Aunque creo haber aprendido por fin a someterlos a mi voluntad, al menos en el cara a cara, ya que aquí, en el blog, es otra historia, se me llevan los demonios cuando veo a mis seres más queridos desperdiciar horas, quemar neuronas y atrofiar funciones cerebrales visionando en bucle ridículos vídeos en Tik Tok, historias insustanciales en Instagram y buceando en los estados de sus contactos en Facebook o en Whatsapp. Especialmente cuando se trata de niños o adolescentes. Me repatea hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.
Sí, sí, ya sé que cada cual emplea su tiempo en lo que le apetece y mejor le parece, y por ello unos leemos o escribimos y otros viven pendientes de la última foto o vídeo que Fulanito y Menganita han subido a las redes. Unos, hasta que no hemos desayunado, no le echamos un vistazo al móvil y otros se tiran media hora en la cama vagabundeando por las redes sociales hasta que deciden finalmente ponerse en marcha. Que todos, incluido yo mismo, le echamos un vistazo a estas cosas de vez en cuando, pero yo me refiero a los que son capaces de permanecer tirados en la cama o en el sofá durante tres horas largas sin realizar ninguna otra actividad más que deslizar el dedo de arriba a abajo o de derecha a izquierda sobre la pantalla táctil del dispositivo. Y sorprenderse después, cuando por fin salen del trance en el que han permanecido inmersos, por las cosas que han ocurrido a su alrededor mientras ellos se encontraban abducidos por las redes. Esos a los que no te queda más remedio que decirles, con cierta condescendencia, "te lo dije, pero estabas con el móvil".
Me decía un gran amigo mío hace ya unos meses, en relación a este blog, que disfruta leyéndome aunque no siempre esté de acuerdo con mis ideas, pero que en su opinión me expongo demasiado. Que me abro a los demás en exceso y muestro sin pudor mis vergüenzas y mis orgullos. Eso fue lo que yo interpreté de sus palabras, creo que de manera acertada. Y seguramente tiene toda la razón, porque me he percatado de que rara vez se equivoca al catalogar a la gente y porque me ha dado muestras de sobra durante estos años de que goza de un criterio lúcido en el que uno puede confiar ciegamente. No recibí este comentario como una crítica, sino como la constatación de un hecho que, por cierto, querido amigo, no va a variar, ya que yo no sé escribir ni ser de otra manera. Y aunque supiese, creo que a estas alturas del partido tampoco modificaría un ápice mi manera de jugar.
No sé si la forma en que yo me ofrezco a los demás a través de este espacio virtual puede compararse con el modo en que otros se exponen en las redes sociales; si es lo mismo compartir aquí mi opinión sobre un tema, la última hazaña de mis hijos en vis cómica o los sentimientos que de mí se adueñan frente a algún suceso que mostrarle al mundo mi nuevo tatuaje, lo bien que me queda este nuevo corte de pelo o la manera tan sexy en la que perreo el último tema de Ozuna. Sí, ya sé que no todo lo que se exhibe en estas plataformas es tan burdo e inmaduro, pero no nos engañemos: la mayoría de los que viven secuestrados por las redes sociales no las utilizan ni mucho menos para entretenerse con la última historia que la cuenta del Museo del Prado haya colgado. Y, desde luego, ya os garantizo que nuestros hijos no lo hacen. En el mejor de los casos, como en el de los míos, gran parte del tiempo que pasan desconectados de la realidad es para visualizar vídeos deportivos, aunque, incluso siendo estos bastante inocuos, preferiría que soltaran esos malditos artefactos y ya no que cogiesen un libro, algo a lo que parecen tenerle alergia, pero sí que al menos llamasen a sus amigos y se fueran al cine, a un teatro, a un centro comercial, a un monólogo, a una cancha de basket o a un parque para relacionarse de un modo más cercano con el resto del planeta.
Habrá quien me diga que es una cuestión de educación y yo no se lo rebatiré. Darle a un niño de nueve años un teléfono móvil es una irresponsabilidad imperdonable. Las posibilidades de que ese niño desarrolle su imaginación y adquiera habilidades para relacionarse socialmente quedarán indefectiblemente limitadas. Y será culpa nuestra. Que el niño vea en casa a su madre, a su padre o a ambos encadenados a cualquier dispositivo genera ya una necesidad en el niño que podría evitarse. Pero intentar educar a los hijos en un empleo responsable de la tecnología no garantiza tampoco que la criatura vaya a escapar de la tiranía de los celulares. Porque hoy en día uno ya no es propietario de un teléfono, sino que sucede a la inversa. Los móviles nos poseen a nosotros.
Aunque todos miremos hacia otro lado, desde mi punto de vista no hay grandes diferencias entre esta adicción y una pandemia en toda regla. No provoca muertos, sino idiotez, sedentarismo y aislamiento social. No provoca que los hospitales se colapsen, pero genera un empobrecimiento cultural y conductas sociales claramente anómalas. No obliga al Gobierno a confinarnos en nuestras casas, sino que nosotros mismos nos encerramos voluntariamente en el mutismo más absoluto incluso cuando estamos rodeados de gente. ¡Qué rabia me da cuando estás hablando con alguien y al mismo tiempo anda respondiendo un whatsapp o reproduciendo un vídeo en YouTube que le ha llamado la atención! O cuando estás comiendo con esa persona, contándole tus cosas, y te deja con la palabra en la boca porque le ha saltado una notificación no puede dejar de atender y resulta ser una tontería que podía esperar hasta después de comer. O cuando estás viendo una película en casa que tú ya has visto pero que has elegido con intención y tu hijo la está ignorando para ver un vídeo que le han mandado de un torneo de bofetadas. Les quitaría el móvil de las manos y lo tiraría por el balcón. Y que reventase en mil pedazos.
En Citas, una serie catalana de Pau Freixas que puede verse en Amazon Prime, así como Citas Barcelona, una especie de secuela de la primera, hay un episodio en concreto que pone de manifiesto cómo la comunicación escrita a través de redes puede llegar a anular en una persona el deseo de ir más allá a la hora de conocer mejor a su interlocutor. Cada episodio de la serie recoge la historia de dos personas que contactan a través de Tinder y lo que sucede en sus respectivas citas. En este capítulo en cuestión, Aurora, una mujer muy activa en el chat de la aplicación pero reacia a quedar con ninguno de sus contactos, recibe la visita por sorpresa de Pinyó, uno de los hombres con los que conversa habitualmente y con el que parece haberse producido una conexión especial. Él insiste en que cenen juntos y ella accede reticente. La cita resulta ser un absoluto desastre porque ella comprende que su capacidad de relacionarse, de ser ella misma, ha quedado limitada por completo al anonimato del chat. El episodio se cierra con una Aurora decepcionada consigo misma, de regreso en un vagón del metro, iniciando sin embargo un nuevo chat con un nuevo contacto.
Son ya varias las entradas que sobre este asunto he publicado y seguramente seguirá cayendo alguna de vez en cuando. No lo puedo evitar. Me considero en la obligación de seguir alertando de lo que esta dependencia provoca en las personas y en la forma en la que se relacionan. Lo siento por los que tuerzan el gesto al sentirse aludidos, pero la realidad, por mucho que pueda incomodar, es esta y me temo que los únicos que se frotan las manos con esta adicción, aparte por supuesto de los fabricantes y las compañías que invierten en este mercado y que se están haciendo de oro a nuestra costa, son los psicólogos, que de seguir así no van a dar abasto en el futuro para atender a tanta clientela.
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