Hay quien afirma que toda esta historia empezó con Luka Doncic, que él fue el primero de muchos, aunque yo estoy convencido de que todo esto se inició mucho antes, cuando las fronteras entre países y continentes se abrieron al libre mercado. También aseguran que fue Alberto Angulo, coordinador de la cantera de baloncesto del Real Madrid, con aquella incorporación procedente de Eslovenia al equipo infantil del club blanco, quien abrió las puertas de nuestro baloncesto base a las decenas de serbios, letones, senegaleses, nigerianos, rumanos y demás "chavales" de lejanos países que poco a poco han ido invadiendo nuestras canchas. No me atrevería yo a calificarle de precursor de este desatino, o al menos no sé hasta qué punto se le podría responsabilizar de lo que luego ha ido ocurriendo en nuestro baloncesto. Dicen también que no hay nada que se pueda hacer para detener este fenómeno y, de hecho, por lo que yo observo cada fin de semana en los distintos pabellones de Madrid, el asunto está más que asumido por jugadores, padres, entrenadores, árbitros y por todos los estamentos deportivos de la Comunidad y del propio Gobierno. Unos atribuyen la negligencia a la hora de poner freno a este hecho - o al menos a minimizar su impacto - a la Federación de Baloncesto de Madrid, otros a la Española y otros al Consejo Superior de Deportes. En cualquier caso, el daño (no puedo llamarlo de otra manera) ya está hecho. Y no seré yo quien proponga una solución, ya que intuyo que el entramado legal y los intereses económicos sobre los que se sostiene todo este sistema son demasiado complejos para alguien como yo, que no tengo conocimiento de primera mano sobre ello sino que me baso en lo que leo y lo que escucho. Pero como siempre - y en eso los españolitos de a pie hemos cursado varios máster - me queda el derecho al pataleo.
Entrecomillaba lo de "chavales" porque observando los rasgos físicos de algunos de estos jugadores, especialmente los procedentes de África, uno alberga serias dudas de que tengan la edad que en sus papeles figura. Creo que no supone motivo alguno de discusión a estas alturas del siglo XXI que los hombres de raza negra, por razones principalmente genéticas, suelen desarrollarse más y mucho más rápido que los miembros del resto de etnias. No es extraño por lo tanto que en la NBA, la competición de baloncesto más exigente del mundo, haya muchos más jugadores de color que blancos. Pero, a pesar de todo eso, un niño de trece o catorce años sigue siendo un niño en Madrid, Tokio o Nairobi y hay poco margen para las equivocaciones, aunque el individuo mida más de dos metros y calce un cincuenta. Por no hablar de su actitud sobre el parqué o incluso, si les observas con atención, fuera de la cancha. Durante estos años he visto jugar en categorías cadete, infantil o incluso pre infantil a chicos que difícilmente podían tener menos de diecinueve años. Por el tono muscular, por los rasgos faciales, por los bigotes que lucen, más propios de treintañeros que de púberes en pleno crecimiento, y también por la forma de moverse y actuar en la cancha. También he visto, por el contrario, a otros de rasgos indudablemente infantiles, más largos que un día sin pan, eso sí, pero con la inocencia y el susto todavía bailando un zapateado en sus miradas. Pero lo cierto es que el sistema es un coladero, algo de lo que muchos se aprovechan para su beneficio personal o corporativo. Han proliferado los ojeadores que se recorren el continente africano, incluso los poblados más recónditos, a la búsqueda de la gallina de los huevos de oro que poder vender al mejor postor en Europa. En algunos casos los chavales no saben ni qué edad tienen en realidad, pero no debe resultar difícil, por lo que aquí calificaríamos simplemente como una "propinilla", que algún funcionario firme un documento oficial que certifique que el niño tiene catorce años cuando en realidad ya tiene dieciocho. Y cuando llega a Europa, el país receptor debe asumir que lo que se indica en los documentos es cierto. Algunos clubes de cantera, por supuesto, también se aprovechan de ello, dado que esos jugadores no sólo les ayudan a subir un nivel en lo deportivo, sino que además, si realmente hay buenos mimbres y se hace un buen trabajo con el jugador, pueden incluso obtener un beneficio económico considerable si logran colocárselo a un equipo profesional europeo. Y se benefician también las Federaciones, al menos la de Madrid, cuyo reglamento al respecto es sorprendentemente laxo y prácticamente les autoriza a convocar al recién llegado para defender los colores de la Comunidad sin apenas haber pisado el avión el aeropuerto de Barajas.
El caso de los jugadores balcánicos es diferente, dado que suele haber pocas dudas sobre posibles fraudes relacionados con la fecha de nacimiento y tampoco suelen poseer unas cualidades físicas superiores a las de un Pepe o un Manolo. Si atraen a los clubes por alguna razón es porque, debido a la cultura baloncestística que existe en esa zona del planeta, se trata de jugadores dotados de una técnica exquisita para este deporte y por ello son también un caramelo para quienes han adoptado esta filosofía globalizadora, con la que a quien más se perjudica, por mucho que me quieran vender algunos lo contrario, es a los niños madrileños que disfrutan con el baloncesto y sueñan con llegar a dedicarse profesionalmente a ello. Se me ocurre un ejemplo muy representativo de lo que pretendo explicar. Hace unos cinco o seis años la Federación de Baloncesto de Madrid, en plena polémica por este asunto, tuvo el cuajo de presentar al Campeonato de España de Comunidades Autónomas de categoría cadete una selección en la que tan sólo había tres jugadores nacidos en España. El resto eran todos foráneos, algunos sin llevar ni siquiera en nuestro país tres meses. Creo que nunca me he alegrado tanto de que Cataluña, con doce jugadores de su propia cantera, ganase aquel torneo. Chicos madrileños que llevaban dos o tres años trabajando para ese evento se tuvieron que quedar en sus casas para hacer hueco a otros que, en opinión de la Federación, eran más madrileños que ellos.
Tanto ha crecido el asunto que han nacido nuevos clubes que se hacen llamar Academies o que se han reconvertido y han decidido seguir esta filosofía de anteponer la victoria a la formación. Entre los primeros cabe destacar SBA (Spanish Basketball Academy), plagado de balcanicos, o incluso el recién creado Pablo Laso Academy (también se me ha caído ese mito). Entre los segundos, destacan Torrelodones y Torrejón, que suelen presentar en sus rosters un par de "chavales" de dudosa legalidad. El colmo de este despropósito, si hacemos caso a los insistentes rumores que circularon al respecto, se produjo hace también unos cuatro años en Alcalá, cuando el padre adinerado de uno de los jugadores, decidió que su hijo tenia que ir a un Campeonato de España de Clubes y se trajo, pagándolo de su bolsillo y garantizando a la criatura alojamiento, manutención y estudios, un africano absolutamente dominador para intentar conseguirlo. No lo consiguió. Otro ejemplo: un chico de San Agustín de Guadalix, que hoy juega en el primer equipo de Fuenlabrada y que coincidió en Infantil con Sergio en el Real Madrid en categoría Infantil nos confesó hace un par de años, cuando él militaba en Zentro Basket y nos enfrentábamos a ellos, que menos mal que se manejaba bien con el inglés, ya que si no fuera por eso ni se enteraría de lo que se hablaba en los entrenamientos.
No se escapan los grandes clubes de la cantera madrileña de este circo. Real Madrid (por supuesto), Estudiantes o Fuenlabrada han entrado también en este juego, aunque en el caso de los dos últimos, imagino que por problemas presupuestarios, parece que han aflojado o incluso han desistido de seguir por ese camino, y vuelven a trabajar, casi totalmente, sólo con chicos españoles. Han sido muchos, no obstante, los clubes que se han resistido durante estos años a esta marea, pero la gran mayoría se ven forzados a competir en Plata y Bronce (Segunda y Tercera División) y los que resisten en Oro, con una filosofía similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol, se pueden contar casi con los dedos de una mano (Canoe, Alcorcón Basket, Alcobendas, Las Rozas o Tres Cantos). Tienen mucho mérito, en esta realidad, esos clubes que, sea en Oro o en Bronce, siguen comprometiéndose con los chavales madrileños y que, incluso los que tienen presupuesto para ello, se nieguen a entrar en esta dinámica y mantengan su compromiso de seguir formando y enseñando a nuestros hijos.
Nos lamentamos luego de que en la ACB, la liga profesional de baloncesto en España, siete de cada diez jugadores sean extranjeros. O de que en el Real Madrid-Barcelona de este pasado fin de semana sólo hubiera, entre los veinticuatro jugadores convocados, ocho españoles y de que tan sólo uno fuera titular. Nos parece sorprendente que tipos con tanto talento y futuro como Juan Núñez tengan que emigrar a Alemania para poder jugar. Nos escandaliza que promesas como Aday Mara, Baba Miller o Izan Almansa opten por abandonar España y probar suerte en los Estados Unidos. ¿Qué esperábamos? Como ocurre en casi todos los ámbitos, sólo reconocemos el talento cuando se aleja de nosotros y amenaza con convertirse en propiedad de otros.
Hay quienes sostienen que esto es positivo para nuestro baloncesto. Que los que lleguen a la Selección Española Absoluta, lo harán más preparados física y mentalmente. Que eso nos permitirá competir a un nivel más alto en los grandes eventos baloncestísticos del planeta. Que la gloria nos espera a la vuelta de la esquina. Está por verse. A nivel nacional salimos ahora de una etapa repleta de grandes éxitos, cosechados precisamente por una generación de jugadores que disfrutaron de la oportunidad de formarse arropados por el sistema tradicional de formación y de competición, donde los recursos humanos y económicos invertidos por el Ministerio y por las Federaciones correspondientes se destinaban exclusivamente a su desarrollo deportivo y humano. El efecto que todo esto tendrá en nuestro baloncesto está aún por determinarse. Por el momento, y durante los pocos o muchos años que me queden de poder disfrutar de mis hijos en una cancha de baloncesto, seguiré admirando la valentía con la que se plantan sobre el parqué frente a tipos que pesan veinte kilos más que ellos y que les sacan tres cabezas. Y lo haré mordiéndome las uñas, desviando la mirada cuando tengan un encontronazo con cualquiera de ellos durante un lance del juego, temiendo que en el topetazo salgan mal parados. Y seguiré bromeando con ellos sobre la posibilidad de que los hijos de ese jugador, al que han tenido que defender hoy y que supuestamente tiene su misma edad, estaban en la grada jaleando a su padre.



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