¡Qué traviesa y esquiva es la memoria! ¡Cómo en ocasiones juega con nosotros, nos vacila y nos engaña! Aunque es cierto también que somos nosotros muchas veces quienes la descuidamos y maltratamos, restando importancia a recuerdos que merecen perdurar.
Viene esta entradilla a cuento de que, hace un par de semanas, escribí el primer borrador de esta entrada en la que pretendo contar cómo nació el apodo que identifica en Morata de Tajuña a los miembros de nuestra familia. Y creo que pergreñé un artículo interesante y entrañable a partes iguales, pero hay historias familiares que deben ser tratadas con delicadeza y respeto, son campos de minas sobre los que hay que caminar con precaución, por lo que consideré necesario que alguien, en este caso mi padre, diese validez a lo que allí relataba. Resultó, para mi sorpresa, que lo que yo pensaba que había sucedido y cómo había ocurrido era mitad realidad, mitad invención. Quizá, cuando la escuché de niño por vez primera, mi cabeza rellenó los huecos en blanco de aquella anécdota, adornándola hasta el punto de volverla novelesca, pero inexacta. Sea como fuera, y tras las pertinentes correcciones apuntadas por mi padre, a quien agradezco su ayuda, aquí está esa pequeña historia que tantas ganas tenía de poner en negro sobre blanco.
A mi abuelo paterno yo no tuve la suerte de conocerle. Bueno, eso no es del todo cierto ya que en los viejos álbumes de mis padres hay fotografías en que aparecemos los dos juntos. Por ellas sé que me tuvo en sus brazos y seguramente, porque se le recuerda como un hombre familiar, me hizo toda suerte de carantoñas el poco tiempo que compartimos, pero nos dejó siendo yo tan pequeño y él tan joven que en mi cabeza, por más que rebusco, no encuentro recuerdos suyos. Conservo de él la huella que dejó en otros y que estos a su vez me transmitieron a mí, una calle con su nombre, esa que sube hacia el bosque que él mismo ayudó a plantar y en la que se encuentra también el parque que lleva el nombre del mayor de su hijos, mi tío Félix, así como alguna anécdota aislada de lo que fue su vida.
De todas ellas, la que guardo con un mayor cariño, porque se me antoja absolutamente cinematográfica, es la que dio origen al apodo familiar, los Tobalo. Es posible que lo que realmente ocurrió fuese mucho más mundano, no con toda la parafernalia cinéfila con que mi cerebro la ha adornado, pero por ser este un blog en el que comparto lo que veo, siento y sueño de la forma más sincera que sé, tal y como se proyecta en mi cabeza es como os la voy a contar.
Regresa a los diez años mi abuelo al pueblo con su madre y su hermana, poco tiempo antes de que estallase la guerra civil y tras el fallecimiento de su padre en Madrid, donde residían. Es ahora el hombre de la casa, el que debe garantizar el sustento para la familia, quien deberá en breve comenzar a labrarse un futuro. A cuestas, además de su orfandad, acarrea un severo analfabetismo que no será corregido hasta décadas después, cuando sus hijos le enseñen a leer y a escribir, y a quienes asombrará como alumno aventajado llegando a publicar artículos en periódicos locales de la época. Pero antes, en aquellos años en que tuvo que coger el toro por los cuernos, dadas sus limitaciones, era en los campos y con los animales donde tendría que comenzar a ganarse el pan.
Le imagino caminando con paso firme por las calles sin asfaltar de Morata de Tajuña. Viste ropas ajadas, al menos diez veces zurcidas y con algunas manchas en la camisa que el jabón casero ya no logra borrar. El trabajo no abunda en estos tiempos y estos lares, no para quien no posee tierras ni para el que no consigue ganarse el favor de quienes sí las tienen.
Cuelga de su cuello un cartel en el que, escrito con una caligrafía irregular y poco esmerada, se puede leer:
Pa to balo
Lo mismo para un roto que para un descosido, para sembrar que para arar, el caso es ganarse un jornal. Para todo valgo, si ignoramos las faltas de ortografia. Así se iba ofreciendo a los vecinos del pueblo e imagino que esa declaración de intenciones iría acompañada de algunas palabras que despertasen la compasión y la comprensión de sus vecinos. Me tienta pensar que lo haría sin que la vergüenza le hiciese balbucear, pero ahí no puedo silenciar la duda: pedir algo a quien tiene tan poco como tú, que intuyo serían la mayoría de los habitantes del pueblo en aquellas fechas, no es fácil casi nunca.
Sospecho que muchos le darían con la puerta en las narices, pero también que otros, a cambio de unos reales los menos y de un par de huevos o un puñado de cebollas los más, alguna labor le encomendarían, ya fuese segar los campos o pintar un murete. Sea como fuese, ese "pa to balo" con el que él se iba presentando puerta por puerta acabó derivando entre las gentes del pueblo en Tobalo, apodo por el que se le empezó a conocer a él allí, y Tobalines a su descendencia.
Y yo me imagino a ese primer Tobalo, ocultándose ya el sol en el horizonte, bajando por la calle Mayor con los hombros caídos, gesto preocupado y las manos vacías los días malos, y con una sonrisa orgullosa los días buenos, la de un soldado de regreso a su hogar tras una victoria, con un par de huevos en el bolsillo del pantalón, un puñado de ajos en la mano y la tranquilidad de que esa noche aportaría en su casa algo que llevarse a la boca.
Cinematográfico, como dije, ¿verdad? Que me disculpen los que me lean y conozcan más de cerca la historia si mi visión no se ajusta a la realidad o si he pintado al personaje, mi abuelo, con trazos desafortunados. Pienso en este sentido en mis tíos y primos, auténticos Tobalos todos ellos, que permanecieron en Morata, formando hogares, dando lustre al legado familiar y contribuyendo, tal y como hizo el primero de ellos, al crecimiento y desarrollo, en distintos ámbitos, del pueblo en el que se encuentra el cincuenta por ciento de mis orígenes.


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