me parezca que cualquier tiempo pasado fue mejor, especialmente si nos referimos a esa etapa de la vida en que todo está aún por descubrir.

Pocas urbanizaciones tenían por aquel entonces piscina, por lo que la opción más económica y sencilla para los jóvenes era acercarse a las municipales a fin de refrescarse y combatir los calores secos del verano madrileño. En ese sentido nosotros éramos unos privilegiados dado que a dos calles de nuestra casa se hallaba el Polideportivo Estoril II, un club privado cuyas cuotas les costaba a mis padres un gran esfuerzo abonar, pero que les compensaba porque nos ofrecía a mí y a mis hermanos un espacio controlado en el que teníamos a nuestra disposición decenas de actividades deportivas con las que poder desfogarnos y en el que nos juntábamos con otros chavales de nuestras mismas edades. También ellos, mis padres, encontraban allí un espacio para el esparcimiento y la diversión, dado que contaban con un grupo estupendo de amigos, vecinos la gran mayoría, con los que compartían canchas de tenis, partidas de mus, amena conversación y modestos aperitivos. Contaba el club, además de con una piscina olímpica y una amplia pradera, con un merendero con servicio también de restaurante, por lo que eran muchos los días en que yo me marchaba de casa a las diez de la mañana, mochila al hombro, con mi bocadillo envuelto en papel de aluminio, y no regresaba hasta medianoche, cuando el polideportivo cerraba sus puertas al público. A esa hora quedábamos toda la familia en la puerta del recinto y regresábamos a casa disfrutando de la fresquita y contándonos cómo había ido nuestro día. Yo era el socio 548-B. Es sorprendente cómo nuestro cerebro almacena información tan poco útil como esta, pero me emociona de vez en cuando desenterrar datos de este tipo.

Las opciones de movilidad eran tan reducidas en Móstoles por aquel entonces que trasladarse a Madrid a la búsqueda de una oferta cultural más amplia era una aventura. Y peligrosa además, dado que la delincuencia en los años ochenta estaba más presente, era más cercana y era entendida por todos como una circunstancia mucho más común. No estoy seguro de si se debía a que la seguridad ciudadana no era una prioridad política o a que los malos tenían menos miedo, más necesidad o menos conciencia de las consecuencias que sus delitos les acarrearían en caso de ser detenidos, pero era relativamente frecuente -dos o tres veces al año en mi caso- que algún yonqui te parase por la calle, sobre todo en las inmediaciones de la estación de tren, y te exigiese, con un pincho o una jeringuilla que afirmaba estar contaminada de SIDA - no existía una amenaza más efectiva que esa en aquellos tiempos - que le entregases todo lo que llevaras encima. A veces ni siquiera iban armados, pero sólo la apariencia desastrada e intimidatoria de quien ha vivido al otro lado de la línea era suficiente para amedrentarte y disuadirte de alejarte tanto de tu barrio en la próxima ocasión. Aunque a veces también podía ocurrirte a cincuenta metros de tu casa, como me ocurrió una vez a mí, justo enfrente de la ferretería de Manolo y a plena luz del día. Probablemente el paso del tiempo ha magnificado el suceso en mi memoria pero recuerdo al tipo, un chaval no mucho mayor que yo, que me asaltó llamándome colega e intentando convertir aquel episodio en una amistosa transacción. Que su aspecto fuera el de una persona fácilmente abatible que llevara sin alimentarse varios días y al que posiblemente le costaba hasta caminar, con los pómulos severamente marcados, la mirada un tanto perdida, el habla trabada y marcas en la cara como de viruela pasó a ser irrelevante desde el momento que me dejó entrever bajo su chaqueta un delgado cuchillo jamonero pero de una longitud amenazante. Intenté hacerle entender que nada llevaba encima, pero debió percatarse de que aquello no era cierto y al final me dejó allí cariacontecido, sin que mediase violencia de ningún tipo, todo hay que decirlo, llevándose consigo el dinero que mis padres me habían dado aquel día para pagar las clases de inglés particulares a las que me dirigía. 

Era por tanto raro que me alejase mucho del barrio, más allá de los días que pasaba en Collado Villalba con mis abuelos maternos o en Morata de Tajuña con mi familia paterna, experiencias ambas que durante varios años me garantizaron un surtido de aventuras y anécdotas que despiertan, cuando me vienen a la cabeza, unas ganas irrefrenables de regresar a aquel tiempo y a aquellos lugares. Los viajes a la playa con la familia no eran frecuentes e incluso a veces, cuando mis padres podían permitírselo, a mis hermanos y a mí no terminaba aquel lujo de entusiasmarnos como a ellos, ya que eran días que íbamos a desperdiciar, alejados de nuestros amigos del barrio y del polideportivo. Aunque una vez metidos en pomada, jugando con las olas, haciendo castillos en la arena o disputando reñidos partidos de tenis en la orilla con mi padre y con mi madre, nos parecía que no podía existir un privilegio mayor que aquel. No importaba que no hubiese dinero para alquilar una barca a pedales o que tuviésemos que comernos los mismos helados de Tang que mi madre hacía en Móstoles en vez de comprar los artesanales de cucurucho en una heladería del paseo marítimo de turno. El mero hecho de estar los seis juntos, de poder disfrutar de un tiempo de calidad con mis padres del que sus obligaciones nos privaban durante el curso, era suficiente para que nos olvidáramos durante unos días de lo que habíamos dejado atrás.   

Por encima de todo aquello, de mis estancias en la sierra o en el pueblo, de las vacaciones con mis padres y mis hermanos o incluso de las veinticuatro horas del deporte en Estoril II, a las que ya dediqué una entrada, estaban mi cumpleaños y mi santo. Siendo como era yo, un adolescente que no terminaba de dejar atrás la niñez o un niño que no terminaba de aventurarse en la adolescencia, según se quiera mirar, un chaval que se sentía orgulloso y afortunado por la familia con la que había sido bendecido, que veneraba a su abuelo materno, el cual se llamaba como yo, Santiago, ese breve período entre el 23 y el 25 de julio era para mí el más esperado y trascendental del año. No sólo el día de Santiago Apóstol era en aquella España aún extremadamente religiosa una fiesta nacional innegociable, sino que, por la cercanía con mi cumpleaños y con el de mi prima Ireide, amén de la onomástica que mi abuelo y yo compartíamos, eran esos unos días muy especiales en el calendario familiar. Raro era el año en que no se organizaban mis padres, mis abuelos y mis tíos para que todos nos juntásemos y celebráramos por todo lo alto ese cúmulo de eventos. Casi eran para todos nosotros más importantes aquellas reuniones que las de Navidad. O al menos para mí lo eran. Curiosamente, con el paso de los años, mi memoria ha ido perdiendo por el camino detalles de los regalos que en aquellos días recibía, salvo quizá el de aquella caja enorme que mis padres me entregaron en uno de mis cumpleaños y que contenía las obras completas de Emilio Salgari, colección que aún conservo y a la que le tengo un especial cariño. Sin embargo, sí permanece inalterable en mi recuerdo esa sensación de gozo que sentía cuando, generalmente el día 25 de julio, nos reuníamos todos, ya fuera en nuestra casa, en Collado Villalba o en Las Rozas, donde por entonces vivían mis tíos y mis primos, y pasábamos todos juntos el día. Quizá los de mi quinta y los que son mayores que yo se acordarán de que durante varios años, precisamente el día de Santiago Apóstol, caían en Madrid las mayores tormentas de verano, fenómeno que en aquella época era bastante habitual y que hoy, debido al cambio climático, ya no se ven. Incluso que lloviera como lo hacía durante aquellos días era algo para mí, no sólo especial, sino deseable. Recuerdo un año en que celebramos aquella reunión en mi casa y que el cielo derramó tal cantidad de agua y con tal intensidad sobre nuestro barrio que la papelería que teníamos debajo de nuestra terraza se inundó por completo, hecho que me divirtió y trastornó a partes iguales, dado que era el lugar en el que compraba los libros de Elige tu propia aventura de la editorial Timun Mas, una de las pasiones que por aquel entonces me dominaban, y me asaltó el temor de que tuvieran que cerrar y no poder seguir ampliando mi colección.

Volviendo al hecho de que apenas me movía en verano del polideportivo y del barrio, había sin embargo un acontecimiento que se volvió para mí imprescindible cuando empecé a sentir inclinación hacia la música. No creo ser el único que lo recuerde, pero hubo un tiempo en que uno podía comprar una entrada de paseo en el Parque de Atracciones. No era excesivamente cara y te permitía acceder a las instalaciones y pasear por sus calles contemplando a los que habían abonado la entrada completa disfrutar de la montaña rusa, el paseo en barca por el lago, el tiovivo, los columpios giratorios y todas las atracciones que por entonces ofrecía el Parque. Obviamente, al tener entrada de paseo uno no tenía derecho a subirse a las mismas, a no ser que pagases su importe aparte. Pero a lo que sí te daba derecho era a asistir a los conciertos gratuitos que en el auditorio se ofrecían. Así que, durante un par de veranos, vivía pendiente de que se publicase en el periódico el listado de conciertos programados y marcara en mi calendario las fechas en que actuaban mis grupos y artistas favoritos. Allí vi a grupos como Duncan Dhu, Mecano, Hombres G, La Guardia, Danza Invisible y, sobre todo, Los Rebeldes, que fueron durante muchos, muchos años mi banda española favorita. Recuerdo incluso que yo solía lucir en aquellas fechas una gorra blanca como parte de mi indumentaria, una gorra a la que mi madre debía tenerle cierta tirria, dado que no hacía más que repetirme que, de tanto ponérmela, me iba a quedar calvo. ¡Qué poco se equivocó! En cualquier caso, tras el concierto de Los Rebeldes, logré acercarme a Carlos Segarra, su fundador y cantante, y que me firmara la gorra. No se me olvidará que su rúbrica tenía la forma de una guitarra eléctrica y que durante muchos años la conservé como un trofeo al que le tenía un enorme aprecio. Ignoro - y me duele - qué fue de ella, aunque intuyo que cuando mis gustos cambiaron y me fui haciendo mayor, en una de esas limpiezas domésticas en las que me embarcaba cada cierto tiempo a fin de ganar espacio para mis nuevas adquisiciones, terminaría sus días de gloria en la basura.


Aquellos veranos no eran mejores, tal y como afirmé en las primeras líneas, pero sin lugar a dudas son días que añoro y me empeño en reproducirlos de nuevo en mi cabeza todos los años, cuando llega el calor y me siento a contemplar pensativo el reflejo del sol de Móstoles sobre el agua de la piscina de mi urbanización.

Mientras escucho la música de aquella época, por supuesto...

   

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