miércoles, 13 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: las lesiones

Por propia experiencia sé que, como padre, da lo mismo el momento de la temporada en que tu hijo se lesiona. Que el sufrimiento por lo que supone para él a todos los niveles es el mismo ocurra en un amistoso de pretemporada o en un encuentro de playoffs. Y mucho más cuando hablamos de cantera y no de profesionales. Pero el pasado fin de semana no pude evitar sentir mucha rabia por ese chico nuevo del equipo de Marcos, Iker, recién llegado este año desde Fuenlabrada, trayendo consigo, por lo que he podido observar y por lo que mi hijo me cuenta, toneladas de ilusión y quintales de buen rollo, que se ha partido la tibia en un desgraciado lance del juego durante el primer amistoso de la temporada. Por lo poco que he podido verle entrenar y jugar, posee la planta y la actitud de esos chavales que siempre hacen falta en los equipos, esos que se ofrecen siempre, que arriman el hombro en las ayudas y que no hacen un mal gesto si los compañeros no se la pasan o si fallan. Sobrado además de clase, aunque no pueda afirmar, por haber sido escaso el tiempo que le he observado en cancha, su capacidad anotadora o su madurez para la toma de decisiones. Creo que ha sido la jugada en directo y en baloncesto base que más escalofríos me ha provocado en estos casi nueve años que llevamos metidos en este mundillo. Un mal giro, cada pierna para un lado, un movimiento antinatural, una caída dura. Confiábamos que fuera sólo un esguince, pero al final se confirmó que no había tenido suerte: rotura, operación urgente y vete tú a saber cuándo podrá volver con sus compañeros, con los que ni siquiera ha podido debutar en liga. De momento, en torno a tres meses. Y esto en un amistoso. Mierda. Muy mala suerte.


Se lamentaba mi hijo Marcos porque - y cito - "es un chaval cojonudo y además me encanta que sea él quien me defienda en los entrenamientos, me exige mucho más que otros, me hace mejor jugador". Y que "algo vamos a tener que hacer para animarle". Le di varias ideas. El tiempo dirá si las buenas intenciones se quedan en agua de borrajas, como a veces ocurre con los adolescentes, si le secunda el grupo en sus propósitos y si entre todos maquinan alguna sorpresa que pueda proporcionar a Iker algo de aliento, ya que en estos bretes, desgraciadamente, poco más se puede hacer.

Las lesiones son parte de la vida del deportista. Quien practica cualquier deporte sabe que el porcentaje de posibilidades de que, tarde o temprano, deba parar su actividad por problemas físicos es alto. También los padres lo sabemos y vivimos con ese miedo. El de que se den un mal golpe o se hagan daño. Este amistoso lo vimos a pie de cancha, ya que se disputó en el gimnasio de un colegio de Las Rozas sin gradas y sin demasiado espacio en las bandas y fondos entre los espectadores y el juego. Para los que ya dejamos muy atrás esa edad mágica de los quince y dieciséis años, o al menos en mi caso, resulta sobrecogedor vivir tan de cerca la intensidad de los contactos, la agilidad inherente a los movimientos que los chicos ejecutan, la velocidad y coordinación con la que se desplazan sobre el parqué. Me resultó espeluznante ver todo esto tan de cerca en un partido que fue además bronco, posiblemente por las ganas que los componentes de ambos equipos tenían de volver al cara a cara, a la competición de alto nivel. Viví el encuentro con miedo a que se hicieran daño, como efectivamente y por desgracia ocurrió. Antaño yo también estuve ahí, aunque fuese practicando otro deporte, y seguramente yo me empleaba con tanto arrojo y contundencia como lo hacen hoy ellos, mis hijos y sus compañeros, pero entonces no tenía conocimiento de todo lo que podía sucederme en un choque o una caída. La inmortalidad es un concepto que rara vez cumple la mayoría de edad. Pasé miedo, repito, y se me heló la sangre al ser testigo de la desgraciada jugada.


En los días posteriores, mientras se iban sucediendo las noticias sobre el alcance de la lesión, el resultado de la operación, el estado de ánimo del muchacho o el tiempo previsto de recuperación, estuve recordando las ocasiones en que mis hijos han tenido que lidiar con la frustración de no poder hacer aquellas cosas que su edad les demanda y en las que nosotros, como padres, nos hemos visto obligados a combatir la impotencia de no poder de alguna forma ahorrarles el mal trago o, en su defecto, hacer algo para acortar los plazos de sus recuperaciones. El mayor, Sergio, tuvo la fortuna de no tener que verse en una situación así durante muchos años, hasta que en Junior se rompió el astrágalo no una, sino dos veces, y se perdió prácticamente toda la temporada. Cosas del azar, pero también posiblemente de no curarse bien, de dejarse arrastrar por la impaciencia y volver a la actividad antes de lo que habría sido recomendable. Tal vez una semana más de reposo tras la primera lesión habría evitado la segunda, ¿quién sabe? En el caso de Marcos, si bien no ha habido nunca esguinces, fracturas o roturas, hemos vivido siempre con el alma en vilo. Es un chaval de complexión delgada, aunque está, como dice él en tono jocoso, "mazado", pero el caso es que se enfrenta cada fin de semana a chicos que pesan diez o quince kilos más que él, lo que a mí en concreto hace que se me encoja el corazón en cada encontronazo en el que se ve implicado. Fruto de un lance del juego sufrió una lesión en la espalda que le obligó a pasar un verano entero con un corsé que le provocaba picores, le hacía sudar profusamente y que nos hizo temer, en base a lo que los traumatólogos nos decían, que tuviera que dejar el deporte o que, al menos, se pudiera ver forzado a cambiar de actividad por otra que no incluyera saltar ni forzar la parte lastimada. Por suerte, parece que se recuperó bien de aquello y pudo regresar a las canchas sin demasiados sustos y percances. También ciertas molestias de las que se comenzó a quejar después de aquello terminaron con sus huesos en la consulta del cardiólogo. Una vez más ese temor a que no pueda volver a practicar deporte, más poderoso si cabe que al que tenemos de que un día le ocurra algo como lo que le ha pasado a su amigo Iker. Siguen estudiándole, aunque por el momento parece que todo está en orden. Pero sobre Marcos, o más bien sobre nosotros, sus padres, ha sobrevolado siempre, desde que se rompió la tibia (como su compañero) en un castillo hinchable a los dos años de edad, la incertidumbre, el miedo a que algo le aparte de este deporte por el que siente una pasión pura y real.

No podemos pedir a nuestros hijos, a partir de cierta edad, que jueguen con cuidado. O podemos intentarlo, pero demos por sentado que les entrará por un oído y les saldrá por el otro. La competición, el afán por explorar sus límites y la satisfacción por superarlos van unidos a su naturaleza de adolescentes. Nada podemos hacer para impedir que se lancen a la cancha buscando sus minutos de gloria, pero sí es nuestra obligación tratar de garantizar que practiquen su deporte favorito con unas mínimas medidas de seguridad y, sobre todo, estar a su lado para sostenerles o levantarles cuando, como en el caso de Iker, se caigan.

¡Ánimo, chaval! ¡Te esperamos para la segunda fase!



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