No puedo evitar que me haga gracia, aunque de mí tal vez se espere que me moleste o me enoje con ellos cuando se les tuerce el gesto caprichosamente, sin que medie, analizado desde una perspectiva neutral, ninguna razón que explique su descontento. Quizá habrá quien me exija que les debería hacer entender que esa actitud no sólo les sienta peor que un traje de faralaes, sino que además nada positivo conseguirán forzándola. Porque no es más que una pose adolescente. Una rebeldía más hacia sí mismos que hacia sus mayores de la que un rato después, con la sangre latiendo de nuevo en sus sienes a un ritmo más acompasado y las ideas ocupando el lugar que les corresponde, se avergonzarán porque dará fe ante sus propias entendederas de que aún no son lo que pretenden ser antes de tiempo. En serio. Ojala no me hiciera gracia, pero por lo general me la hace. Seguramente porque yo estuve ahí y también yo, con más frecuencia de la que me gustaría, me calzaba comp si fuera una máscara esa mueca de rechazo y cabezonería. No me cuesta verme reflejado en ellos en momentos así. Y eso me provoca una ternura algodonosa y una afilada nostalgia.
Y es que ser adolescente, intentar comprender los cambios que sufren nuestros cuerpos al mismo tiempo que nos esforzamos por entender todo lo que nos rodea sin que se nos note ese asombro infantil que hasta hace dos días permitíamos que brotara de manera natural, ser adolescente, decía, es uno de los trabajos más extenuantes que desempeñaremos a lo largo de nuestras vidas. Las incertidumbres, entre las que uno a veces siente que podría naufragar, nos golpean sin piedad en esa etapa: el peso de la responsabilidad por conseguir que el esfuerzo de nuestros padres no resulte baldío, el miedo a un futuro nebuloso en el que no estamos seguros de que vayamos a encajar, la vergüenza y la nerviosa expectación a la hora de exponernos en el sexo y la ilusión por encontrar el amor... tanto y todo a la vez. Por eso uno les tolera a los que ocuparán nuestro lugar los exabruptos inoportunos y las chulerías desaforadas, las miradas insolentes y el verbo hiriente o pronunciado con intención lesiva, los desplantes y las salidas de tono. Porque, al fin y al cabo, yo -quiero creer que no hace tanto- también era uno de ellos y que, como les ocurre a ellos, a veces el miedo me invadía y no era siempre dueño del daño que hacía y a quién se lo infringía.
Lo cierto es que yo nunca había escuchado la expresión de marras, pero me pareció tan ilustrativa cuando se la escuché el otro día a una compañera del trabajo que sonreí para mis adentros y me propuse hacerla mía. La empleó con naturalidad al hacer referencia a la actitud que su hijo adoptaba de tarde en tarde. Y es que es verdad: ante ciertos contratiempos u opiniones paternas se enroscan - y se enrocan - en sí mismos, se hacen una bola y empiezan a brotarles amenazantes púas. Se convierten en erizos. Y lo mejor, creo yo, tal y como haría si me encontrase con uno en la calle, es no tocarlos, darles espacio para que se relajen, concederles el tiempo necesario para recuperar su forma natural. A veces uno no puede evitarlo, claro, y aunque sabe que no es buena idea, fuerza al animalito y se pincha. Y duele. Y puede hasta sangrar.
Tengo la suerte de que, en mi caso, el mayor superó esa etapa y al pequeño no parece haberle durado demasiado. Pero algún rasguño nos hemos llevado por el camino. Son leves y los olvidan ellos antes que nosotros, los padres. Os garantizo, a los que sufrís las incomodidades de estas criaturas domésticas, que termina pasando. Que acaban confiando de nuevo en vosotros como lo hacían cuando no levantaban un metro del suelo. Pero, por si las moscas y hasta que ese momento llegue, tened siempre a mano una caja de tiritas. Nunca está de más.
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