A veces sucede, cuando por fin llega un evento que hemos aguardado con ansia y en el que nos desmelenamos sin medida, que perdemos la perspectiva y, sin nosotros pretenderlo, otros se convierten en daños colaterales de nuestra diversión.
No había padre más orgulloso ni que caminara más ufano por la calle que yo cuando mi primer hijo vino al mundo. Me emocionaba y llenaba de júbilo tener entre mis brazos a aquella criatura sonrosada, sangre de mi sangre, por la que sacrificaba sin ningún empacho horas de ocio y de sueño. Cualquier gesto de la criatura era recibido como un gran hito en la historia de la Humanidad. Si el niño tosía o lloraba, allí estábamos su madre o yo, a su lado para atenderle. Si el niño dormía, nos sentábamos al lado de la cuna para velar su sueño.
El mundo nos parecía perfecto.
Pero un hijo, y esta es una verdad irrebatible, te cambia la vida de manera radical y a mis veintinueve años, a pesar de la dicha incomparable que sentía, empecé a extrañar las cervezas en una terraza de verano o en la barra del bar con mis amigos hasta altas horas de la noche. No era tanto la nostalgia por el efecto que el alcohol producía en mi cuerpo, esa sensación de flotar despreocupado y risueño sobre los demás, como el ver pasar las horas entre risas y anécdotas con mis iguales, haciendo el tonto sin complejos o conversando sobre lo divino y lo humano, sin tener que hacerme cargo de grandes responsabilidades. Pero ahora era padre y realmente me compensaban las sensaciones y las experiencias que al lado de mi mujer y mi hijo iba acumulando en la mochila. No lo sentía como una obligación, sino que me parecía un privilegio. Pero no puedo negar que añoraba un rato de desconexión y fiesta. Transcurrió un año y el amor que por mi pequeña familia sentía no hacía más que acrecentarse, aunque los paseos, los pañales y las papillas comenzaban a hacérseme bola.
Tuvo entonces a bien un amigo nuestro invitarnos a su boda con una chica belga con la que ya llevaba unos años saliendo, y Nuria y yo acordamos que era un buen momento, ya cumplido el primer año de nuestra primorosa paternidad, de darnos un merecido homenaje. Accedimos por lo tanto a asistir al evento, que se celebraba a unos cincuenta kilómetros de donde vivimos. A tal fin, acoplamos aquella noche a nuestra criatura en casa de unos amigos que tienen también una hija de similar edad y que viven relativamente cerca de donde se celebraba el banquete nupcial.
Y allá que nos fuimos. Yo, ansioso por divertirme un rato después de un año de vida casi monástica, y ella, con el lógico miedo de la madre que se separa por vez primera de su cachorro. Me avisó mi previsora esposa, camino del festejo, de que apenas nos quedaba gasolina en el depósito del coche que no hacía demasiado tiempo nos habíamos comprado, aquel Xsara Picasso legendario que llegaría años después a los cuatrocientos mil kilómetros, pero yo, que no quería perderme ni un segundo del bodorrio, la convencí de que a la vuelta, de madrugada o a la mañana siguiente, ya repostaríamos.
Aterricé en el salón de bodas, ante la mirada un tanto preocupada de Nuria y las muecas divertidas y cómplices de algunos compañeros de antiguas farras, como un perro famélico en el cubo de basura de una carnicería. Hablé, bailé y bebí con todos, incluso con la familia de la novia, con quien me entendía gracias a un inglés que durante las primeras cervezas podría calificarse de excelente pero que, a medida que la gradación de las bebidas iba aumentando, fue mutando a su vez en un dialecto difícilmente comprensible para los familiares de la feliz novia.
Tanto bebí que en un momento dado, cuando más desinhibido me sentía y mejor me lo estaba pasando, me desplomé como un fardo sobre el mullido césped de la finca que la pareja había reservado para celebrar al aire libre su enlace matrimonial. Cuando volví a abrir los ojos, todo me daba vueltas, pero comprobé alarmado que hasta el lugar se habían desplazado, para atender mi extraordinaria borrachera, agentes de la Policía, personal sanitario y Protección Civil. Todavía la vergüenza por el número que había representado en aquel acontecimiento no había emergido a la superficie con la suficiente fuerza como para desplazar a esa otra sensación de satisfacción por haber saldado de golpe todas las cuentas que había dejado pendientes durante aquel primer año de paternidad, pero la cara entre asustada y enojada de Nuria, a la que pretendí inicialmente quitar importancia, vaticinaba ya que mi comportamiento estaba siendo absolutamente reprobable y que tendría sus consecuencias.
No recuerdo con suficiente nitidez el viaje de regreso a casa, combatiendo como podía los efectos del alcohol y los vaivenes del coche, pero al día siguiente, sumido en una impresionante resaca, Nuria me aclaró que lo que para mí había sido una noche memorable, había sido para ella un absoluto pandemónium.
Y es que tuvo que modificar el plan que inicialmente habíamos fraguado y, en vez de pasar a recoger a Sergio, que no se merecía ver a su adorado padre en semejante estado de embriaguez, regresó al domicilio familiar para dejarme bien acostado en la cama conyugal y volvió a hacer los kilómetros pertinentes para ahora sí, recuperar a nuestro pequeño que, habiendo descansado como un bendito durante toda la noche, ajeno al circo paterno, conservaba la energía suficiente para mantenerla todo el día en vela, jugueteando, mientras yo dormía la mona.
Pero aún hubo detalles de aquel viaje de regreso a casa que Nuria puso en mi conocimiento una vez que estuve mínimamente espabilado y que me hicieron sonrojarme hasta las raíces del cabello y avergonzarme como si me hubiese presentado desnudo en el evento: que le costó a la mujer hallar un lugar dónde repostar al encontrarse el salón de bodas donde Cristo dio las cuatro voces; que de los nervios no era capaz de atinar con la manguera y que lloró de impotencia intentando llenar el depósito; que todo esto lo hizo teniendo que soportar a un amigo nuestro que se ofreció, solícito, a regresar al barrio con ella y que, bien por lo que también él había bebido o porque un lado oculto de su personalidad decidió salir a la luz en medio de aquel caos, resultó ser un baboso que más que ayudarla, hizo que su inquietud se incrementase; y que, a causa del balanceo del coche, yo vomitase hasta las tripas en su interior, salvándose la tapicería nueva del estropicio porque tuvo ella la sangre fría, con la torpe ayuda del amigo pesado, de colocar bajo el chorro desbocado y apestoso la americana que para el evento me había puesto aquella noche.
La vergüenza todavía me dura a día de hoy, veinte años después, y aunque hemos convertido el episodio en una anécdota jocosa con la que amenizar las veladas familiares y con amigos, mucho más moderadas desde aquel capítulo, yo no me he vuelto a confundir de semejante forma. Me quedó muy claro tras aquello que disfrutar de una noche memorable puede constituir para tu ser más querido todo lo contrario: una experiencia de lo más traumática.
Así que ya sabéis, niños: cuando seáis padres, no dejéis de salir por esa circunstancia. Tirad de los abuelos o tíos para que se ocupen del bebé mientras vosotros respiráis. Y si os invitan a una boda, por favor, aseguraros de que el depósito del coche esté lleno antes de llegar al salón de bodas.



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