¿Cuántas historias, las propias y las ajenas, hemos vivido desde el día en que abrimos los ojos al mundo? ¿Cuántas nos aguardan aún, agazapadas en las esquinas del futuro? ¿De qué manera nos forjan, nos hacen ser quienes somos?
Todos estamos hechos, no sólo de aquellas experiencias a las que el destino o nuestra voluntad nos han arrastrado, sino también de aquellas que otros nos han legado. Estamos compuestos de una amalgama de conocimiento y emociones más complejos que el ADN, un conglomerado que se ha ido consolidando con el paso de tiempo: el cálido abrazo de nuestras madres cuando éramos niños, los juegos infantiles con nuestros primeros amigos, el primer corazón que regalamos por San Valentín, la torpeza de nuestra primera vez, la incertidumbre del mundo laboral, el nacimiento de nuestros hijos, la pérdida de los seres queridos... pero también forman parte de nosotros el asombro que nos embargó al ver por vez primera una película en el cine, aquella risa que no fuimos capaces de retener cuando nuestros abuelos nos llevaron al circo, la ilusión que nos alborotaba la noche de Reyes y que a algunos nos impedía dormir, la lágrima traidora que se nos escapó viendo aquella obra de teatro o escuchando aquella canción. Somos también todas esas historias.
Yo he sido el Capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino, viajé con Jim Hawkins a La isla del tesoro, me batí en duelo en París junto a Los tres mosqueteros, recorrí Castilla La Mancha a lomos de Rocinante, me enamoré de Esmeralda como un jorobado tonto en Notre Dame y fui encarcelado en el castillo de If con Edmundo Dantés, mientras escuchaba a Enrique y Ana cantar "Amigo Félix", respondía con un "Biieeeeen" entusiasmado al "¿cómo están ustedes?" y lloraba con Pancho y Piraña la muerte de Chanquete.
Fui Butragueño en México y oro olímpico en Barcelona, estuve Solo ante el peligro, fabriqué estacas de madera para acabar con Drácula, busqué un teléfono para llamar a "mi caaaasa" y fui un Jedi en un futuro no muy lejano, al que regresé poco después montado en un DeLorean con Marty McFly y el doctor Emmett Brown. Pasé una noche en Baker Street, tomando té con el doctor Watson mientras Sherlock tocaba su violín. Tuve pesadillas con el payaso Pennywise, fui uno más de El club de los poetas muertos y me perdí en la Tierra Media buscando unos anillos. La movida madrileña le puso banda sonora a mi adolescencia. Tiempos de primeros amores, de asomarme sobrecogido al precipicio de la vida adulta.
Sobrevolé Hogwarts subido en una escoba y al día siguiente puse una pica en Flandes con el Capitán Alatriste a mi derecha, me dieron las diez, las once y las doce descubriendo a Sabina, me calcé el tricornio para acompañar al sargento Bevilacqua en sus investigaciones, recorrí Suecia ayudando al inspector Wallander a solucionar sus casos, me estremecí de emoción en dos ocasiones con la representación musical de Los Miserables en el Teatro Lope de Vega, participé en el Juego de tronos y grité a pleno pulmón los éxitos de El Canto del Loco y Estopa.
Y hubo muchas más historias que no eran mías y que olvido, pero que constituyen parte de mí. ¡Cuántas horas delante de un libro! ¡Cuántas emociones escuchando canciones! ¡Cuántas lágrimas y carcajadas delante de la pantalla de cine o la televisión, quemando VHS primero y DVD´s después!
Seleccioné la otra noche en Amazon Prime la última adaptación cinematográfica de esa legendaria historia, protagonizada en esta ocasión por Peter Dinklage, el Tyrion Lannister de Juego de tronos, y no pude dejar de emocionarme de nuevo, si bien esta versión es muy inferior, a mi parecer, a la de 1990, protagonizada por Gerard Deppardieu, de la que me empaché yendo hasta en siete ocasiones a las salas de cine cuando estuvo en cartelera y otras tanta en casa cuando salió en VHS. Ese soldado poeta, de nombre Cyrano de Bergerac, que oculta el amor que siente por su prima, Roxanne, y que no se atreve a declarar, avergonzado por esa nariz deforme a la que nadie puede referirse sin recibir una estocada de su propietario
Y este ejemplo nunca deben olvidar los burlones que se atreven
a hacer de mi nariz chacota y chanza;
sin dejarlos huir, según mi usanza,
les doy, cuando es el chusco el caballero,
en vez de suela, y por delante, acero.
Pero Roxanne está enamorada de Christian, un joven y hermoso cadete del regimiento que Cyrano comanda, y a quien su prima le encomienda cuidar para que nada malo le suceda. Es un amor correspondido, pero Christian es en apariencia sólo bella fachada, incapaz de expresar su amor en los términos que Roxanne espera. Poesía que te eleva, eso es lo que ella reclama de la vida y del amor. Lo que al joven le sobra de belleza, le falta de elocuencia. Todo lo contrario que a Cyrano. De manera que ambos combinan sus virtudes para engañar y enamorar a Roxanne.
Cesión te hago de mi elocuencia
Tú, préstame hermosura,
esa hermosura física que tantos
estragos causa en la mujer, y juntos
un héroe de novela a formar vamos.
¿Serás capaz de repetir
las frases que yo te enseñe?
Es el de Cyrano, en fin, un amor llevado a las más extremas consecuencias, incluso tras la muerte de Christian en la guerra. Aquel amor en el que no hay nada más importante que la felicidad del ser amado. El sacrificio de Cyrano, al que durante más de dos décadas se somete, me conmovió en su momento profundamente y sigue haciéndolo. La escena final, la muerte de Cyrano, le hace por fin justicia cuando sus sentimientos son revelados en presencia de Roxanne.
¡Ah! Mis recuerdos...
¡Un mundo hecho pavesas que renace!..
¿Por qué?¿Por qué ocultasteis tanto tiempo,
Cyrano, vuestro amor,
si estaba escrito por vos ese billete,
si era vuestro ese llanto?
Es la muerte de Cyrano, en la versión de Gerard Deppardieu, la escena que más veces me ha hecho derramar lágrimas, sobre todo de admiración, hacia esa figura que, durante mi adolescencia, simbolizó unos valores que quería me representasen. No es de extrañar que aquella historia me emocionase de esa forma. Tenía yo diecisiete años, tonteaba con la poesía y era terriblemente enamoradizo. El hecho además de que los diálogos de la película se declamasen en verso también ayudó, ya que yo me pasaba por entonces horas y horas divagando sobre pareados, estrofas y rimas.
Y aunque esta última versión del sublime Cyrano no es ni de lejos la mejor, ahí estaba yo la otra noche, sonándome los mocos y secándome las lágrimas una vez más, preguntándome qué queda en mí, si algo queda, de aquel adolescente que enmudecía de emoción ante ese soldado deforme que tan profundamente era capaz de amar. Y la única conclusión cierta a la que llegué fue que, dentro de treinta años, cuando sea un anciano que ya viva para quitar el polvo a sus recuerdos, mi historia favorita seguirá haciéndome sentir joven de nuevo.



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