He llegado a la conclusión, tras estos cuatro meses dedicado al sector de los seguros del hogar, de que soy un hombre afortunado. O que soy más inocente que el día del Padre, vete tú a saber, que no se debe olvidar que ha sido siempre el nuestro el país de la picaresca por antonomasia y uno ya no sabe, cuando alguien te cuenta que, de manera accidental, se le ha resbalado la olla cocinando, ha golpeado el cristal de la vitrocerámica y lo ha roto o lo ha astillado, si están achacando al infortunio lo que en realidad responde a una acción intencionadamente deliberada. Cinco o seis veces al día me cuentan la misma historia. Y yo soy uno entre los miles de teleoperadores que atienden a diario a asegurados que comunican siniestros de esta índole en sus hogares. Así que a uno le cuesta creer que haya tanto torpe en este país, sinceramente. Pero si me hago el tonto y parto de la base de que la mayoría de mis interlocutores dicen la verdad, acabo pensando que tengo suerte por el bajo índice de siniestralidad que registra mi casa.
El mencionado es un ejemplo exagerado, dado que, más allá de la hipotética astucia que pueda uno atribuirle a los asegurados, cierto es en realidad que el volumen de siniestros en el hogar que se producen a diario es desmesurado. El agua es el principal protagonista de muchas de las pequeñas historias que recibo en mi puesto de trabajo. Desde condensaciones que generan moho en los marcos de las ventanas y que rara vez cubren las compañías aseguradoras hasta inundaciones domésticas por la rotura de una tubería que provocan auténticos desastres en los domicilios propios y ajenos. Y es que muchas veces este tipo de incidencias no afectan directamente a los tomadores del seguro, sino a sus sufridos vecinos, que de la noche a la mañana se encuentran desoladoras manchas de humedad o goteras en sus aseos y cocinas que pondrán patas arriba la logística familiar durante días, semanas o incluso meses. Y es que el agua - y esto es algo de lo que ya me advirtieron en los primeros días de formación - es el mayor enemigo de los hogares. Siempre busca una salida y tiene por costumbre descender, por lo que casi siempre son los habitantes de los pisos más bajos los afectados. Salvo cuando se trata de agua de lluvia, en cuyo caso son los que viven en los más altos quienes nos llaman para pedir ayuda.
Me he familiarizado con términos que nunca antes había escuchado o que no estaba acostumbrado a manejar en una conversación ordinaria. Y los que aún iré aprendiendo gracias a la reciente conversión de mi contrato fijo discontinuo en fijo ordinario. Por poner un ejemplo, no es raro que de una comunidad de vecinos de la zona valenciana te llamen y te digan que necesitan una chupona para un embozo que esta produciendo una fuga de agua en las racholas del baño. Ahí es nada. Que alguien me traduzca, por favor, o que me enseñe el idioma. Porque una chupona no es una jugadora de fútbol que no pasa nunca el balón a sus compañeras, sino el habitual camión cuba que utilizan los poceros para liberar atascos o embozos en las conducciones del agua. Y el vocablo rachola es el empleado en zonas de Murcia y Valencia para referirse a las baldosas del suelo. Otras palabras y expresiones como mediador, instrucciones periciales , bajante comunitaria, loza sanitaria, válvula de desagüe, canalón, hurto, cerrajero, localizador de fugas o similares constituyen hoy en día buena parte del vocabulario que a lo largo del día manejo con naturalidad. Es lo bueno que tiene trabajar en un sector en el que antes nunca habías estado empleado: que tu cultura, quieras o no, aumenta.
Luego están las situaciones curiosas y excepcionales con las que con menor frecuencia se topa uno y que son, al fin y al cabo, las que consiguen que tu labor, por repetitiva, no te suma en una tediosa monotonía, que es a la larga el riesgo que uno asume al dedicarse a la atención telefónica, sea en el sector que sea. Como también evitan que puedas adormilarte esos encantadores asegurados y aseguradas que, antes de darte los buenos días y presentarse, te espetan de primeras un "vamos a ver..." que ya augura, por el tono y la intención, que vas a tener que soportar un chaparrón de improperios durante unos minutos y echar mano de toda tu paciencia y profesionalidad durante el resto de la llamada para no mandar a Cuenca al pobre individuo que te ha elegido como receptor obligado de su comprensible frustración y lógica desesperación. Porque uno, en muchos casos, no puede evitar empatizar e identificarse con el susodicho.
Entre las anécdotas más sorprendentes de las que puedo rendir cuentas hay dos bastante recientes que merece la pena mencionar. La primera de ellas entraría dentro de la tipología del robo, aunque por sus peculiares características tuve grandes dudas sobre si se produjo dentro o fuera de la vivienda. Fue el hijo de la asegurada quien nos llamó, un hombre al que atribuí, por el grosor de su voz, unos cincuenta y cinco años. Me contó que su madre había bajado a la calle a comprar y que por el camino alguien la drogó mediante una sustancia inhaladora que anula la personalidad. Bajo los efectos del alucinógeno la ordenaron subir a la vivienda, coger todas sus joyas y el dinero en metálico que hubiera en la casa (en torno a 300 euros), bajarse con ello a la calle de nuevo y entregárselo a los forajidos sin decir nada a nadie. Y así hizo la buena mujer. De lo que haya ocurrido después, de cómo haya actuado el seguro, nada sé y nada me llegará. Me limité a escuchar entre incrédulo e indignado el relato que del suceso hacía el hijo, asegurarme de que habían presentado la correspondiente denuncia y hacer llegar el expediente a la compañía aseguradora para su valoración. Pero telita, de ser cierto, los límites a los que la maldad humana puede asomarse. El segundo caso estaría englobado en la casuística de la responsabilidad civil en una comunidad de vecinos. Pues resulta que uno de sus miembros accede al garaje con su coche. Al parecer, las luces de dicho garaje están programadas para apagarse pasado un tiempo determinado. Por las razones que fueran - y aquí ya hay lugar para lo que la imaginación de cada cual quiera suponer - el tiempo se acaba, los fluorescentes se apagan, el garaje queda oscuras y el hombre, que aún no había llegado a su plaza, se estampa contra una columna. Las consecuencias del topetazo, por las que el individuo solicita indemnización, incluyen daños en el vehículo y un profundo corte en la ceja que le obligó a desplazarse a urgencias para ser atendido. Esto le supuso además perder un avión que iba a coger esa misma tarde, tener que comprar otro billete de ida y modificar el de la fecha de vuelta. En fin, por pedir que no quede. El no ya lo tiene, ¿verdad?
Otro de los alicientes más atractivos que ofrece este empleo es tratar con todo tipo de personajes de los más variados plumajes: el desdichado que presupone que cualquier cosa que suceda en su casa está cubierta por la póliza que en su día contrató y que expresa sin ambages su incredulidad cuando se le explica que no, que si se ha tropezado al salir de la bañera y se ha fracturado la muñeca en tres puntos no procede indemnización por parte del seguro del hogar; el resabiado agente del seguro que pretende que se le atienda de urgencia y no en el plazo ordinario porque el grifo del lavabo de un cliente gotea ligeramente cuando lo cierra; el inseguro que nunca ha hecho uso de sus derechos, que no quiere quedar como un ignorante y que agradece sorprendido tu amabilidad cuando le dices que sí, que por supuesto procede que reparemos la tubería que, sin pretenderlo, ha agujereado con el taladro al ir a colocar un cuadro en la pared de su salón y que también subsanaremos los daños que la fuga de agua ha provocado en el parqué; y por supuesto, esos ancianos que no te dan pie a intervenir en la conversación hasta que, con la excusa de que les mandemos un manitas para cambiar el mecanismo de la cisterna, te han informado de que ellos no pueden hacerlo por sí mismos por sus achaques, que te detallan con todo lujo de detalles, de que bastante tienen sus hijos, con sus trabajos y la crianza de los nietos, que por cierto son unos preciosos querubines dotados de una inteligencia sin parangón, como para ir a echarles una mano. Y por el camino, te ponen además al día también de lo que en ese momento están viendo en la televisión.
No es un trabajo aburrido. O al menos a mí no me lo parece. Tampoco es demasiado agobiante, aunque a veces no haya tiempo ni de coger aire entre llamada y llamada. Y sobre todo, le hace a uno feliz el darse cuenta de cuán pocas cosas pasan - y que siga así - en mi casa.

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