sábado, 4 de mayo de 2024

El diccionario

Ferroprusiato. Gamón. Palimpsesto. Prohijar. Bahorrina. Jerapellina. Palabrejos, en resumen, que forman parte de nuestra rica lengua castellana, aunque su uso no sea habitual y no tengamos la mayoría de los hispanohablantes conocimiento, de hecho, ni de su existencia ni de su significado. Y en torno a esta ignorancia gravita uno de los juegos con los que, cuando yo era tan sólo un proyecto del hombre que hoy soy, por entonces un idealista barbilampiño con muchos pájaros en la cabeza, jóvenes y mayores, hasta tres generaciones de la familia Rincón, nos entreteníamos dentro de las casas familiares cuando la climatología nos era adversa. Y a veces también, sólo por el capricho de compartir momentos divertidos con padres, hermanos, primos y abuelos y de modelar nuevos recuerdos en común, cuando el sol brillaba en su cénit.


No era el único entretenimiento que reunía a nuestra familia en torno a una mesa. Somos todos de buen comer y proclives al diálogo y a la confidencia, especialmente cuando nos sentimos amparados por la tranquilidad que proporciona saberse rodeado de personas en las que sabes que puedes confiar, así que cualquier recuerdo que prevalece de aquellas reuniones arranca con opíparas y prolongadas comidas cuajadas de conversaciones animadas y en las que los más jóvenes adquiríamos, participáramos en mayor o menor medida de ellas, conocimientos que en ocasiones nos aportaban herramientas, a efectos prácticos, mucho más útiles que las que en el colegio o instituto nuestros profesores nos trataban de proporcionar. Y aunque disfrutábamos de aquellos ratos, a casi todos, antes de que los postres y los cafés aterrizasen sobre el mantel, nos empezaba ya a urgir el sacar del armario de los juegos de mesa el que sirviera para alargar durante algunas horas aquellos encuentros. Tal vez mi memoria me juegue una mala pasada, pero creo recordar que el Trivial Pursuit y el Intelect eran los favoritos de todos. Hubo otros, como el Scattergories, el Cluedo o el Pictionary. También juegos más clásicos como el ajedrez, el parchís, las damas, el dominó o el tute. Pero yo creo que con el que mejor nos lo pasábamos era precisamente con el más económico de todos ellos: el diccionario.

Viene esto a cuento de que hace unos días nos reunimos de nuevo todos, a excepción lógicamente de aquellos que nos han ido dejando por el camino desde entonces y con la incorporación de las nuevas camadas. Una vez más una fotografía similar: tres generaciones alrededor de una mesa con viandas, bebida y prisas por ponernos todos al día de nuestras respectivas peripecias. Celebramos el reencuentro en Valdemorillo, en la urbanización de mi primo David, propietarios él y su mujer de una extensa parcela que en su día - hace ya años - me pareció agreste y descuidada y en la que han ido ampliando magistralmente el espacio habitable mediante anexos edificados mayoritariamente con sus propias manos. En el más reciente, una suerte de cabaña acristalada que me devolvió reminiscencias de la típica casa del árbol que vemos habitualmente en las películas americanas, comimos, charlamos y reímos durante esa agradable tarde de primavera. Y alguien propuso, cuando estábamos ya con los cafés, jugar a algo. Y otro alguien sugirió recuperar aquel juego que tantas tardes nos tuvo entretenidos, de manera que mi primo desapareció durante unos minutos en el interior de la vivienda para regresar portando un completo diccionario.

Las reglas del juego son muy simples pero el objeto del mismo puede llevar a confusión si no se explica con claridad. Tan sólo es necesario un diccionario o una enciclopedia, tantas hojas de papel y lapiceros como participantes haya y un buen puñado de mentes curiosas e ingeniosas dispuestas a trabajar. Uno de los participantes, llamémosle Maestro, busca en el diccionario una palabra poco común y la pronuncia en voz alta. Cada uno de los concursantes escribe una posible definición de ese término. El Maestro debe copiar en un papel la acepción que figura en el diccionario. Una vez todos los participantes han terminado, el Maestro recoge todas las hojas de papel, las mezcla y a continuación las va leyendo en voz alta. Gana aquel que adivina cuál de todas las definiciones leídas es la correcta, siendo además quien tomará a continuación el diccionario y buscará una nueva palabra con la que desafiar a los demás. Podría entenderse que el objetivo es componer una definición que se acerque lo más posible al significado real del vocablo. Y lógicamente, si alguien fuera capaz de clavar dicha definición, despertaría el asombro y provocaría el aplauso de todos los presentes, dado que hablamos de palabras raras y poco conocidas. Pero la meta no es esa, sino mostrar la suficiente habilidad e imaginación para despertar la duda en los demás y se confundan. Da lugar esto a situaciones hilarantes y desternillantes, como es de suponer.

Así que ahí estábamos todos, expectantes ante el primer reto, cuando una voz joven preguntó, como podía esperarse, si se podía utilizar Google. Un fiel reflejo de cómo han cambiado los tiempos en pocas décadas. Los diccionarios, como en su día los dinosaurios, van camino de la extinción. Tras aclarar el asunto (obviamente se descartó ese tipo de ayudas), la primera palabra resonó entre aquellas cuatro paredes, generando las primeras risas y murmullos. Hubo quien optó precisamente por el humor, otros que se aplicaron a la labor de acumular en la misma frase un puñado de tecnicismos para generar una duda razonable entre todos los demás, los más jóvenes tiraban de cultura popular con referencias, por ejemplo, al Demogorgon de Stranger things... en fin, cada cual intentaba despistar, con mejores o peores resultados, al resto de rivales. Pasamos un rato tan divertido como los de antaño y nos resultó gratificante ver que nuestros hijos, víctimas de una cultura eminentemente tecnológica, se olvidaban durante un rato de teléfonos móviles y demás cacharros, se relajaban y trataban de potenciar todas sus capacidades con el fin de vencer a sus mayores. Aunque creo, y eso me congratula, que al final, como nos pasaba a nosotros cuando teníamos su edad, llegaron a la conclusión de que lo menos importante de este inofensivo entretenimiento era ganar.




2 comentarios:

  1. Qué bien lo pasamos. Tenemos que repetir y seguir creando sonrisas y buenos ratos en familia 😘😘😘

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