Sabía que fácil no iba a ser, pero no podía imaginar que me fuera a costar tanto. Que iba a detenerme y a recular tantas veces por el camino. Que llegaría a ser tan exigente conmigo mismo y con lo que de mi pluma sale. Pero no cabe duda de que lo estoy siendo. Cuantos más tropiezos, sin embargo, más me atrae la tarea y más cerca me siento de tocar la tecla adecuada. Por eso sigo intentándolo. Una y otra vez. Todas las que hagan falta. Estoy aprendiendo en el proceso a valorar cada vez con mayor justicia a quienes sí son capaces de, a partir de una idea previa apenas bosquejada, elaborar una historia que cautive a los lectores, crear unos personajes con los que uno pueda identificarse, desarrollar las distintas escenas que harán creíble la narración de unos hechos ficticios y construir unos diálogos lo suficientemente inteligentes como para que los protagonistas den a conocer sus sentimientos y la motivación de sus actos de una manera resuelta e inequívoca. Y todo ello hilvanado de tal manera que al final dejen en quienes les leemos una huella lo suficientemente profunda como para que deseemos leer más de lo que son capaces de crear. En consecuencia, también leo ahora de otra manera. Tanto como antes, por supuesto, pero más despacio, saboreando y no engullendo, descubriendo los trucos que los profesionales de la escritura esconden bajo la manga y emplean con maestría en el momento más oportuno.
Nada tiene que ver escribir una entrada para este blog, una crónica de un encuentro deportivo o incluso un relato corto con montar todo el andamiaje que sostiene a una novela. Eso ya lo sabía cuando me planteé el reto. Era una certeza, no una intuición. Encontrar mi propia voz narrativa no me está resultando tan difícil. Sé cómo quiero escribir y de lo que quiero hablar, y de hecho estoy muy satisfecho con mis avances en esa dirección, pero en lo referente al relato, todo se me desmorona cuando alcanzo puntos cruciales de la trama. Como un castillo hecho de cartulina bajo un aguacero. ¿Hacia dónde voy ahora? Porque si tiro hacia la izquierda, entro en contradicción con lo que dije veinte páginas más atrás. ¿Hacia la derecha? Tampoco porque en ningún caso mi protagonista se comportaría de esa manera. Y aunque no descarto en ningún caso lo escrito hasta llegar a ese cruce de caminos y sigo dándole vueltas aún durante unos días, finalmente queda aparcado porque una nueva idea me viene a la cabeza y no puedo ya librarme de ella hasta que la plasmo en el papel. Y ya estoy liado de nuevo. Vuelta a empezar.
Cientos de páginas, no exagero. Desde que me propuse seriamente escribir una novela, ese es mi bagaje, del que, insisto una vez más, estoy sumamente orgulloso. El problema es que corresponden a nueve posibles historias distintas que mi mente ha engendrado y que se han quedado estancadas en diferentes etapas del proceso. La más extensa de ellas ocupa noventa y siete hojas y la más breve no llega a las veinte. Entre medias, un puñado de narraciones y una legión de personajes que no terminan de desarrollar todo su potencial. Algunas ya con título provisional, otras a la espera de que la bombilla se ilumine. La mayoría orbitan alrededor de las personas, describen sus maneras de enfrentarse a la vida y de relacionarse con sus semejantes. Muchas construidas a partir de pequeños retazos autobiográficos; las menos, fruto de la imaginación. Está en todas ellas muy presente un tema hacia el que inevitablemente termino dirigiéndome: el peso de la memoria, cómo lo vivido en el pasado nos va convirtiendo en lo que hoy somos y cómo nos hace comportarnos ante situaciones extremas en el presente de una determinada manera. Nada nuevo bajo el sol, pero desde mi propia perspectiva y experiencia. Y cuidando mucho el estilo narrativo y el ritmo.
Y aunque es el primer consejo que recibe quien quiera escribir una novela, no puedo resistirme a pensar si gustará a quien lo lea. Me peleo con esa cuestión con cierta frecuencia, aunque sé que no es a los demás, sino a mí, a quien debe satisfacer cada frase que escribo. Y sin embargo, ahí está, rondándome. Supongo que al final lograré ignorarla y que, cuando lo consiga, todo fluirá de una manera más natural.
Como ocurre en cualquier profesión, existe también en la escritura una curva de aprendizaje que nunca termina, ya que uno continúa enfrentándose cada día a nuevos obstáculos y retos que no había previsto previamente. Yo todavía me encuentro, en lo referente a la escritura, en un punto muy bajo de la curva, pero no tengo prisa y me enorgullece decir que cada paso que doy requiere menos esfuerzo que el anterior, que la cuesta cada día me parece menos empinada y que llegará un momento en que vislumbraré a lo lejos la cima. Estoy seguro de ello.
Mientras tanto, seguiré disfrutando de cada cosa nueva que aprendo de esta afición y de mí mismo mientras escribo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario