Que lo lamentan, pero que no hay nada más que puedan hacer por mí. Tal es la conclusión a la que la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal ha llegado tras un año aproximadamente analizando y tratando mi caso, regulando mi medicación y, por último, sometiéndome a una intervención ambulatoria mediante la infiltración de una dosis de Enantyum en los espacios intervertebrales con el propósito, ya no de curar, dado que al parecer la ciencia médica no está capacitada para sanar mis dolencias, sino de intentar bloquear en la medida de lo posible y durante un tiempo indeterminado el dolor. Así pues, alta médica en la Unidad, instrucciones para mantener la medicación y esperar a ver cómo evoluciona mi cuerpo. Un "ahí te quedas" de libro. Como en cada capítulo de mi interacción con los integrantes de este departamento médico durante todo este tiempo, puedo entender los argumentos presentado, pero las maneras empleadas me provocan arcadas.
Tras la consulta telefónica de control mantenida esta semana, dos meses después de pasar por el quirófano, se cierne sobre mi ánimo la cristalina sensación de que lo mismo habría dado responder a las preguntas de la doctora constatando que la infiltración había sido un rotundo éxito o que, por el contrario, había supuesto un auténtico fracaso. Es posible incluso que si me hubiese inventado que sus experimentos habían terminado dando con mis huesos en una silla de ruedas o que mi hígado había resultado dañado por los fármacos empleados, las palabras de mi interlocutora habrían sido las mismas. El discurso no habría variado un ápice. La decisión que los especialistas habían tomado en relación a mi caso cubría todo el espectro de mis posibles contestaciones. No me siento decepcionado en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Se me hacía bola estar a merced de unos profesionales que casi desde el primer instante me parecieron negligentes y carentes de toda empatía hacia el paciente. Así que si hay un sentimiento por encima de todos los demás en esta coyuntura, es fundamentalmente el alivio de haberme librado de ellos. O de que ellos se hayan librado de mí. Tanto monta, monta tanto... me pesa por Nuria, que fue quien me animó a derivar allí mi expediente tras los buenos resultados que obtuvo ella en su momento. Sé que se culpabiliza por la pésima experiencia que yo he vivido, pero, al haber hecho ella todo lo que estaba en su mano y que consideraba necesario para que yo me recuperara cuanto antes, ¿procede realmente ese sentimiento de culpa? Yo creo que no, que bastante tiene, la pobre.
¿Y ahora qué? Supongo que esa es la pregunta que algunos os haréis y que yo ya me hice hace unas semanas, a la vista de que los efectos de la intervención a la que fui sometido no estaban siendo tan positivos como me habría gustado. Porque el dolor sigue ahí, camuflado si hace buen tiempo o si mi actividad incluye cambios posturales constantes, muy presente y más persistente, en cambio, si el clima se vuelve más frío y lluvioso o si permanezco sentado más de media hora seguida. Más livianos, debo reconocer, en la zona lumbar, eso sí, pero con la misma intensidad en la zona abdominal y costal.
- Ah, ¿que no era sólo en la zona lumbar? - me preguntó sorprendida la eminente doctora en la susodicha conversación telefónica, suscitando en mí un escandalizado estupor que supe disfrazar tras el velo de la diplomacia más elegante que fui capaz de hilar en unos breves segundos.
Olé vuestros chochos morenos, bonitas. Y que me fusilen si la expresión resulta machista en estos tiempos de desatado empoderamiento de la mujer y feminismo exacerbado, pero es que todo el personal del malhadado departamento médico al que confié mi recuperación era del mal llamado sexo débil. Lo mismo me da a lo que suene. Un año hablando del tema y todavía no os habíais enterado. No sé si solicitar para vosotras el paredón o construiros una rotonda en homenaje por haber sido capaces de superar, en este ejercicio de despropósitos y chapuzas médicas, aquello de que el dolor estaba sólo en mi cabeza y de que era yo, en conclusión, quien tenía que curarme a mí mismo a fuerza de voluntad y concentración. Conmigo lo habéis bordado.
Pero en fin, volviendo al tema y dejando de perder el tiempo con reproches y acusaciones que no me llevarán a ningún puerto, ni bueno ni malo, ahora, mal que me pese, me duela mucho, poco o nada, llueva o haga sol, sentado frente a la pantalla de un ordenador en una oficina o cargando cajas en un almacén, la prioridad ya no es curarme o buscar remedios para sentir menos dolor, sino trabajar. Porque la economía de una familia de clase media como la nuestra puede soportar un envite de estas características sólo durante un tiempo determinado. Y en mi caso ese tiempo se ha agotado. Toca hacer oídos sordos a los latigazos que mis terminaciones nerviosas dañadas todavía envían a mi cerebro a diario. Toca ignorar el cansancio y el sueño que me genera no poder dormir de un tirón más de cuatro o cinco horas. Toca echar mano con mayor frecuencia de los medicamentos de rescate que complementan a los que ya de ordinario ingiero para intentar acallar el mordisco del lobo. Toca encontrar a alguien que apueste por mí y quiera contratarme. Y toca también apretar los dientes y guardarme los lamentos ante quienes me quieren porque nada aporta compadecerme de mi suerte frente a ellos.
No puedo evitar sentir cierta rabia, no obstante, cuando navego por Infojobs, Linkedin o Job Today, entre otras plataformas creadas para facilitar la búsqueda de empleo, y comprobar la enorme cantidad de ofertas existentes para personas con una discapacidad declarada. Porque a pesar de que entiendo los argumentos que han esgrimido los distintos especialistas que me han tratado y que justifican que mi dolencia no pueda ser reconocida como merecedora de tal calificación, me resulta terriblemente injusto que otros que lo merecen tanto o más que yo por sus limitaciones, pero que no conviven con el dolor como yo lo hago, sean beneficiarios de unas ventajas a las que yo no puedo aspirar. No pretendo restar importancia a quienes se encuentran en esa situación ni comparar mi incapacidad no declarada con la que a ellos les ha sido justamente reconocida por un Tribunal Médico altamente cualificado, pero, viendo pasar ante mis ojos tantas ofertas de trabajo que me encajarían como anillo al dedo, al menos mientras permanezca atrapado en esta encrucijada, admito que a veces pienso que mejor me habrían ido las cosas, por ejemplo, si hubiese perdido un dedo en vez de sufrir una neuralgia cuya existencia ninguna máquina de Electromedicina puede constatar.
Aquí termina, por lo tanto, mi relación con la Unidad del Dolor del Ramón y Cajal y quedo a merced de lo que el paso del tiempo, el efecto de los fármacos y la capacidad de mi organismo para recuperarse a sí mismo tengan a bien depararme. Y prosigue, muy a mi pesar, mi estrecha relación con ese lobo que, aunque con menor saña, continua clavando en mi costado sus colmillos y que sigue sin querer soltar de una vez por todas a su presa.
El muy cabrón.



No hay comentarios:
Publicar un comentario