¿Recordáis vuestras primeras canciones? No me refiero a esas que sonaban cuando eráis niños, como en mi caso fueron "Vamos a la cama que hay que madrugar" o aquella otra que decía "Tigres, tigres, leones, leones, todos quieren ser los campeones", por poner un par de ejemplos. Me refiero a aquellas que os acompañaron cuando dejasteis de jugar en el parque y comenzó a importaros más quién os miraba y cómo os veían; cuando empezasteis también vosotros a observar a los demás de forma diferente. ¿Recordáis esas canciones? ¿Las de vuestra primera fiesta sin gusanitos, ni medias noches de mortadela ni padres? ¿La que sonaba cuando os atrevisteis a sacar a bailar a la persona que os gustaba por primera vez?
Vivo convencido de que no hay adolescente que se convierta en tal sin que en ese proceso intervenga la música, de que hay un momento en que una canción (o un puñado de ellas) se te meten dentro y ahí se quedan para siempre. Y de que te cambian. O te ayudan a cambiar.
A mí ese momento me llegó entre 1985 y 1986. Y la canción fue Así estoy yo sin tí, de Joaquín Sabina. Sé que no fue esa la canción que me enganchó a una afición por la música que dura hasta el día de hoy, ya que estoy seguro que hubo otras antes, pero sí que fue la primera en la que me perdí durante semanas, paladeando la poesía que había tras esas letras cargadas de melancolía, esa secuencia de comparaciones con las que el jienense pintaba los sentimientos de un hombre que, "sin ti", se encontraba "más triste que un torero al otro lado del telón de acero". También tuvo un significado especial para mí aquella que hoy se me atraganta de tan empalagosa que resulta y que fue la que sonaba cuando, en un guateque con amigos, bailé por primera vez con una chica. Patricia se llamaba. Nada más y nada menos que "Nada cambiará mi amor por ti" de Glenn Medeiros. ¿Alguien se acuerda de ese cantante y esa canción? La teníamos hasta en la sopa y durante unos meses había una foto del susodicho en todas las carpetas de las chicas de clase, justo al lado de la de Tom Cruise o la de Rob Lowe. Que aquello era como ser del Madrid o del Barça, de los dos no podías ser.
Llegué un poco tarde a la movida madrileña, ese fenómeno contracultural que se desarrolló durante los primeros años de la Transición, pero sus ecos constituyen la base de mi formación musical: Nacha Pop, Los Secretos, Danza Invisible, Gabinete Caligari... o esas otras formaciones procedentes de las provincias que aportaron también su granito de arena en aquellos momentos: Mecano, Tino Casal, La Unión...
De fuera del país nos llegaba casi de todo, sobre todo gracias a Los 40 Principales y a Joaquín Luqui, ese animal radiofónico que fue piedra angular del descubrimiento musical para muchos españoles, ya superado el franquismo. Me veo a mí mismo los sábados por la mañana, los deberes hechos la tarde anterior, bien abastecido de papel y lapiceros, y el dedo índice fijo en la tecla Record del radiocassette, preparado para escuchar de principio a fin la lista de los 40, tomar notas e intentar conseguir grabaciones limpias de las canciones que me gustaban. Porque, claro, yo era un chaval de trece años sin mucho dinero en el bolsillo y comprar vinilos o cassettes no era barato. En verano de 1986 había conseguido ahorrar dos mil pesetas y, con los dos billetes metidos en el calcetín, por si me encontraba con algún indeseable por el camino -y en Móstoles aquello era más habitual de lo que a uno le gustaría en aquellos tiempos-, me dirigí al Simago y me compré el cassette Canciones de Duncan Dhu ("Cien gaviotas, ¿donde irán?") y el vinilo Romantic warriors de Modern Talking. ¡Qué sensación más grande cuando volvía a mi casa con ambos tesoros (o eso me parecían entonces) metidos en una bolsa de plástico!
Escuchábamos en la radio temas de grupos ya consagrados como Depeche Mode, Pet Shop Boys o Queen, artistas en ciernes como Michael Jackson o Bruce Springsteen y productos artificiales y absolutamente comerciales de la fábrica Stock, Aiken & Waterman como Rick Astley, Jason Donovan o una jovencísima Kylie Minogue. La revista Superpop era referente para muchos de nosotros, ¡cuántas veces la compré en el kiosko del barrio!.
Todo era diferente. Estábamos abiertos a todos los sonidos que venían de fuera de España, ya fuese pop, rock, heavy o rap y queríamos que lo nuestro, lo de casa, también sonase fuera. A falta de plataformas como Spotify la publicación de un nuevo disco podía convertirse en un fenómeno social con colas interminables en las puertas de El Corte Inglés o Galerías Preciados, como cuando salió a la venta Descanso Dominical de Mecano. Ese disco giró en el plato de la cadena musical familiar durante meses.
Los que vivieron la adolescencia en los 70 defenderán que esa fue la década prodigiosa. Los que lo hicieron en los 90 dirán que dónde va a parar, nada como Nirvana, Madonna, George Michael... Y así sucesivamente. Incluso nuestros hijos, dentro de treinta años, dirán que los 20 fueron insuperables con la explosión del reggaeton.
Musicalmente yo soy hijo de los 80 y creo que, más allá de la calidad o cantidad de grupos y canciones, en España era tal el hambre de abrirnos al mundo y de que el mundo pudiese llegar a nosotros, que no ha habido una década donde se haya producido en este país un fenómeno social vinculado a la música semejante. Lo compararía con la aparición de The Beatles en Reino Unido o de Elvis en USA.
Qué años aquellos...
PS: Fijaros en esta foto que he encontrado por Internet. Aunque no están todos los que fueron, sí fueron todos los que están. ¿Reconocéis a alguien?
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