lunes, 29 de abril de 2024

Ser abuelo

Ando en los últimos meses escribiendo poco y leyendo mucho. Pero mucho, mucho... Cualquier momento me parece bueno para avanzar unas páginas de la historia en la que me encuentre inmerso. No me agobia en exceso tener algo desatendido este blog, dado que el día que inicié esta aventura literaria no quise comprometerme ni conmigo mismo ni con los demás a mantener una periodicidad fija en mis publicaciones ni a que la tarea se convirtiera en una cadena de plomo que me lastrara y me impidiera dedicar tiempo a otras aficiones que también a su manera me reconfortan y me enriquecen. Algo tiene que ver, sin lugar a dudas, la falta de tiempo, que ahora me limita y antes me sobraba, para sentarme con mayor frecuencia a vomitar mis reflexiones, anécdotas y recuerdos en este escaparate virtual en el que me expongo, sin suficientes filtros ni precauciones tal vez, pero no es en realidad esa la causa principal del abandono al que tengo sometido a mis escasos pero fieles lectores. Simplemente el cuerpo me pide más que nunca bucear en las historias de otros, dejarme arrastrar a los mundos que inventan, aprender de quienes han convertido el arte de escribir en su profesión, contrastar, en definitiva, la manera en que expresan sus emociones, describen un paisaje o construyen sus relatos quienes tienen más arte que yo en tales lides. Pero hace pocos días mi madre cumplió 75 años, una cifra redonda que merecía una celebración especial, y aunque era día laborable, conseguimos los cuatro cuadrar nuestras agendas para poder comer con ella y con mi padre en un restaurante que frecuentan con una cierta asiduidad y que tenían ganas de que conociéramos. Ahí estaba ella, con sus despistes puntuales, sus habituales dificultades para manejarse con el teléfono móvil y sus regañinas cariñosas a mi padre, pero también con la misma ilusión de siempre por reunirse con la familia y con su perenne sentido del humor made in Rincón Tudela. Y pensé que mis progenitores, ambos mis más entusiastas lectores, sí contraje una cierta deuda y que debía imponerme a mí mismo un poco más de rigor y disciplina para que puedan seguir disfrutando de estos modestos escritos que a ellos, por ser yo su hijo, les despiertan un interés y un orgullo que en otros no suscitan. Y durante estos días de vacaciones de los que estoy ahora disfrutando me propuse llevar a buen puerto varias entradas que tenía a medio engendrar y así almacenar material suficiente que compartir durante unas semanas con quienes me leen, propósito que (observo con desánimo) estoy logrando cumplir tan sólo a medias, ya que muchas veces los días libres de los que uno dispone acaban empleándose en tareas de ámbito doméstico mucho menos elevadas y que, en el vaivén de la rutina, se van postergando. Por asociación de ideas, a cuenta de esa comida de cumpleaños de la que dimos cuenta en ese coqueto restaurante mostoleño, me pareció que este que se refiere a la condición de abuelo y que hoy presento aquí era el más adecuado para hacer corpóreas mis intenciones. Así que ahí voy de nuevo...


Mi idolatrada y escultural esposa, por quien no parecen pasar los años sino más bien todo lo contrario, dado que de ella irradia cada día de forma más contundente una lozanía juvenil que sigue provocándome ardores y calenturas en ocasiones incontenibles, se escandaliza cuando verbalizo en voz alta el deseo que albergo de ser abuelo algún día. Más pronto que tarde, a ser posible. Argumenta, un tanto ofendida, cuando me viene el asunto a la cabeza y lo saco a relucir en su presencia, que ella aún se siente joven. Y lo cierto es que no sólo lo parece más que yo - algo que salta a la vista de cualquiera que nos vea juntos -, sino que además, en términos de espíritu, también lo demuestra en cada gesto - algo que salta a la vista de quien la conoce mínimamente. Pero esta aspiración mía no implica que me sienta en absoluto mayor. Nada tiene que ver en mi opinión una cosa con la otra. ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Aparte de que los cerdos, mal que bien, también corran. ¿No se pasan muchas personas la mitad de su vida laboral deseando que llegue el momento de la jubilación?  Y no por ello les atribuimos una senectud prematura. Y es que creo yo que el sentirse más o menos mayor nada tiene que ver con este otro sentimiento que brota de manera espontánea de nuestro interior cuando un niño, más aún si corre por sus venas nuestra sangre, ocupa nuestro espacio, llenándolo todo con su curiosidad, su inocencia y su alegría.

Nunca me he sentido tan vulnerable ni al mismo tiempo tan bienaventurado como cuando acunaba entre mis brazos a mis hijos recién nacidos. Ese olor inconfundible que impregna la piel de un bebé anegando las fosas nasales y haciéndonos sentir que la vida, no sólo la del hijo sino también la de los padres, acaba de adquirir un sentido nuevo y único. Nuestro GPS interior recalcula en esas circunstancias las distancias. Llamó mi atención hace unos días la imagen de una pareja joven con la que me crucé por la calle. Empujaba ella el carricoche vacío y a su lado caminaba el padre, apoyado el bebé de ambos en su pecho, una mano apoyada en la espalda del cachorro y la otra sosteniendo la cabeza, cubierta ésta con una gorra deportiva para protegerla del sol primaveral y sin fuerza aún en el cuello para mantenerse erguida por sí sola. Los labios del padre, muy próximos a la testa del pequeño, repetían incesantemente el mismo movimiento una y otra vez. Se acercaban a la piel de la criatura y se posaban sobre su mejilla dejando un beso ligero pero tierno que a mí, como padre que soy hoy de adolescentes y que un día fui de bebés, me devolvió muchas emociones que yo en su día también experimenté y que hoy de vez en cuando tengo la suerte de revivir cuando a uno de mis hijos les da por envolverme entre sus brazos y brindarme un abrazo de oso. Y aunque no cambio estas muestras de cariño actuales por nada del mundo, no puedo negar que extraño el contacto de mi piel con la que hace ya más de quince años les cubría.

Luego está la creencia, posiblemente errónea y quizá un tanto soberbia, de que lo que acarreo en mi mochila pueda ser útil a esos futuros nietos que aún no conozco y que no sé si un día llegaré a conocer. Ni soy ni me considero un hombre sabio, pero sí pienso que he recorrido ya más paradas del recorrido que las que me quedan por visitar y me tienta pensar que, entre toda la hojarasca inútil que compone mi bagaje vital, algún alfiler podrán ellos encontrar que les sirva para coser las heridas que la vida les pueda infligir en el futuro. También algunas piedrecitas que les puedan ayudar a encontrar su camino, tal y como mis abuelos fueron depositando las suyas en el mío y que aún hoy me sirven muchas veces de referencia para evitar precipicios y sortear encrucijadas. Y tengo la sospecha de que ser un abuelo joven, con un cuerpo todavía apto para acompañar en los juegos a la camada y con una mente aún despierta para dar respuestas medianamente inteligentes a los dilemas que le planteen, necesariamente tiene que rejuvenecer o al menos frenar el envejecimiento que acompaña inexorablemente a quien supera ya el medio siglo de existencia.



Por supuesto, de quien menos depende alcanzar ese ansiado estatus es de uno mismo, ya que serán mis hijos y aquellas que en un día futuro unan sus destinos al de ellos quienes determinarán si podré cumplir ese deseo y el momento en que se hará realidad. Pero reconozco que me atrae la idea, admito que me visualizo sin excesiva dificultad interpretando ese papel que hoy les toca representar a mis padres y que con tanta sabiduría y paciencia desempeñan. Y sé que a mi mujer, que seguirá mirándome como si yo fuera un marciano cuando el tema vuelva a presentarse en nuestras conversaciones maritales, el papel de abuela enrollada la irá como anillo al dedo. Al tiempo....

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