Todos hemos tenido alguna vez ese sueño en el que nos enfrentamos a una situación en la que nuestras vergüenzas quedan expuestas ante un auditorio que se burla de nosotros. Hay numerosas variantes, pero supongo que la más recurrente es la de aparecer desnudos sobre un escenario. Aunque no se trate más que de una jugarreta de nuestro subconsciente mientras dormimos, la sensación de vulnerabilidad, inseguridad y pudor que nos produce es tan real que no nos cuesta ponernos en el lugar de otros cuando esa pesadilla se hace real. Y viral, ya que hoy en día la desgracia ajena interesa a todo el mundo. El otro día me vinieron estos pensamientos a la cabeza al conocer la historia de Lewis Capaldi.
Su voz me llamó inmediatamente la atención hará ya unos años, cuando comenzó a adquirir cierta popularidad con Grace y me encandiló (como a medio planeta) con Someone you loved. Un talento musical como el suyo y unas letras tan íntimas y a la vez tan universales. Iba a triunfar, seguro, yo no tenía la menor duda. Que fuese escocés, gordo y demasiado joven, o que aparentase ser el típico friqui marginal que vive encerrado en su cuarto enganchado a un ordenador eran aspectos completamente irrelevantes. Un artista como la copa de un pino al que le auguraba el mayor de los éxitos a nivel internacional.
Soy aficionado a la música, pero también siento una profunda curiosidad por las personas que con sus letras, con sus instrumentos y con sus voces, desde un escenario, un estudio de grabación o incluso un despacho, hacen que llegue hasta nosotros y que cambie y mejore nuestras vidas. Me gusta escarbar en los entresijos de la industria discográfica y en la vida de los artistas. ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué les inspira? ¿Cómo fue su infancia? Navego en Wikipedia, leo biografías sobre ellos (la última, la de Antonio Vega) y veo documentales (el último, sobre P!nk). Sorprendentemente, con Lewis Capaldi no llevé a cabo, a pesar de cuánto me habían gustado sus primeros temas, ese ejercicio detectivesco. Incluso el episodio de su colapso en Glastonbury, en que el público tuvo que terminar el tema porque él colapsó, me pasó desapercibido.
Tenía pendiente desde hace un par de meses en mi lista de Netflix el documental llamado Lewis Capaldi: How I'm feeling now. Me encantan este tipo de programas porque ahondan casi siempre en la persona más que en su trabajo, pero hay tan pocos en las plataformas digitales que los dosifico. Hace unos días le llegó el momento al de Lewis y me quedé anonadado.
El reportaje se rodó mientras el artista preparaba su segundo disco, Broken by desire to be heavenly sent, una pequeña joya musical que cobra un valor mayor tras el visionado del documental, y acompaña al cantante en el proceso de introspección al que se ve abocado a causa de ciertos problemas de salud que ni su entorno ni él mismo son capaces de identificar. Los realizadores, mediante entrevistas realizadas a los padres, a los amigos, a los colaboradores y al propio Lewis, logran que la magia de sus canciones queden relegadas a un segundo plano y que emerja la figura del chaval que desde los dos años de vida, cuando comenzó a trastear con la guitarra y el piano, encontró en la música su razón de ser. Siempre quiso componer. Siempre quiso cantar. Uno se mete en la piel de Capaldi de tal manera que es capaz de palpar la angustia que se va apoderando de él al descubrir, cuando por fin ha alcanzado su objetivo, que algo extraño le sucede. Que los tics que en el pasado eran sólo eso, pequeños tics, se están poco a poco convirtiendo en un serio impedimento para hacer aquello para lo que ha venido al mundo.
Es estremecedor y al mismo tiempo emocionante ver las imágenes del concierto de Glastonbury. Cómo los espasmos musculares se adueñan de tal manera de su cuerpo que es el público quien tiene que terminar Someone you loved. Cómo él, a quien imaginamos devastado y avergonzado por la penosa situación en la que se encuentra, no puede hacer otra cosa más que observar y agradecer a esos miles de personas que corean una de sus canciones más emotivas sin poder ni siquiera acompañarles con su voz.
A raíz de este episodio, Lewis comunicó a la prensa que cesaba indefinidamente toda actividad musical a causa de sus problemas, que inicialmente atribuían a la ansiedad. Pero a lo largo del reportaje descubrimos que no es tal la enfermedad que el artista padece, sino el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico cuyos primeros síntomas son movimientos involuntarios de la cara, de los brazos o del tronco. Con su nuevo álbum en el mercado - insisto, una maravilla - su gira, que iba a pasar por Madrid y Barcelona, ha sido cancelada. El artista ya ha informado de que está trabajando para tomar el control de su enfermedad y poder reanudar su carrera musical, pero que en el caso de que hacerlo perjudique más su salud, dejará la música definitivamente.
Y uno, tras ver el documental completo, siente inevitablemente una simpatía cómplice con el cantante, cruza los dedos para que no sea así como termine esta aventura para la que llevaba toda la vida preparándose y tararea uno de sus temas más hermosos, Wish you the best. Porque al menos en mi caso, eso es lo único que puedo desearle en un trance como este: lo mejor.
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