Ardía en deseos de que se publicara "El problema final", la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Esta no era como mis anteriores primeras veces con las distintas historias que el autor cartagenero había compartido con sus lectores durante las últimas tres décadas. Por decirlo de una manera poética, venía sintiendo mariposas en el estómago desde que se anunció antes del verano este nuevo lanzamiento. Suelo aguardar sus relatos con impaciencia, pero con este en concreto eran tan grandes las ganas que incluso me tentó la idea de presentarme a primera hora de la mañana en la puerta de la librería más cercana y comprar el libro en papel el día de su salida al mercado, como hacía en los tiempos en que los dispositivos electrónicos de lectura eran tan sólo un prototipo. Aparte de mi declarada admiración por su literatura, en este nuevo proyecto ya adelantó en alguna entrevista que el argumento giraría en torno a uno de esas figuras literarias únicas y universales que me acompañaron en las tardes lluviosas de los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia: Sherlock Holmes. Nada más y nada menos. Un nuevo giro de tuerca en el variado crisol que conforma la producción novelística del escritor, miembro de la Real Academia de la Lengua Español, vilipendiado por muchos y venerado por otros tantos. Desde el Club Dumas y el Capitán Alatriste, pasando entre medias por la batalla de Trafalgar, la Reina del Sur y la revolución de Pancho Villa, hasta llegar al 221B de Baker Street.
Aunque los personales trazos del autor son fácilmente identificables en cada uno de los capítulos que componen la historia y aunque el personaje principal guarda grandes similitudes con los clásicos "héroes cansados" que pueblan su obra, por momentos tuve la extraña sensación de no estar leyendo realmente a Don Arturo, sino de nuevo a Sir Arthur Conan Doyle, el creador del celebérrimo detective y de su ayudante, el doctor Watson. Han pasado por mis manos otras recreaciones de estos personajes y aún tengo alguna pendiente de leer, como es "Estudio en negro", de José Carlos Somoza, pero hasta la fecha ninguna de ellas había logrado retrotraerme al universo holmesiano y al género de la "novela-problema" de manera tan contundente. No sólo he recordado relatos concretos de las aventuras del investigador londinense, sino que han regresado también a mí otras historias cumbre de la literatura detectivesca de finales del XIX y principios del XX, especialmente las de Gaston Leroux y Maurice Leblanc, a los que, aunque de soslayo, también se hace referencia en "El problema final". Puede ser en cualquier caso que la alta estima en que tengo al otrora corresponsal de guerra y a su obra literaria distorsione la impresión que otros puedan llevarse a leer esta novela, pero en cualquier caso estoy convencido que los que en su día disfrutaron del sabueso más famoso del género como yo lo hice, encontrarán entre sus páginas entretenimiento en abundancia y misterios de sobra que resolver.
Como aficionado al cine que se tragaba todas aquellas películas clásicas que echaban en la 1 los sábados después de comer, he disfrutado además como un cochino en una porqueriza con las numerosas referencias y las curiosas anécdotas verídicas sobre aquel Hollywood dorado en el que campaban a sus anchas los Gary Cooper, Laurence Oliver, James Stewart, Grace Kelly o Greta Garbo, entre otros. No revelaré a cuento de qué se mezcla a Sherlock Holmes y su leal Watson con todo ese elenco de artistas excepcionales que dieron vida a algunos de los personajes más emblemáticos de la historia del cine, simplemente os animo a que os sumerjáis también vosotros en la novela para descubrirlo y quizá disfrutarlo tanto como yo.
La lectura de "El problema final" ha avivado un propósito que he ido postergando durante muchos años. Yo acostumbraba a releer libros, algunos hasta cuatro o cinco veces. No era extraño dado que, aparte de los que por mi cumpleaños y en Navidades me regalaban, pocos más caían en mis manos. Las bibliotecas de Móstoles no estaban tan bien surtidas como lo están hoy, no existían, como ya he señalado antes, los ebooks y comprar libros era algo que mi economía no siempre podía permitirse. Y yo era un ávido lector, así que no me quedaba otra, para alimentar mi hambre lectora, que regresar a aquellos que ya había leído y que, de una manera u otra, me habían impresionado. Dejé de hacerlo a medida que el acceso a las novedades literarias fue haciéndose más sencillo. Ahora siempre hay algo nuevo al que hincarle el diente. Sin ir más lejos, en mi Kindle me esperan ahora mismo un centenar de libros publicados en los últimos tres años. Retornar a Sherlock Holmes no sólo ha despertado en mí las ganas de volver a sumergirme en aquel mundo victoriano en el que transcurren sus aventuras e intentar de nuevo resolver los crímenes que Conan Doyle ideó, sino también encontrarme de nuevo con otros relatos y aventuras que marcaron mis años más jóvenes, así que ya he descargado en mi dispositivo algunos libros como "Miguel Strogoff", "Historia de dos ciudades", "Ivanhoe", "El conde de Montecristo" o "Los miserables". Y para empezar a cumplir este capricho y sin más demora, me he embarcado ya en una recopilación maravillosa, con comentarios aclaratorios y multitud de notas a pie de página, titulada "Todo Sherlock Holmes". El reto promete, puesto que no sólo recopila en más de mil páginas todo lo que Sir Arthur escribió teniendo como protagonista a nuestro detective, sino que a parte de una introducción sumamente amena sobre todo el universo holmesiano, a cada relato le acompaña un pequeño estudio que realiza oportunas aclaraciones sobre la historia en cuestión.
Podría haber empezado a releer mi pasado con el "Drácula" de Bram Stoker o con "Los hijos del capitán Grant", de Verne, por poner un par de ejemplos, pero no, no podía ser de otra manera tras la experiencia de estos últimos días. El cuerpo me pedía regresar a Holmes cuanto antes y ahí ando, dichoso de regresar al Londres del inspector Lestrade, el profesor James Moriarty y la fatal Irene Adler, enfangado ya hasta las cejas con un "Estudio en escarlata", pasmado de nuevo ante las sagaces deducciones del más famoso detective literario de todos los tiempos: Sherlock Holmes.
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