domingo, 31 de marzo de 2024

Me han suspendido

"El muy cabrón al final me ha suspendido". Si disfrutáis de la bendición de tener hijos de la edad de los míos - o incluso más pequeños -, es posible que hayáis escuchado esta frase alguna vez. Bueno, sólo si a los vuestros les ocurre como a los míos, que ni han demostrado hasta la fecha poseer, en lo referente a los estudios, la perseverancia necesaria para ir superando las distintas etapas educativas con holgura, ni muestran, a pesar de nuestros esfuerzos por corregir tamaña carencia, el debido respeto a la figura del maestro en particular y a la comunidad educativa en general. No pretendo con esto afirmar que a todos los estudiantes de este siglo XXI les suceda lo mismo que a ellos, ni pretendo tampoco argumentar que en nuestra época no pronunciáramos de vez en cuando semejante incongruencia o que no aplicásemos calificativos tan poco amables a aquellos de quienes dependía nuestra educación más allá de la que en nuestros hogares se impartía. Pero nadie puede negar que las cosas han cambiado muchísimo con el paso de los años en España en lo que al sistema y método educativo públicos se refiere. Y en la percepción que de ellos tenemos. Porque, para empezar, en mi época se te podía escapar un exabrupto contra un profesor en el ámbito familiar, pero rara vez nos acogíamos a la arbitrariedad del educador a la hora de evaluar nuestras aptitudes como excusa frente a nuestros padres para justificar un rendimiento escolar deficiente. Que tal circunstancia podía producirse, no me cabe duda, pero ni siquiera nos lo planteábamos. Al menos yo. Porque, en honor a la verdad, el profesor no aprueba o suspende a un alumno, lo evalúa. Y si no alcanzábamos unos mínimos, pues chico, a recuperar. Lo teníamos bastante más claro que ahora. No recuerdo haber pensado nunca, ante un suspenso o una calificación baja, que el maestro estuviera siendo injusto conmigo, sino que yo no me había esforzado lo suficiente, no me había organizado adecuadamente para preparar un examen o simplemente no había solicitado la ayuda necesaria para entender un tema o una asignatura que me estuviera costando más de lo habitual. Pero ahora todo es diferente.


Aunque no me gustaba estudiar, cuando preparaba la evaluación, lo hacía, salvo en casos muy excepcionales, con el propósito de alcanzar la calificación más alta posible de acuerdo a mi capacidad. Muchos de los alumnos que hoy cohabitan en nuestras aulas no tienen esa mentalidad: estudian para obtener un cinco raspado. Y si me apuras, confían en la benevolencia de sus profesores para transformar un cuatro y medio en un aprobado justito. Y lo peor es que las distintas leyes que han ido lastrando nuestro sistema educativo durante las últimas tres décadas alientan y fomentan que estas situaciones se hayan vuelto recurrentes y, al mismo tiempo, corrientes. 

Pero, ¿quién tiene la culpa de que se haya ido devaluando tanto la educación pública durante estos años? Porque dudo que haya ningún estamento que pueda mantener que el sistema actual es mejor que los anteriores. Y si alguno lo hace, que eche mano de los estudios que nos sitúan en este ámbito en el vagón de cola de la Comunidad Europea. Parece legítimo pensar que la responsabilidad debe achacarse en gran medida a nuestros políticos, que en su afán por conseguir portadas, ridiculizar a sus antagonistas y obtener votos y el favor de las empresas privadas con intereses en el sector educativo, han ido derogando leyes y aprobando otras que han ido transformando a los otrora reverenciados maestros en profesionales ninguneados y desilusionados, hasta el punto de que muchos de ellos ya no se preparan para esta profesión por vocación, sino por otros dos motivos mucho menos trascendentales: julio y agosto. A lo suyo los políticos, con los profesores vendidos, ¿habría que achacar responsabilidad también a los padres? No dudo que habrá quien tendrá una opinión diferente a la mía, pero también muchos que pensarán, como lo hago yo, que no hemos estado a la altura de la situación. Tengo la sensación de que, a la vista del panorama, muchos padres que no hemos tenido medios para apartar a nuestros hijos de este caos existente en la educación pública, nos hemos ido resignando a que nuestros hijos consideren el estudio en muchos casos como una pérdida obligatoria de tiempo y hemos intentado ante todo que su autoestima no se resintiese en exceso de cara a un futuro laboral y vital incierto.

Estos últimos días he leído algunas noticias que apuntalan mi creencia de que el sistema de educación pública es ahora mismo un moribundo incurable. Y ahí van unos ejemplos:

- Desigualdad ortográfica en Selectividad: los alumnos suspenden con 5 faltas en Extremadura y sacan notable con 30 en Baleares (artículo del 24 de marzo en el diario El Mundo)

- "Tengo que ir, pero no me gusta el instituto": los estudiantes que no quieren estar en clase (artículo del 28 de marzo en el diario El País).

- El nivel de inglés de los jóvenes españoles entre los 18 y 20 años está decreciendo debido al sistema educativo (artículo del 25 de marzo en la agencia de noticias Europa Press).

- España se mantiene como el país europeo con más graduados en trabajos poco cualificados: el 36% realiza tareas por debajo de su nivel (artículo del 21 de marzo en el diario 20 minutos).

- Un alumno pobre con el mismo nivel en matemáticas y ciencias que otro rico repite curso cuatro veces más (artículo del 12 de diciembre en el diario El País).

Y suma y sigue. Este es el escenario. Cada vez es mayor el número de alumnos que, frustrados y desmotivados,  renuncian al Bachillerato y a la Selectividad y optan por completar su formación con Grados medios. Y no es esta una opción que deba menospreciarse porque es obvio que llegar a la Universidad desde la educación pública se antoja ahora mismo una labor titánica. Incluso el más aplicado de los estudiantes nota un cambio brutal al finalizar la ESO y comenzar el Bachillerato, tan salvaje que muchos, tras intentarlo durante un año, se rinden y se lanzan a esos Grados medios (o superiores si han logrado aprobar el Bachillerato) que puedan abrirles la puerta al mercado laboral.


Y es que, tal y como lleva ocurriendo desde hace años con la salud pública, la educación pública, en las actuales condiciones, se encuentra, por desgracia, en vías de extinción. No será el próximo año, ni el siguiente. Pero, salvo que alguien lo remedie, mucho me temo que en un par de décadas o bien habrá desaparecido en este país o será una alternativa absolutamente devaluada de la que tan sólo hará uso la población con un poder adquisitivo menor.

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