domingo, 27 de noviembre de 2022

Lo que la cancha nos da: amigos en todas las plazas

Cuando de Lo que la cancha nos da se trata, mantener a raya al padre que habita en mí se convierte en una tarea muy exigente. Reconozco que la temporada 2015-2016 nos hizo vivir situaciones que un año antes no podíamos ni imaginar, que fue un año de grandes éxitos y enormes alegrías y que el orgullo que sentí durante aquellos meses resulta difícil de acallar. Pero me he obligado a mí mismo a revisar y escribir de nuevo esta entrada, ya que me había dejado llevar y lo que estuve a punto de publicar hace un par de días no era coherente con la línea y los objetivos que me propuse al iniciar esta serie.  Y para evitar que se me vuelva a ir de las manos, adelantaré los titulares sobre los que el forofo que hay en mí pretendía parlotear y pavonearse para así poder centrarme en lo que, con la perspectiva que dan los años transcurridos, me parece realmente importante de aquel curso.

Sergio fue Campeón de Madrid de Clubes.
Sergio fue Campeón de España de Selecciones Autonómicas.
Sergio recibió llamadas de varios clubes, entre ellos al Real Madrid, al finalizar la temporada. 

Comentados por lo tanto los logros de antemano, dejadme contaros lo que vivimos aquel año, el primero en Alcorcón Basket, que fue mucho y que, por lo tanto, exigirá que me extienda un poco más de lo que acostumbro en este blog.

Nuestra llegada supuso un acontecimiento muy especial en nuestro hogar, sobre todo para Sergio, que brincaba de alegría por poder entrenar con los que, gracias a las jornadas de la Federación, ya eran sus amigos. Cumplía un sueño y esa ilusión se ha mantenido viva desde entonces y tengo la certeza de que lo hará durante mucho tiempo más. En el caso de Marcos, como ocurre casi siempre a los siete años, cualquier aventura es bienvenida y aquella le tenía expectante y un poco nervioso, ya que iba a tener ficha en Benjamín de primer año, si bien por edad aún no le correspondía federarse. En cuanto a nosotros, estábamos contentos de verles tan emocionados y comenzábamos a entender, gracias a las conversaciones que manteníamos con otros padres y entrenadores que llevaban más tiempo en el mundo del baloncesto de cantera, dónde nos estábamos metiendo.


La de Alevín de segundo año, si estás federado y formas parte de un club importante, puede ser para cualquier chaval una experiencia inolvidable. No sólo tienes la oportunidad de estar en la lucha por las medallas del Campeonato de Madrid, sino que por ser el último año de categorías Mini, se celebra a nivel nacional, habitualmente en San Fernando (Cádiz), el Campeonato de España de Selecciones Autonómicas. Aunque los retos que afrontaríamos esa temporada eran emocionantes, la sensación que pervive años después es que vivimos aquella temporada con la tranquilidad que proporciona hacerlo rodeado de amigos a los que empiezas a conocer y aprendes a querer. No sólo ves que tu hijo los tiene, sino que tú, allá donde vas, también los haces.

A nivel de club, partíamos como grandes favoritos para revalidar el título, pero la estrella del equipo, Juan Núñez, se había marchado al Real Madrid y era una incógnita ver cómo se ajustaba el equipo tras su salida y la incorporación de Sergio, que tenía un perfil muy diferente. El equipo contaba con Javier Menéndez, uno de los mejores entrenadores de categorías inferiores de la Comunidad, ahora impartiendo cátedra en Las Rozas, que mantenía una relación espectacular con los chicos, lo que contribuyó favorablemente a la adaptación de Sergio. Alternábamos los partidos y entrenamientos del equipo con los compromisos, cada vez más frecuentes, de la Federación. Ya no se hacía referencia a esas llamadas como Jornadas de Formación, sino directamente como convocatorias de la Selección de Madrid. De aquel centenar de niños que acudían a los primeros entrenamientos, el seleccionador, John Paul Turner, había ido descartando chavales y ya únicamente quedaban dieciocho, de los que tan sólo doce podrían acudir a Cádiz en Semana Santa. Aunque ninguno de los padres de esos críos queríamos subirnos a una nube en la que no teníamos muy claro si nos correspondía flotar, vivíamos todos pendientes de la siguiente publicación en la web de la Federación, donde confirmábamos cada semana si nuestros hijos continuaban. Era inevitable. Cuando se producía un descarte, la sensación era muy agridulce, ya que la relación entre todos nosotros era fantástica y nos dolía por el niño que se quedaba fuera, aunque lógicamente también nos alegrábamos de que el nuestro continuase apareciendo en aquella lista.

Mientras, en la liga íbamos dando tumbos. Era evidente que el resto de equipos habían mejorado mucho y que todos querían ganar al campeón. Disfrutábamos como enanos a pesar de todo. No olvidemos que veníamos de un equipo en el que nos ganaban cada semana por al menos cincuenta puntos y ahora competíamos entre los mejores de Madrid. Además, la sintonía con las familias y el staff del club era total. Sentíamos que éramos uno más en la familia Alcorcón Basket. En cuanto a Sergio, se estaba convirtiendo en un jugador que, por físico, asustaba a cualquier defensa. No tenía el talento de otros, pero la canasta mini se le quedaba pequeña y era espeluznante la manera  en que la reventaba con sus mates (pequeña concesión al orgulloso padre). Y por último estaba lo más enriquecedor de toda esta experiencia: jugabas en Magariños y allí te encontrabas a Jesús Navarro, a su hermano pequeño, con quien Marcos hizo alguna que otra travesura, y a sus padres; te desplazabas a Tres Cantos y te encontrabas con Gonzalo Díaz y familia; en Estudio, estaban los Rosón; en el colegio Brains, los Gadea. Y así por todos los campos. Amigos en todas las plazas. Los rivales no eran tales porque eran también compañeros. Y claro, aplaudías las canastas que esos chavales te metían como si jugasen en tu propio equipo y luego te tomabas una cerveza con sus padres fuese cual fuese el resultado. Por supuesto, eso que no falte nunca.

La temporada fue avanzando y era una locura organizarnos en casa logísticamente para llegar a todo. Pero sarna con gusto pica menos, así que ahí nos veías a los cuatro los fines de semana y puentes, con nuestro vieja Picasso, de Móstoles a Alcorcón, de Alcorcón a Cantoblanco, de allí a Alcobendas, Fuenlabrada o donde tocase y entre medias un bocata o una hamburguesa. Y a medida que se acercaba la Semana Santa más y más horas y kilómetros.

La primera gran alegría que recibimos aquella temporada nos la dieron alrededor de la última semana de febrero: finalmente Sergio representaría a Madrid en el Campeonato de España de Cádiz, era uno de los elegidos Teníamos desde hacía tiempo reservado hotel y apalabradas las vacaciones en los trabajos, no porque tuviésemos la seguridad de que llegase a ser seleccionado, sino porque, lo fuese o no, era nuestra intención viajar para apoyar a los chicos que finalmente representasen a Madrid. Así de intenso había sido el flechazo que el baloncesto nos había clavado y así de fuertes eran los lazos que se habían creado entre las familias de todos los chicos. Se quedaron fuera de aquel grupo auténticos fenómenos, como Eneko López, compañero en Alcorcón, una baja que lamentamos especialmente por la inmensa calidad del chaval, que ya nos había maravillado un año antes al lado de Juan Núñez en aquella final que presenciamos en Getafe, y por el aprecio que les teníamos a él, a su hermano y a sus padres. Pero no había tiempo para lamentaciones, los entrenamientos ya eran concentraciones muy serias y de una gran exigencia, el torneo estaba a la vuelta de la esquina.

¿Cómo explicar aquella experiencia en Cádiz? Es muy difícil, incluso para quienes lo vivimos en primera persona. En primer lugar, el ambiente. Si aún no nos habíamos enganchado al baloncesto, lo hicimos allí. Abducidos de por vida. Unas instalaciones sensacionales con las gradas llenas de público de toda España, animando a sus equipos, sí, pero aplaudiendo a los rivales y celebrando con sus familias aquel momento que era mágico para nuestros hijos. Hubo excepciones, claro, siempre hay exaltados. Recuerdo, por ejemplo, algún desencuentro en la fase de grupos con la afición canaria, pero las espadas estaban en todo lo alto en aquel partido que finalmente ganamos y puede excusarse algún comportamiento poco apropiado. Las jornadas en Cádiz transcurrían entre paseos, cervezas y comidas hasta que llegaba el momento del día que todos esperábamos, aquel en que los chavales saltaban a la cancha.

¡Qué selección tan potente llevábamos aquel año! Juan, ahora en la Selección española y jugando en un club de Alemania para poder disfrutar de los minutos que en el Real Madrid, donde se prioriza al jugador extranjero, no iba a tener; Baba Miller, ahora en Florida preparando su salto a la NBA; Sediq Garuba, hermano de Usman (Houston Rockets), jugando ahora en Cartagena. Aquel equipo no sólo era una auténtica maravilla dentro de la cancha, sino también fuera de ella. Llegamos a la final sin demasiados apuros, aunque Canarias en la fase de grupos y Andalucía en las semifinales obligaron a los chicos a dar lo mejor de sí mismos. Y llegó la gran final ante el eterno rival: Cataluña. El ambiente era festivo y, aunque la envergadura del partido nos tenía auténticamente revolucionados, también nos pesaba que aquello estaba a punto de terminarse, que al día siguiente, bien temprano, tendríamos que acudir en Madrid a nuestros respectivos puestos de trabajo. No habría tiempo siquiera para celebrarlo como es debido en caso de que ganásemos. La salida al campo de los chicos, la presentación de los jugadores, las gradas repletas... no diré más, está todo en Youtube para quien quiera revivir aquel encuentro. Fue un partido complicado dado que empezamos nerviosos y un poco impresionados por el escenario, y de hecho nos fuimos al descanso perdiendo. Pero a base de remar y remar, rebasamos en la segunda a Cataluña y terminamos venciendo con claridad. ¡Campeones de España! No se me olvidará la alegría de los chicos al pitar el árbitro el final del encuentro, del Campeonato. ¡Cómo saltaban y se abrazaban aquellos enanos de once años! Tampoco se me olvidarán las lágrimas y la tristeza de los chicos catalanes, que habían hecho un torneo increíble y que, como suele ser costumbre en este deporte, aplaudieron con deportividad a nuestros chicos cuando estos celebraron en el centro del campo aquella victoria. No olvidaré tampoco el abrazo que me di con Julio, el padre de Gonzalo, uno de los compañeros de Sergio, aguantando como podíamos los dos las lágrimas de orgullo que pugnaban por escaparse. Más allá de la experiencia que nosotros vivimos en primera línea, si sois aficionados al baloncesto y no tenéis planes en Semana Santa, viajad a Cádiz para presenciar este espectáculo fantástico en el que los valores de este deporte te tocan el corazón.




Volvimos a Madrid en una nube, pero la temporada de clubes entraba en su fase definitiva: los playoffs. Sergio estaba que lo tiraba, llegaba con las pilas cargadas de energía e ilusión, y el equipo, que había andado tambaleante durante la liga regular, parecía también preparado para afrontar el reto. El camino hasta las semifinales fue bastante plácido, pero allí nos esperaba el gran favorito para arrebatarnos el título: Estudiantes, con quien habíamos jugado ya en dos ocasiones ese año, con una victoria para cada equipo. El primer partido se disputó en Alcorcón y fue un encuentro igualado y reñido. No sólo era importante ganar, sino que había que intentar hacerlo por una diferencia que el rival no pudiese recortar en Magariños al día siguiente. Logramos la victoria aquel día por once puntos. Sabíamos que si ganábamos esa eliminatoria, el título de campeones de Madrid era casi nuestro. Pero todo se torció aquel domingo, nada salió bien y nos llevamos el golpe más duro que aquella temporada recibiríamos: 75-31 para Estudiantes. Ellos a la final, que ganarían, y nosotros a la lucha por el tercer puesto, que, aún dolidos por la derrota ante los estudiantiles, perderíamos.


Había sido una temporada fantástica, jugando finales, luchando por las medallas, ganando un Campeonato de España... pensábamos que más allá de los entrenamientos, el curso había terminado, pero no, a Sergio le quedaba aún otra alegría que meter en su mochila y un título todavía por disputar.

Goyo, el entrenador del Preinfantil (chavales con un año más que Sergio), había convocado en alguna ocasión a nuestro hijo para entrenar con ellos e incluso había jugado un partido de liga recién llegados de Cádiz. Este equipo también había llegado a las semifinales de su categoría y, para nuestra sorpresa, Sergio fue convocado tanto en las semifinales, que se ganaron, como en la final contra Coslada. En esos partidos Sergio tuvo minutos e hizo un papel digno, siempre mostrando sus ganas de mejorar y un sentido de la responsabilidad admirable. Y se consiguió. ¡Campeones de Madrid! Aunque el suyo había sido un papel menor en aquel logro, estaba radiante con su medalla de oro al cuello. Había sido para él una temporada que nunca podrá olvidar.

Y sí, llegó la llamada del Real Madrid, que ya intuíamos porque el club blanco todos los años procede de la misma manera. No tienen equipos en categorías minis, pero están muy pendientes de todos los equipos y, sobre todo, de los componentes de la Selección, durante ese último año de canasta pequeña. Acostumbran a llamar a todos sus integrantes y ofrecerles jugar en Infantil con la camiseta blanca en Valdebebas.

Vamos a ver, que nosotros hacía un año no teníamos ni idea de baloncesto, jugábamos en el Móstoles, que era uno de los equipos más flojos de Madrid, y salíamos de vivir una temporada vibrante. Nos merecíamos un descanso, pero tardó en llegar. Semanas de conversaciones con el Madrid, con nuestro club, con amigos y sobre todo, de alcoba. Nos tentaba la idea de que se vistiese de blanco y, aunque Valdebebas nos quedaba en la otra punta de Madrid, nos habían garantizado que de lunes a viernes sería el propio club quien se encargaría del transporte. Además, algunos padres nos advertían de que el Real Madrid sólo te llama una vez. Que no podíamos dejar pasar aquel tren. Por otro lado, no terminábamos de ver a Sergio preparado, ni mental ni técnicamente hablando, para lo que supone jugar en un club así. Nos preocupaba que algo que estaba resultando tan especial, se torciese. Así que acordamos, tras ponerle sobre la mesa los pros y los contras de la manera más objetiva posible, que fuese él quien tomase la decisión. A veces nos han preguntado por qué Sergio dijo que no aquella vez y yo creo que fue por lo que sintió al llegar a Alcorcón Basket, no quiso darle la espalda a todo lo que allí se le había dado. Su decisión sorprendió a todo el mundo, especialmente a las familias de la Selección que no habían dudado ni un momento a la hora de elegir y, por supuesto, al Real Madrid, que no estaba acostumbrado a recibir un no por respuesta. Pero el caso es que Sergio continuaría en Alcorcón.


Y mientras, ¿qué pasó con Marcos aquella temporada? Parece que sólo tengo letras para Sergio, pero es que del pequeño hubo poco que comentar aquel año y, sin embargo, mucho en los siguientes.  La temporada con su equipo (recordad que jugaba con niños un año mayores que él) no tuvo a nivel colectivo gran relevancia, pero a nivel individual no desentonó y las herramientas que adquirió jugando en una categoría superior, le permitirían ser uno más de la magnífica generación de 2008 que se incorporó al club al año siguiente. Así que no os preocupéis, que tiempo habrá en futuras entradas para narraros las hazañas y desventuras de nuestro pequeño gran campeón.

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