domingo, 30 de octubre de 2022

De noctámbulos y ronquidos estacionales


Ayer me he eché una siesta de las que crean afición. De esas que, cuando abres un ojo, lo cierras de nuevo y te dejas llevar otra media hora larga. De las que, cuando por fin te levantas, no sabes si es por la mañana y tienes que ir a trabajar o si es de noche y aún puedes dormir un poco más. Si estás en Madrid o en la Patagonia. Una siesta de época. Sumado este hecho a las quejas recientes del benjamín de la casa en relación a mis ronquidos, he pensado que quizá este blog se está volviendo demasiado serio y que las historias de alcoba siempre dan juego, que también podemos reirnos un rato. No me refiero a la intimidad sexual del dormitorio, eso queda para otros foros, sino a esas otras anécdotas que, contadas entre cervezas, hacen reír a quienes las relatan y, cómo no, a quienes las escuchan.

Admito que ronco. No es nada extraño: siendo generoso, me sobran un par de kilos, además soy fumador y para colmo no hago tanto deporte como debería y me gustaría. Pero es el mío un ronquido estacional. No lo hago siempre. La época del año en que mi bestia interior se muestra más activa es cuando el otoño ya está entre nosotros, como en estos últimos días. Es la época del año en la que mejor duermo, así que roncar, aunque a los demás pueda molestarles, no deja de ser una forma de expresar lo mucho que uno está disfrutando con lo que está haciendo. Como el eructo en la cultura árabe, señal de que el comensal ha quedado satisfecho.



Hay otros que hablan cuando están dormidos. Menos mal que Nuria, mi mujer, no se gasta a escondidas los millones que no tenemos en el bingo, por ejemplo, porque estoy seguro que, después de veintiún años de convivencia, ya me habría enterado. Qué conversaciones mantiene consigo misma. Y qué sustos me ha pegado en alguna ocasión cuando me voy a acostar. Como aquella vez en que, para no despertarla, entré sigiloso en la habitación (ella llevaba ya durmiendo un par de horas), rodeé la cama controlando cada uno de mis movimientos cual curtido samurai y, cuando ya estaba a punto de tumbarme, gritó:

- ¡¡¡¡PERO ¿DÓNDE VAS CON ESOS PLATOS?!!!

No salí volando por la ventana porque era invierno y estaba cerrada. Casi se me cae al suelo la supuesta vajilla. El corazón me estuvo palpitando aceleradamente hasta las cinco de la mañana. En el silencio de la noche el susto fue mayúsculo. Y si el vecino estaba despierto a aquellas horas, alucinaría imaginando a qué retorcidos juegos se dedicaba esa pareja tan discreta por las noches. Con platos, ahí es nada.

Cuenta mi suegra como anécdota que, cuando Nuria era niña, se la encontraron a oscuras en la cama con un cuadro que había descolgado de la pared en las manos. Y como esta, puede contar unas cuantas más. Creo que hay otra por ahí, aunque puede ser mi imaginación desbocada, de Nuria corriendo por la casa a altas horas de la madrugada porque un burro (animal, no persona) la perseguía.

Y eso que las cosas han mejorado, ya que antes no sólo hablaba, sino que también, como habréis comprendido con los anteriores ejemplos, se levantaba. A los pocos días de estar viviendo juntos me percaté de que todas las noches, antes de meterse en el sobre, iba a la puerta de casa, daba todas las vueltas posibles a la llave y corría el cerrojo, asegurándose de que nuestro hogar se convertía en un búnker.

- No va a entrar nadie, cielo -la dije yo, de natural confiado como he sido siempre.

- No, si es para no salir yo -me respondió.

Incluso hubo una etapa en que no era raro que, al rato de haberse ido ella a la cama, apareciese por el salón, donde yo estaba viendo la televisión, y empezase a contarme algo como si nunca se hubiera acostado. Juro que en esas ocasiones, sobre todo al principio, yo no sabía si estaba sonámbula o si realmente no se había llegado a dormir, de tan coherente como parecía lo que me decía.

Muchos me han preguntado, al contar estas historias, sobre qué ocurre si yo intento entrar en la conversación que está manteniendo en sueños. Cuando lo he hecho, cuando he intervenido en sus charlas nocturnas, su subconsciente me ha añadido con total naturalidad al diálogo. No he abusado mucho en estos años de esta ventaja, pero alguna conversación interesante sí que hemos mantenido, ella dormida y yo despierto aguantándome la risa.

Ahora ya no se levanta, tan sólo habla. Y además últimamente las noches han perdido parte de su gracia, ya que en sueños continúa, muy a mi pesar,  trabajando. Que si "chicas, vamos a tomar un café", que si "es que a este paciente no se le ha lavado bien", que si "vamos a tener que hacer un escrito a Dirección porque esto no puede ser". Ya no es tan divertido.Mejor lo de los platos o el burro, ¿dónde va a parar?

Atravesamos también hace unos años una época que para mí fue angustiosa, ya que Marcos, el pequeño de la casa, que parece haber heredado el noctambulismo de su madre, mostró una actividad inusual en esta faceta. Sufrió dos accidentes a cuenta de esto. El primero, aquí en Madrid. La cama de Marcos es alta, de estos modelos que tienen otra para las visitas y cajoneras empotradas debajo, así que desde muy pequeño ha dormido con una barandilla para evitar caídas. Pero hubo un día en que la barandilla no fue suficiente y decidió hacer puenting en sueños. El golpe fue escalofriante. Llevaba unos minutos hablando bastante alterado primero y luego gritando y a nosotros ya nos pilló la caída irrumpiendo como dos locos en la habitación. Por la postura en que vi cómo caía en el suelo pensé que se había roto el brazo y pegué un grito desesperado que provocó que a Nuria, que venía detrás de mí, casi le diese un infarto. Otro gran susto lo tuvimos de vacaciones en casa de mi hermano Carlos, en Figueiró (Pontevedra). Marcos se levantó en sueños y su pie se enganchó con la sábana, yendo de bruces contra el suelo. De aquella se le quedó el tabique nasal ligeramente desviado.

Como digo, fue una época angustiosa. Me acostaba después de ellos, con un ojo abierto y las pulsaciones aceleradas, pendiente de cualquier movimiento o sonido que saliese de la habitación de Marcos. Ya no sólo para reaccionar a tiempo si pasaba algo raro, si no también porque en mi caso, y no sé si esto les pasará a todos los padres, si el niño se hace daño, la primera reacción de la madre es responsabilizarme a mí, ya sea por acción o por omisión. "Haz algo", "es que no estás pendiente", esas cosas. Sé que son los nervios, claro. No es algo que yo le pueda tener en cuenta a mi querida esposa, pero quienes la conocen, saben de sobra que mejor no enfadarla. Así que ahí me teníais, con los ojos como platos y más alerta que el retén de un cuartel de la Guardia Civil en Euskadi en los años ochenta. Cuando por fin consideraba que Marcos dormía tranquilo y me proponía dormir yo, era Nuria la que se ponía a contarme en sueños una de sus historias. Y cuando por fin ambos callaban, yo, agotado, me quedaba dormido y claro, roncaba. A la mañana siguiente lo normal es que Nuria estuviese enfadada porque decía que no la había dejado dormir. Angustioso.

No hace tanto, cuando Marcos empezó a ser más autónomo, ha ocurrido alguna noche que, al rato de haberse acostado, ha aparecido en el salón, arreglado y con la mochila al hombro, dispuesto para irse al instituto.

- Pero, ¿dónde vas, Marcos?

- Al insti, que me he dormido -me responde apurado.

- Hijo, que es la una de la madrugada.

- Ah, pues ya me quedo contigo, total.

- Anda, hijo, vete a dormir que si no mañana no vas a dar pie con bola.

Y, obediente, aunque a veces enojado porque en sueños él entendía que le seguía tratando como a un niño pequeño, regresaba a su cuarto y se volvía a dormir, ya preparado para la mañana siguiente, sin quitarse la ropa que previamentr se había puesto.

Para poner una taquilla en la puerta de casa y cobrar entrada, ¿a que sí?

Resulta realmente curioso, y esto es algo sobre lo que también a veces me pregunta a veces la gente, que ni Nuria ni Marcos recuerdan por las mañanas nada de sus andanzas nocturnas. Ni un detalle. Y el que desde luego no se entera de absolutamente nada es el mayor, Sergio. Duerme tan profundamente que si entrase en su habitación a la una de la mañana y me pusiese una peli en Netflix con el Home Cinema que no tenemos él seguiría a lo suyo.

En alguna ocasión yo también les he dado algún susto a ellos, no os vayáis a pensar. Una noche pegué tal salto de la cama cuando Nuria me tocó con un pie que casi rompo el radiador. Yo estaba soñando con serpientes, que me atraen y me horrorizan a partes iguales, y claro, cuando sentí que algo me rozaba, me tiré de la cama como el que se lanza desde un trampolín a una piscina. "Ay, amor, ay, amor", recuerdo que decía Nuria, despierta y asustada.

Nuestras noches ahora son más tranquilas y todos dormimos mejor. A veces echo de menos esas peripecias noctámbulas y esa intranquilidad que me mantenía en vela hasta altas horas de la noche, pero reconozco que la nostalgia no me dura demasiado. Ahora caigo a plomo y ronco. Como un auténtico verraco.

Qué le vamos a hacer.





3 comentarios:

  1. Visto lo que cuentas, totalmente justificadas tus siestas... ¡y que digan!

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  2. Como para que Nuria se nos hubiera aparecido en la habitación de alguna casa rural.... madre mía!!!

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    1. ¿Quién serás? Lo de las casas rurales es una buena pista, pero no me atrevo a adivinar. Pero sí, habría sido la guinda, jajaja. Besos

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