En todas las competiciones deportivas de carácter planetario, tales como unas Olimpiadas o el Mundial de fútbol que actualmente se está disputando en Qatar, salen a la luz las grandes diferencias sociales, políticas, religiosas y culturales que existen entre Occidente y Oriente. Por no hablar de que ciertos enfrentamientos deportivos, como ocurrió con el Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86 o como podría haber sucedido con un Rusia-Ucrania que no se disputará en este, transcienden lo meramente futbolístico. Es el apoyo a la comunidad LGTBIQ+, colectivo discriminado por el país anfitrión, el asunto que en estos primeros días de competición está acaparando portadas y haciendo arder las redes sociales.
Aunque no conozcamos con detalle los criterios y los procedimientos que se aplican para la concesión de este tipo de eventos a países o ciudades, creo que es vox populi que el dinero, hoy en día, constituye un factor determinante. Y a los qataríes, que presumen de tener una renta per cápita que multiplica por dos la de los españoles, les sale por las orejas. Creo que hasta el más despistado entiende que, si un pais como Qatar se convierte hoy en capital mundial del fútbol, es más por la intención de hacer crecer un negocio sumamente lucrativo que por aspectos meramente deportivos.
La decisión de la FIFA de sancionar con una tarjeta amarilla a cualquier jugador que portase en un partido el brazalete arcoiris de apoyo a la comunidad LGTBIQ+, además de la pertinente multa para su Federación, me parece -y ya veo a algunos llevándose las manos a la cabeza- razonable. Porque, vamos a ver, esto no es una pachanga que hayamos organizado de hoy para mañana con los amigos y que nos hayamos encontrado, al llegar al pabellón, con algo incómodo o desagradable. Hablamos de un evento que se acordó hace casi una década. ¿No tuvimos tiempo de protestar entonces? ¿No hemos tenido ocasión, una vez aceptada la sede, de decir "con nosotros no contéis"? ¿O es que pensábamos que nuestros anfitriones cambiarían su forma de comportarse en su propia casa porque llegamos de visita? Y la FIFA, que es la autoridad máxima a la hora de tomar decisiones en este ámbito, ha optado por que las cosas no se desmadren. Para compensar a las Federaciones que han visto frustrado su intento de apoyar la causa, ha propuesto que aquellos jugadores que lo deseen pueden llevar una cinta en el brazo con el lema "El fútbol une al mundo", que será sustituido a partir de las rondas eliminatorias por el mensaje "No a la discriminación".
Así que llegábamos a los prolegómenos del Inglaterra-Irán, con los hijos de la Gran Bretaña, que han optado por no tentar a la suerte de ser sancionados, sustituyendo el gesto del brazalete por el de hincar todos la rodilla en señal de protesta y recibir de regalo los abucheos del público iraní. Al final los deportistas son los verdaderos protagonistas de este circo y los que tienen que dar ejemplo a nuestros jóvenes, por lo que me parece una medida acorde con la situación: acatamos, pero mostramos de manera pacífica nuestro desacuerdo.
En el otro lado, la selección iraní, que se niega a entonar el himno de su país. Su propia afición abuchea y yo, intrigado, presto atención a lo que puedan aportar los comentaristas mientras busco en Google la información necesaria para entender la mudez de los jugadores y el cabreo de sus seguidores. Porque debo ser sincero: leo periódicos digitales, pero suelo centrarme en las secciones de Nacional y Cultura fundamentalmente y en aquellos sucesos de carácter internacional que suscitan mi interés o preocupación, como es el conflicto entre rusos y ucranianos. De la República Islámica de Irán, más allá de que es una teocracia muy opresora, nada de nada.
Pues bien, el nombre clave en esta historia es Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años que ha fallecido mientras estaba bajo custodia policial tras haber sido detenida por la policía de la moral iraní debido a que, ojo al dato, no llevaba bien puesto el velo. Una más de esas brutales historias del mundo árabe que en Occcidente nos indignan y que en este caso generó manifestaciones multitudinarias de protesta por parte de la propia población iraní.
Aclarado por tanto el motivo de que unos no canten el himno y otros lo abucheen, me quito el sombrero ante los componentes de esta selección, que se arriesgan al regresar a su país, cuando ya no sean noticia, a vete tú a saber qué castigos por parte de su Gobierno. Porque a la policía de la moral iraní no le resultará sencillo identificar al que estuviese en la grada vituperando el himno, pero a los que estaban en el césped, mudos y orgullosos, haciendo historia, a esos los tienen bien fichados. Y seguro que les esperan y no con los brazos abiertos.
Y uno, que sabe que las comparaciones son odiosas, pero que no puede evitarlas, es incapaz ahora de contemplar la protesta inglesa de la misma manera que antes. Porque hay quienes agachan la cabeza cuando el precio de no hacerlo no es tan alto y otros que la mantienen erguida, desafiando al peligro, aunque el castigo puede ser, literalmente, perderla.
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