Erase una vez una niña de nueve años que vivía feliz con sus padres y su hermano pequeño en Dudichi, un encantador pueblecito perteneciente a la provincia de Minsk. La vida transcurría sin grandes sobresaltos en aquel pequeño lugar de no más de dos mil habitantes. El único suceso que había alterado tan pacífica existencia había acaecido siete años antes, cuando la niña contaba tan sólo dos de edad y su hermano aún no había nacido. Ella no sabía mucho más que lo que le habían contado sus padres y profesores: a unos cuatrocientos kilómetros de allí, en Chernóbyl, una ciudad algo mayor que nunca había visitado, se había producido un accidente nuclear de gran importancia, y el planeta entero, con miedo y preocupación, fijó desde entonces y durante mucho tiempo su mirada en aquel recóndito lugar del mundo. La nube radioactiva se había extendido hasta por trece países de Europa Central y los habitantes de las zonas más cercanas, como nuestra protagonista, se vieron seriamente afectados. La niña no terminaba de entender realmente por qué sus padres parecían siempre tan tristes cuando algún vecino hablaba de este tema o cuando ella misma intentaba saber más sobre el asunto. Había tenido que ir en varias ocasiones a distintos médicos muy serios que luego habían permanecido durante un rato charlando con sus padres, todos con semblantes circunspectos. Ella no lo sabía pero los estudios médicos que se realizaron entre la población bielorrusa determinaron que la esperanza de vida de los niños en las áreas más próximas al lugar del incidente se había visto reducida en treinta años. No es por tanto de extrañar que, a pesar de la aparente armonía que reinaba en aquel hogar, sus padres viviesen bajo la sombra de la angustia.
Mientras tanto, en Madrid, como en tantos otros lugares del mundo, se habían movilizado distintas asociaciones de carácter benéfico y solidario y se habían puesto en marcha distintas iniciativas para ayudar a los afectados. A través de una de esas organizaciones, una familia española que ya había apadrinado a un niño de Sudamérica y que estaba atravesando un momento económico favorable, decidió unirse a los esfuerzos que se estaban llevando a cabo para socorrer a la población bielorrusa. Pero ellos no quisieron hacerlo enviando dinero. Como otras muchas familias que formaban parte de aquella organización les preocupaba que gente sin escrúpulos aprovechasen la coyuntura para llenar sus bolsillos a costa de la solidaridad ajena. Se conocían ya muchos casos similares. Tras barajar numerosas opciones se activó un protocolo que consistía en emparejar a los niños bielorrusos afectados con familias españolas que les acogerían en sus casas durante el verano.
Así pues, los organizadores de aquella misión solidaria unieron los destinos de ambas familias. Se calculó que cada mes que aquellos niños permaneciesen en España, disfrutando de un clima, una alimentación y sobre todo un aire limpios de radiación, podrían recuperar un año de esperanza de vida. Cuando la niña recibió la noticia, ya había logrado sonsacar a sus padres más información sobre el motivo de su desolación y era consciente de que estaba enferma, aunque ella no se sintiese así, pero como era muy inteligente, llegó a la conclusión de que aquel viaje no sólo era una maravillosa aventura, sino que era un oportunidad para curarse. Así que los padres bielorrusos la dejaron marchar y ella viajó con una ilusión tan sólo comparable a la que sentía la noche en que Santa Claus bajaba por su chimenea y dejaba regalos para toda la familia. También lo hizo un poco asustada y sin saber nada de español, nunca había salido de su pequeña aldea y le abrumaba la enorme distancia que ella y sus compañeros recorrerían en autobús desde Minsk hasta Madrid. Por su parte la pareja española consiguió hacer entender a sus hijos, algo reacios a que una extraña invadiese su hogar, lo importante que era aquel viaje. Para cuando llegó el momento, la familia al completo esperaba con expectación el momento de conocer a su huésped.
Durante ese primer verano la criatura, de cabello rubio y preciosos ojos azules, comió muchas naranjas, que le encantaban, se bañó en la piscina y en el mar con su nueva familia, que además la llevaron a numerosos lugares que le parecieron mágicos y conoció a muchas personas que la trataron con cariño y delicadeza, se le dejó de caer el pelo y aprendió muchas palabras en español. Sus nuevos papás y hermanos la descubrieron un mundo diferente, mucho más grande que aquel en el que ella había crecido y empezó a entender todas las posibilidades que aquel nuevo universo ofrecía a las personas. El miedo pasó pronto y comunicarse con los miembros de aquella familia se convirtió en un juego divertido en el que todos se lo pasaban bien. El cariño, como no podía suceder de otra forma, empezó a florecer. Fue un verano muy intenso emocionalmente que ninguno quería que terminase. Pero todo, nos guste o no, llega a su fin.
El día que tenía que regresar a su país todos lloraron: la niña porque, aunque adoraba a sus padres, no quería irse; la familia madrileña porque, aunque sabían que no podían impedirlo, no querían que se marchase. Fue una despedida muy triste porque nadie podía garantizar que volvieran a encontrarse alguna vez.
Días después, con los ojos aún húmedos, los padres madrileños iniciaron el sinfín de trámites necesarios para repetir la experiencia al año siguiente, unas gestiones que les tuvieron ocupados meses y, aunque hubo dificultades, finalmente lo consiguieron. Este proceso se repitió durante varios años hasta que la niña superó la edad permitida para formar parte del proyecto. Cada verano que pasaron juntos fue inolvidable para todos ellos. Todos los años la niña llegaba más alta, más guapa y hablando mejor el castellano, dado que se preocupaba durante el curso de trabajar con algunos libros, cuadernos y cintas de música que había conseguido en España.
Cuando ya no hubo posibilidad de que la niña regresase a través de la organización benéfica, los padres madrileños hicieron un nuevo esfuerzo y aún pudo volver, de manera particular y gracias a un sinfín de gestiones, un verano más, pero aquel fue el último. No obstante, siguieron manteniendo el contacto, especialmente por carta y mediante alguna llamada telefónica. Pocas, dado que este tipo de conferencias no resultaban baratas y aún no existían cosas tales como el whatsapp. Resultaba entrañable cómo, cuando se recibía en la casa de Dudichi una llamada de España, la madre biológica de la niña, que no comprendía casi el español, y la madre española, que entendía aún menos el ruso, conversaban unos segundos y acababan las dos, unidas por el amor que sentían hacia la niña, anegadas por el llanto. Más adelante los padres españoles llegaron incluso a viajar en una ocasión a Bielorrusia para volver a ver a su niña, y allí fueron agasajados por los padres bielorrusos, que no sólo sabían lo que aquellos habían hecho por su hija, sino que entendían el profundo amor que en ella se había despertado hacia esa familia española.
El tiempo fue pasando y el contacto se mantuvo, pero lógicamente cada vez fue reduciéndose más.
La chica estudió castellano, se hizo mujer y consiguió empezar a trabajar para la Embajada de Bielorrusia en Venezuela, donde vivió durante varios años, se casó y tuvo hijos. Acabó regresando a su país y no hace mucho, tres años quizá, se rencontró de nuevo con sus padres españoles en Salou, donde ella viajó de vacaciones con sus hijos y una amiga. Pudieron compartir unas horas juntos en las que recordaron anécdotas y se pusieron al día.
El nombre de la niña era Ludmila Sbovoda, aunque en casa la llamábamos Luda y es nuestra hermana pequeña. Fueron mis padres quienes, aprovechando una época en que las cosas les iban bien, nos hicieron aquel regalo.
Hace unos días, no sé muy bien por qué, me acordé de Luda colándose en mi habitación, al principio con timidez pero luego con confianza, para escuchar conmigo música española y enseñarme al mismo tiempo palabras en ruso. Uno de esos recuerdos que sin mediar motivo alguna aparecen de repente y te golpean. Me acordé también del puzzle de no sé cuantas mil piezas que hicimos juntos ella y yo uno de aquellos veranos, que acabamos enmarcando y que está guardado, con el cristal rajado por algún golpe, en el canapé de nuestro dormitorio. No se me olvida el cariño y la devoción que sentía por la que entonces era mi novia y ahora es la madre de mis hijos, Nuria. Me acuerdo de muchos detalles de aquellos veranos, pero sin duda el que más vívido se conserva corresponde a su primer año con nosotros, en concreto el día que tenía que regresar a su país, cuando no sabíamos aún si volveríamos a verla o a saber de ella alguna vez. Con mis diecinueve o veinte años yo, el mayor de mis hermanos, lloré como un niño pequeño mientras veía cómo su autobús se alejaba. En realidad creo que todos lloramos, aunque lógicamente son las mías las lágrimas que mejor recuerdo. Años después fallecerían mis abuelos y las que derramé cuando ocurrió aquello tenían el mismo sabor y textura que las que cayeron de mis ojos el día que Luda se montó en aquel autobús. Las que le ahogan a uno cuando se pierde a alguien muy querido.
Me alegra pensar que si no hubiese sido por aquellos veranos, su existencia seguramente habría sido otra muy diferente y con toda probabilidad, peor. Y albergo la certeza absoluta de que esa pequeña niña de sonrisa esperanzada que vino de la otra punta de Europa para invadir nuestro hogar, conquistó también nuestros corazones y nos cambió para siempre a todos nosotros.



La recuerdo en casa de mis padres una tarde, que no entendía ni papa de lo que intentaba decirme y era que la había gustado un bolso que me había hecho mi madre de ganchillo, se lo regale y ella me abrazo. Pues cada año cuando venía pasaba directa a mi habitación a ver que la gustaba.
ResponderEliminarCuando venía a Madrid siempre observaba con mucha atención a las mujeres de la familia: cómo os vestíais, cómo os maquillabais, cómo os peinabais, qué complementos usabais... yo creo que quería aprender de vosotras
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