No he sido nunca de mucho dormir. Mi temprana afición a la lectura transformó en algo más que hábito, desde niño, el resistirme al sueño con un libro entre las manos hasta que se me cerraban los ojos por el cansancio o hasta que mis padres me hacían apagar la luz, circunstancia esta última que se producía con poca frecuencia, dado que ellos eran también consumados lectores y nos alentaban a mis hermanos y a mí a ampliar nuestros horizontes a través de la literatura. Sospecho que por esa razón no consideraban excesivamente perjudicial para mi salud que yo apurase hasta el último segundo (y un poco más) la hora de rendirme a las seductoras artes de Morfeo. Es más, creo que se sentían orgullosos de mi adicción. Recuerdo que uno de los regalos que más ilusión me produjo en mi infancia fue un artilugio consistente en una especie de varilla flexible que portaba en uno de sus extremos una bombilla diminuta y en el otro unas pinzas que se enganchaban a las páginas del libro que estuviera devorando en aquellas noches en que todos me creían ya dormido. Y algo similar ocurría al amanecer. Si eran las siete de la mañana de un domingo, cuando un silencio sepulcral anegaba la casa y el día estaba aún por estrenar, y a mí me despertaban las ganas de orinar, no era yo de los que, tras descargar la vejiga, se arropara de nuevo e intentara regresar al algodonoso mundo de los sueños. Yo encendía mi pequeña luz portátil y me ponía a leer, completamente abstraído, hasta que escuchaba a mis hermanos colarse en la habitación de mis padres y obligarles a retomar los juegos y las risas interrumpidos el día anterior, actividad a la que yo habitualmente me unía de manera inmediata y animosa. No es de extrañar, teniendo todo esto en cuenta, que ya desde mis años de instituto, comenzara a encontrar en la siesta frente al televisor el merecido reposo del guerrero.
Durante once años de mi vida adulta, esos en los que atravesaba Madrid cada mañana desde mi casa en Móstoles hasta mi trabajo en Tres Cantos para iniciar mi jornada laboral a las ocho de la mañana, tuve que renunciar entre semana a mis costumbres noctámbulas dado que el despertador sonaba antes de las seis de la mañana y la siesta era un oasis en el que tan sólo podía solazarme los sábados, fiestas de guardar y vacaciones, pero compensaba aquella alteración de mis rutinas lectoras con una de las experiencias más absorbentes que he experimentado en mi vida: dadme un libro a las seis y media de la mañana, metedme en un vagón de Cercanías y programarme un recorrido de hora y media. Me convertiréis en un hombre feliz. Y además no me oiréis hacer un triste ruido durante todo el trayecto.
He pasado los últimos dos años, a cuenta de la enfermedad padecida, durmiendo por las noches aún menos de lo que acostumbro, y no sólo la lectura me ha acompañado en las horas de insomnio más oscuras y solitarias, sino que también lo han hecho la escritura, las plataformas de streaming y los videojuegos. La siesta se ha terminado consolidando en mi día a día, ya no como un lujo, sino como un medicamento de rescate sin el que me resultaría difícil sobrevivir. Para dar descanso a mi mente, con cuyos desvaríos he tenido que combatir con toda la entereza que he sido capaz de reunir - a veces a todas luces insuficiente -, y a la zona afectada por el herpes, que me exigía adoptar irremediablemente la horizontal durante las sobremesas a fin de que todas mis terminaciones nerviosas pudieran estirarse y poder seguir rindiendo durante las tardes. Durante todo este tiempo he intentado en distintas fases eliminar de mi rutina ese reparador sueñecito tan español por si fuera el culpable de mis desvelos nocturnos. Puedo asegurar que en absoluto. Que los días sin siesta no dormía por la noche ni más ni menos que antes. Así que terminé claudicando y permitiendo a mi cerebro que se ralentizara cuando mejor le pareciera. Y en los dos últimos meses, en que los dolores comenzaron a reducirse, me adapté a una nueva dinámica. El sueño nocturno, a causa de algunas punzadas de dolor esporádicas que persisten y de las acuciantes ganas de orinar que con bastante frecuencia me provoca una medicación que me veo obligado a tomar para regular mis niveles de azúcar, seriamente alterados por la inactividad forzosa de estos meses, se ha convertido en un conjunto de microsiestas que suelo alargar hasta las nueve de la mañana aproximadamente. Y sin por ello permitirme perdonar la cabezada de después de comer, por supuesto.
Pero ahora que por fin he comenzado a trabajar de nuevo, ando amaestrando a mi cuerpo para que se adapte cuanto antes al brusco y forzoso amanecer del despertador y a la ausencia de siestas. Estos primeros días me está costando que los párpados se separen y que mi cerebro emplee menos tiempo en activarse, ya que las noches aún siguen siendo duras. También contener los bostezos tras las comidas. Intuyo que me resultará aún más complejo cuando se acabe este período de teleformación y deba cumplir mi jornada de manera presencial.
Pero la realidad es que, aunque a mi cuerpo y a mi mente no les esté resultando sencillo este nuevo cambio de ritmo, estos madrugones, después de la pesadilla que ha controlado mi vida durante casi dos años, no pesan nada. Sentirte útil, levantarte de la cama con un objetivo y poder respirar aliviado al comprobar que la merma en la cuenta bancaria es cada vez menos dolorosa lo compensa todo.
Así que, aunque todavía a trompicones, ya estoy de vuelta.
Enhorabuena por duplicado sobri-ahijado: por escribir tan bien y por reincorporarte a la “dura” vida laboral. Aunque al cuerpo le cueste, al bolsillo le compensa. 😘
ResponderEliminarGracias, tía-madrina. En este momento la vida laboral me parece todo menos dura, jajaja. Besos.
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