Me invade una rabia inmensa cuando me paro a pensar en ello. Incluso me hace enrojecer esta sensación de no estar cumpliendo con el trato que en su momento hice conmigo mismo. Y lo peor de todo es que todos los días, en algún momento, me veo asaltado por ese incómodo pensamiento. Tampoco me satisface ninguna de las excusas que le presento inútilmente a mi conciencia, buscando una absolución que ni yo mismo me creo. Todas las justificaciones que dibujo en mi mente me parecen nimias e irrelevantes. La certeza de estar engañándome a mí mismo es demasiado intensa y persistente.
El caso es que escribir se ha vuelto cada vez más complicado para mi. O tal vez sería más apropiado decir que encontrar tiempo para escribir se ha transformado en una tóxica utopía. Las veinticuatro horas del día se me quedan definitivamente cortas. Y la realidad es que las ideas continúan fluyendo. Las ganas de plasmarlas sobre el papel son tan apremiantes como lo eran hace tan sólo un par de meses. Pero ya no dispongo ni mucho menos de las horas que antes me sobraban para sentarme frente al ordenador y trabajar con tranquilidad sobre lo que me ronda por la cabeza. Aunque me encuentre feliz por haber retornado a una normalidad que aún se me antoja frágil y por haberme adaptado sin dificultad a mi nuevo puesto de trabajo, siento que algo me falta. Ese ventanuco por el que me escapaba casi a diario para llegar a este poco conocido rincón y entretenerme engarzando palabras como otros lo hacen completando sudokus, pintando cuadros, haciendo volar cometas o simplemente mirando a la gente pasear desde el balcón. Añoro esos lapsos de tiempo en que mi cabeza se ausentaba a otros lugares en los que la única urgencia era ser capaz de poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Pero reconozco que no sólo era lo que tocaba en este momento, sino que deseo fervientemente que esta situación se prolongue tanto tiempo como sea posible.
Puede resultar confuso, pero en la actual coyuntura mi orden de prioridades se ha visto irremediablemente alterado. No sólo mi actividad en el blog se ha reducido hasta adquirir un aspecto casi comatoso. He abandonado otras aficiones y entretenimientos que durante meses me han ayudado a combatir el tedio de la convalecencia. La consola de juegos, en lo que a mí respecta, se ha convertido en otro jarrón del salón al que quitarle el polvo. Hasta hace poco andaba de sol a sol reproduciendo playlists mientras me dedicaba a otros menesteres y ahora la música sólo me hace compañía en momentos muy puntuales de la jornada. He pasado de ser un consumado navegante de Internet y de las redes sociales a contemplar desde lejos el extenso mar cibernético. Visitaba a mis padres cada tres o cuatro días y ahora no es raro que transcurra una semana completa sin verles. Los cursos online en los que me había embarcado a fin de completar mi curriculum avanzan cual tortugas sobre el asfalto y dudo de si llegaré a la meta antes de que expire un plazo que se me antojó a priori generoso cuando me inscribí en ellos. Mis horas se reparten en este nuevo escenario entre la jornada laboral, las tareas domésticas y en compartir todo el tiempo que puedo con Nuria y con los chicos. Porque esa sí que se ha convertido, tras lo vivido, en mi prioridad absoluta. Es el único instante en el que no me pesa que en este blog empiecen a acumularse telarañas: esos ratos charlando con mi hermosa mujer, riendo con mis hijos, o viceversa. Tan sólo la lectura no se ha visto perjudicada por estos cambios en mis ritmos vitales, ya que leo tanto o más que antes. Porque es un hábito que nunca sacrificaré y porque en lo que va de año han pasado por mis manos novelas, que sin ser excepcionales, han colmado mis expectativas y me han resultado francamente entretenidas.
Admito que no puedo comprometerme a mantener el mismo ritmo de publicaciones que durante más de un año sostuve, y es esta una realidad que me fastidia. Por mí el primero, pero también por quienes esperan con ilusión mis escritos y acceden a la página a diario para comprobar si hay algo nuevo, como hacen mis padres. Pero sí puedo garantizar que buscaré huecos en mi apretada agenda para mantener con vida este invento que en un momento de gran vulnerabilidad me mantuvo a flote y al que tanto le debo. Seguiré por aquí. No dudéis en visitarme de vez en cuando. Aunque sea con menor frecuencia, continuaré dando salida a todas esas cosas que se apelotonan en mi cabeza. Palabra de este cronista temporero.


No hay comentarios:
Publicar un comentario