No fue la primera vez que le veía jugar, pero sí la primera que consiguió dejarme completamente boquiabierto. Él tenía sólo diez años y era su primera temporada compitiendo a nivel federado, aunque Miguel, su padre, había sido entrenador durante muchos años en Canoe y es de suponer que el chaval debía haber mamado ya buenas dosis de baloncesto en casa. Se disputaba la final del Campeonato de Clubes de Madrid en categoría Alevin. Fue el amo y señor del partido, pero lo más sorprendente, desde mi punto de vista, sucedió cuando tan sólo restaban unos segundos para concluir el encuentro. Incluso a mí, que aún no sabía apenas nada de este deporte, me llamaron la atención su temple y su inteligencia. Alcorcón Basket ganaba por pocos puntos, cuatro tal vez, no lo recuerdo con exactitud, y tenían la posesión del balón. Pidió la bola y, en vez de precipitarse hacia la canasta contraria como haría casi cualquier niño de esa edad, buscó con la mirada el marcador electrónico para ver cuánto tiempo quedaba y, metafóricamente hablando, le cantó una nana a la pelota. Nadie más, ni rivales ni compañeros, pudo tocarla hasta que sonó el bocinazo que indicaba el final del partido y Alcorcón Basket estalló de júbilo con el primer título de su historia. No fue la excelente visión de juego que le ha caracterizado siempre o el clásico pase en largo a una mano que siempre le definió los que me hicieron sospechar que aquel chaval era distinto. Fue ese control de los tiempos, esa madurez para decidir qué hacer cualquier otra cosa que no fuera dormir el partido podría perjudicar a su equipo, lo que me dejó anonadado. Resulta extraño ver algo así en un crío de tan corta edad y de ahí mi asombro.
Durante los meses siguientes tuvimos la fortuna de coincidir con mucha frecuencia con él y con sus padres, gente cordial, sencilla y de conversación variada y amena, dado que tanto Sergio como, por supuesto, Juan eran convocados para todas las jornadas de preparación que la Federación de Madrid organizaba para el Campeonato de España de Seleccones Autonómicas a celebrar en Cádiz. Él ya había fichado por el Real Madrid, un año antes de lo que es habitual, y su baloncesto estaba creciendo a un ritmo imparable. Detrás del artista que desplegaba su talento sobre la cancha, en el trato más cercano, era un niño que en presencia de adultos se comportaba con educación y que escuchaba, respetuoso, lo que a su alrededor se hablaba, mirando a los ojos a su interlocutor y exhibiendo esa media sonrisa picaruela que aún conserva. De lo que observábamos de su relación con los compañeros, nos llamaba la atención que, sin ser el más travieso, ni el más introvertido, sin destacar en su comportamiento para bien o para mal en ningún sentido, todos los demás orbitaban de manera natural alrededor de él y buscaban su aprobación. Nunca le vi, como a otros, reirse a carcajadas, pero en sus ojos podía percibirse que se lo pasaba bien en ese ambiente. Si alguna vez se enfadaba era consigo mismo, nunca con los demás. Un líder silencioso. Creo que todos los que conformábamos aquel grupo, entrenadores, padres y chavales, teníamos claro que si alguno de los doce que formaban aquel equipo llegaba algún día a poder vivir del baloncesto, sería seguramente él.
Si mi hijo Sergio tuvo su minuto de gloria fue en buena medida gracias a Juan. Ocurrió en la final de aquel Campeonato entre Madrid y Cataluña. Con el marcador aún apretado, el rival tiró a canasta, el balón no entró y el rebote lo cogió uno de nuestros jugadores altos, tal vez Harold, Sediq (el hermano de Usman Garuba) o Baba Miller (otro crack del que un día hablaré). Entregó inmediatamente el balón al base, a Juan, que con uno de esos recursos que había adquirido en su época en el balonmano, donde también brilló, lanzó un pase largo a la pista contraria, donde ya corría Sergio, que recibió y sin oposición, machacó el aro. Creo que nunca dejaré de presumir, a la vista de lo que Juan está haciendo en este Mundial y de los éxitos que le esperan, de que fue él quien le brindó aquella asistencia a mi hijo.
Coincidieron los dos un año después en el Real Madrid, donde Juan ya se había convertido en una de las más firmes promesas del baloncesto nacional. Sólo eran infantiles, pero él ya dejaba en cada campo algún detalle de crack mundial, y jugaba en muchas ocasiones con los cadetes porque tenía nivel para ello. Su palmarés en categorías inferiores, tanto con el Real Madrid como con la Selección española empezaba a ser alucinante y tuvimos la suerte de poder compartir y celebrar con su familia un Campeonato de Madrid, un Campeonato de España de Clubes en Pontevedra y una Minicopa en Canarias, experiencia esta última que siempre recordaré por una comida inolvidable que compartimos con sus padres y con los de Jorge Rosón, otro de los componentes de aquel equipo.
Le veo hoy en las portadas de los periódicos por todo lo que, con sólo diecinueve años, ha conseguido en Alemania y lo que está haciendo en el Mundial y me invade una agradable sensación: la de ver cómo uno de esos chavales que aún creían en el Ratoncito Pérez cuando les conocimos está cumpliendo no sólo sus sueños, sino también, de alguna manera, los de todos los que algún día jugaron con él y no lograron llegar hasta donde él ya ha llegado. No siento envidia de que no sea mi hijo el que esté ahí, frente a las cámaras, defendiendo su derecho a divertirse y su obligación de hacer mejores a los compañeros, que ha sido desde que le vimos por primera vez lo que siempre ha hecho en todas las canchas en las que ha jugado: disfrutar y ayudar a que los compañeros también lo hagan. Lo que siento, viéndole vestir la camiseta de la Selección absoluta, es un enorme orgullo de que mi hijo, aunque haya sido de manera efímera, haya formado parte, de algún modo, de la historia de Juan Núñez, un jugador al que estoy convencido, como ya intuíamos hace siete u ocho años, le espera una larga carrera llena de éxitos.


Un post muy acertado y entrañable.
ResponderEliminarGracias, Julián
EliminarUna pasada Santi!! Sigamos disfrutando de Juan y es verdad, todos los que disfrutamos de él de pequeño, lo seguimos haciendo!!
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