A tiro de piedra de Jaén hay un pueblo, coronado por una gran peña, al que me gusta regresar, sobre todo cuando la primavera empieza a languidecer y el calor empieza a apretar, para tomarme una cerveza bien fresquita y un vaso de caracoles en alguna de las terrazas de los muchos bares que allí encuentras. Y, si es posible, hacerlo en compañía de quienes en su día me adoptaron como uno más entre ellos. Soy de Móstoles y vengo de Morata de Tajuña, pero Martos es mi otro pueblo. De allí procede la familia materna de Nuria, donde vivieron sus abuelos hasta que fallecieron y donde hoy residen mi suegra y dos de mis cuñadas con sus respectivas familias.
Nunca se me olvidará el primer fin de semana que pasé allí porque debo admitir que la experiencia resultó, fisiológicamente hablando, muy incómoda.
Quedaban sólo unos meses para que Nuria y yo nos casáramos y era el momento para ambos de repartir las invitaciones de boda entre familiares y conocidos, y para mí el de conocer por fin a esos titos y primos de los que tanto se me había hablado. Los abuelos, Juan y Lola, vivían a caballo entre el barrio de Moratalaz y Martos. Con ellos ya había florecido una relación cariñosa y respetuosa, ya que íbamos frecuentemente a su casa de Madrid para pasar un rato con ellos, alucinar con las maquetas que construía el abuelo y disfrutar de las suculentas albóndigas de la abuela. Pero yo no me había codeado por entonces con el resto de la familia marteña y no era de recibo que asistiesen a nuestra boda sin antes haberme conocido. Así que nos montamos en la Sepulvedana y nos presentamos en Martos, si no recuerdo mal, un viernes por la noche.
De nuestra llegada recuerdo al tito Pepe encargando una detrás de otra rondas de cerveza, tintos de verano y no me extrañaría que todas las raciones de la carta del bar en el que cenamos. Entrañable personaje el tito Pepe, por divertido, cordial, pícaro y cercano. Capaz de meterle a su mujer en el escote una rana para regocijo de todos, ella incluida. Parecía estar en todos lados, haciendo reír con sus bromas a propios y extraños. Incluso el abuelo Juan, más serio y tradicional, no podía evitar sonreír con las ocurrencias de su cuñado. Yo estaba nervioso, nunca me he sentido cómodo en situaciones como esta, pero entre unos y otros hicieron que rápido me integrase.
Aunque nos íbamos a casar en unos meses, ya habíamos sido informados de que no se nos permitiría a Nuria y a mí dormir en la misma casa durante ese fin de semana, de manera que una vez terminada la cena, con el estómago muy lleno y algo achispado, me instalé en casa del tito Pepe y la tita Amparo. Estuvimos charlando durante un buen rato antes de acostarnos y, aunque me hicieron sentir realmente a gusto, no dejaba yo de estar en una casa que no era la mía y por lo tanto no me sentía libre para campar a mis anchas. Ni siquiera en la intimidad del dormitorio que me asignaron o incluso en el baño.
Y yo, por decirlo llanamente, me moría por tirarme un pedo.
Durante todo el fin de semana fui conociendo a todos los miembros de la familia y allá donde íbamos parecía que el propósito de todos ellos era alimentar al recién llegado. Ni el plato ni el vaso estuvieron nunca vacíos. Creo que me pasé todo el fin de semana comiendo y bebiendo. Estaba más que saciado, pero entre que debieron verme delgado y me ofrecían repetir de todo con mucho ahínco, que a mí me sabía mal decir que no y que todo estaba delicioso, durante esos días mi mandíbula no descansó. Y claro, las ganas de evacuar sólido o gaseoso de alguna manera eran cada vez más grandes. Pero a mí me seguía embargando esa vergüenza que me impedía satisfacer mis cada vez más urgentes necesidades escatológicas. Yo pensaba: "es que como vaya al baño y haga de vientre, el olor va a llegar hasta lo alto de la peña". Me preocupaba dejar una mala impresión, ya ves tú, tonterías mías, supongo.
Las dos noches que pasé allí fueron un suplicio. Hacía calor en la habitación y yo, sudando todo lo ingerido, creía que iba a explotar. Creo recordar que alguna ventosidad, con más pudor que otra cosa, se escapó de mi inflado vientre la segunda noche, solo en mi habitación. Pero en general conseguí evitarlo durante todo el fin de semana.
Más allá del mal rato que yo estaba pasando, me sentí realmente biem acogido entre primos, titos y abuelos. Me reí mucho y me lo hicieron pasar muy bien. Creo que los andaluces, ya sea en Cádiz, en Granada o en Jaén, tienen un alma y un arte que los demás sólo podemos, con muy poco éxito, imitar. Su sentido del humor, su pasión por la música, su afición al tapeo y a las relaciones sociales hacen de esta tierra un lugar, si no fuese por el calor que les azota durante seis meses al año, maravilloso para vivir.
Y entre cervezas, flamenquines, choricitos, morcillas, caracoles, gambas y demás exquisiteces, incluido el gazpacho como postre -cosa que me dejó ojiplático dado que yo siempre lo había tomado como entrante-, se nos fue aquel primer fin de semana de muchos que pasaríamos allí.
El domingo nos montamos de nuevo en la Sepulvedana para regresar a Madrid Nuria y un servidor, que en aquel momento era más globo Zeppelin que persona. Nos faltaba el cordel. No sé ni cómo logré subir al autobús sin dejar un rastro detrás de mí. El viaje, como os podréis imaginar, se me hizo eterno. Lo más próximo a un potro de tortura medieval. Porque claro, si no había sido capaz de tirarme un cuesco en casa de familiares, ¿cómo lo iba a hacer dentro de aquel vehículo lleno de desconocidos? Un autobús que además paraba en todos los pueblos que hay entre Jaén y la capital. O al menos esa fue la sensación que yo tuve. Cuando llegué a Móstoles mi cara debía ser un auténtico poema.
Tardé dos días en recuperarme de aquello, pero durante años estuvimos volviendo al menos una vez al mes para, bajo la mirada sempiterna de la peña de Martos, seguir compartiendo momentos con aquella familia y en especial con Lola y Juan, los abuelos de Nuria, que con tanto cariño me trataron siempre y que yo terminé por sentir como propios.
Para concluir, simplemente dejar constancia de que ahora, cada vez que se acerca el día de visitar Martos, mi otro pueblo, me obligo los días previos, si no a hacer ayuno, sí a ir dejando espacio en mi estómago para dar cabida a la hospitalidad y generosidad de los que allí nos reciben siempre con los brazos bien abiertos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario