jueves, 12 de octubre de 2023

La vida moderna

Llevo tanto tiempo ensordecido por el ruido a mi alrededor que no sé cuándo dejé exactamente de escucharme a mí mismo. ¿Cuándo fue la última vez que me paré durante un par de horas y me interrogué a mí mismo sobre mis anhelos y mis temores? No es sencillo hacerlo con el ritmo que llevamos. Me pregunto si esta vida es en realidad para mí. Supongo que es un pensamiento lícito y universal al que todo ser humano, en algún momento de su existencia, se enfrenta de un modo u otro. En mi caso creo que no cambiaría a una sola de las personas que me rodean y con las que comparto en mayor o menor medida mi vida, pero percibo que cada día transcurrido adquiere un mayor peso la sensación de que el momento y el lugar en el que existo ahora mismo han dejado de ser los adecuados. Durante muchos años, esta época y esta ciudad han sido el cuándo y el dónde indiscutibles, el tiempo y el lugar en los que yo quería ser y estar. Nunca pasó por mi cabeza renegar de ello. Hasta hace, mes arriba, mes abajo, un año aproximadamente. No logro dilucidar qué suceso propició en mí ese cambio de parecer, qué hizo que la aguja de mi brújula vital enloqueciera, pero fue en aquel impreciso instante cuando comencé a observar y valorar todo lo que ocurría a mi alrededor bajo un prisma muy distinto. Empezó mi barrio a parecerme cada vez más gris y más ruidoso. El clima, año a año, menos benigno. La gente corriente, más distante y más abstraída en sí mismos y en sus dramas personales, menos solidarios, más ausentes. Los transportes públicos, que siempre he utilizado con deleite y satisfacción, más sucios y saturados. La sanidad, masificada por la falta de personal. El pulso de la vida, mucho más desbocado. O que a mí me va costando seguir este ritmo infernal que nos arrastra a todos, queramos o no. Cada vez todo, en definitiva, menos humano. 


Cuando me privan del silencio y me asedian sonidos tan artificiales como el rugir de las motos que pasan por mi calle, el quejido que emite el toldo de la frutería que se encuentra debajo de la ventana de mi dormitorio al alzarlo o al bajarlo, el jolgorio de los chavales que comparten en los vagones de tren con el resto de usuarios sus playlists de trap, urban o reggaeton tronando en sus móviles sin que nadie se lo.pida, cada vez que me veo cercado por todos esos ruidos y otros muchos que conformarían una aburrida enumeración que no viene a cuento, más ganas me dan de salir corriendo o de encerrarme en un zulo con los míos. Cada vez que levanto la mirada de mi libro en la sala de espera del médico y contemplo a todos los que aguardan su turno mirar hipnotizados sus teléfonos en lugar de leer un libro como suelo hacer yo o conversar entre ellos, cada vez que un vehículo no respeta un paso de cebra o se salta un semáforo en ámbar, cada vez que tengo que caminar por las calles principales de Móstoles sorteando como buenamente puedo al resto de viandantes, ciclistas y usuarios de monopatines eléctricos (herramienta diabólica esta) como si estuviera esquiando en slalom por una pendiente plagada de árboles y rocas, cada vez que me encuentro en esas situaciones, más ganas me entran de hacer mutis por el foro y emigrar con los míos a un lugar más saludable y menos asfixiante. Cada vez que voy a comprar aceite o a echar gasolina y siento como un latigazo en el alma cada euro del que me tengo que desprender para poder pagarlos, cada vez que leo en el periódico las últimas ruindades cometidas por el ser humano a lo largo y ancho del planeta, cada vez que solicito una cita para una ecografía abdominal y me la dan para julio del año que viene, cada vez que me suceden estas cosas, me acometen unas ganas irreprimibles de gritar.

Quizá todo esto me pasa porque me voy haciendo más viejo y seguramente también más intolerante y cascarrabias. Tal vez me estoy quedando ya atrás en el devenir de los tiempos. No lo descarto, ya que de vez en cuando mi idolatrada esposa, en cuya opinión deposito gran confianza, me ha llamado la atención un par de veces en las últimas semanas por algunas reacciones malhumoradas que he protagonizado frente a esta clase de escenas que antes entendía como cotidianas y normales y que ahora provocan que se me lleven los demonios. Pero no creo que sea sólo eso, ya que en general observo a todo el mundo, incluida ella, más crispados, más hoscos, más acelerados. Tal vez he entrado en esa fase en la que uno cambia lo de "el futuro es nuestro" por ese otro dicho de "cualquier tiempo pasado fue mejor". O a lo mejor es que objetivamente fue en realidad mejor y esto cada día se parece más a la Rue 13 del Percebe. Un dislate, un disparate que nadie puede contener y que se acelera por momentos. La vorágine que se ha adueñado de nuestras vidas es el monstruo que se escondía en el armario y al que tanto temíamos cuando éramos niños.



Si por mí fuera, empacaría cuatro cosas en una maleta, vendería lo poco que poseo e iniciaría una nueva vida lejos de los tumultos, las carreras y el estruendo de esta vida moderna que nos está engullendo poco a poco. Aunque me seduce la idea de trasladarme allí, no poseo aptitudes para vivir del campo. No necesito probarlo para saberlo. Despierta en mí una sana envidia, amén de un gozo infinito por ella, mi amiga Uge, de la que hablé en su momento, cuando cuelga alguna imagen suya, junto a su actual pareja y sus hijos, rodeados de sus cerdos y sus gallinas, disfrutando de una vida bucólica en un solitario rincón de Extremadura, una vida completamente opuesta a la que llevaba aquí en la ciudad. Pero creo que el campo no está hecho para mí. O sería más exacto decir que yo no estoy hecho para él. Y sin embargo, lo que me pide el cuerpo es acercarme un poco más al medio rural. Una ciudad pequeña, menos desbordada de gente a la carrera y de urgencias inaplazables, con un clima más suave en los meses de calor, donde se pueda pasear y respirar un aire algo más limpio que el que respiramos aquí; un lugar donde uno pueda ir a su trabajo andando y se pueda confiar algo más en el prójimo. Un lugar, puestos a pedir, donde se pueda oler el mar en lontananza.

Pero, a pesar de encontrarme en este momento de mi vida en una situación que podría considerarse idónea para acometer un proyecto de estas características al encontrarme desempleado desde hace ya meses, ¿qué derecho tengo yo a apartar a los míos de sus respectivas vidas en este entorno que a mí se me ha hecho bola pero que a ellos parece complacerles? ¿Quién me creo para alejar a mi mujer de las reuniones con sus amigas, para alejarla de un trabajo en el que se siente realizada, de tener a mano todo lo que ella puede necesitar para engordar aún más la felicidad que los chicos y yo le aportamos? ¿Quién para obligar a mis hijos a abandonar todo lo que ya han empezado a construir aquí: novias, amigos, el baloncesto, sus estudios o sus proyectos laborales? ¿Qué me da derecho a privar a mis padres, en estos últimos años de su vida, de la oportunidad de poder seguir teniendo cerca al menos a uno de sus hijos, a su nuera y a sus nietos? Por todos ellos no me importa postergar mis deseos y mi necesidad de cambiar de aires hasta que lleguen tiempos más favorables. Esperaré a que el viento sople de cara para ver si puedo alejarme de este hormiguero en el que me encuentro atorado y que me hastía hasta límites que aún son tolerables, pero que intuyo lo serán un poco menos a medida que el tiempo vaya pasando.


Al fin y al cabo, aunque cada vez me resulte más complicado llegar a ellos, aún hay lugares donde puedo esconderme, al menos durante un rato, de todo lo que hoy tanto me fastidia. Lugares donde puedo conversar conmigo mismo sin que me importune el estruendo de la vida moderna. Lugares, sin ir más lejos, como este blog.

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