Ando estos días deleitándome con La llama de Focea, la última aventura que Lorenzo Silva ha imaginado para mi admirado Bevilacqua y hay una frase, muy en la línea de lo que yo comentaba en una de las primeras entradas de este blog, Tienen que dejar de ser niños, que ha hecho que mi memoria retroceda casi veinte años y recupere a aquellos padres primerizos que en su día fuimos y que ocupábamos la mayoría de nuestras tardes sentados en un banco del parque, supervisando los primeros juegos de nuestro hijo mayor, cuando todavía era él quien tenía que alzar la vista para hablarnos y no a la inversa, como ocurre ahora.
Siempre va así. Hay que dejar que el cachorro se estampe. Y darle un mapa para salir.
Me veo entonces, con más pelo y menos certezas que ahora, intentando retener a Nuria cada vez que Sergio se subía, con esa torpeza propia de quienes aún no se han congraciado con sus cuerpos, a un columpio o a un tobogán, o cuando algún otro niño, con cara de futuro delincuente se acercaba con andares intimidatorios al nuestro, que era más inocente que el día de la madre. Y, aunque con palabras distintas a las que utiliza Vila en el libro, yo intentaba hacerle entender a Nuria, que como buena madre que es no me hacía caso la mayoría de las veces, que es crucial que el niño aprenda por sí solo que, cuando uno se sube a ciertas alturas, corre el riesgo de caerse o que de algunos individuos es mejor apartarse. Dejar, en definitiva, que el cachorro se estampe. Pues depende de la ostia que se pueda dar, argumentaréis algunos, y admito, con la experiencia acumulada con los años, que tenéis razón, que a veces hay que ahorrarles el castañazo.

Durante los casi diecinueve años que en unos meses celebrará nuestra paternidad, han sido numerosas las veces en que, como dos placas tectónicas desplazándose una contra la otra, mi deslumbrante media naranja y yo hemos colisionado aparatosamente en los parajes de la educación casera. Definir dónde dibujamos la línea que separa nuestra obligación natural de proteger a la camada y la necesidad de que aprendan por ellos mismos la inconveniencia de ciertos actos y actitudes es todavía hoy, aunque con menor frecuencia, motivo de conflicto. Porque la cosa, lógicamente, no terminó en aquel parque, ni mucho menos; aquella era sólo una de las muchas pruebas que afrontamos como padres durante la educación de nuestros hijos y que, mal que nos pese, se nos seguirán presentando incluso cuando estos sean ya entes autónomos e independientes. No sólo cuando existe un riesgo físico para nuestras criaturas, sino también en situaciones del día a día en que se ven obligados a tomar decisiones. Que si ir con esos amigos no puede ser bueno para él, que si sale por la noche es inevitable que un día beba, que si no aprecian el valor del dinero, etc. Pero, al menos en nuestro caso, hemos aprendido a escuchar los argumentos que la otra parte pone sobre el tapete con menos soberbia y una mente algo más abierta. Yo no creo, como dice el dicho, que dos personas que comparten colchón se vuelvan de la misma opinión, pero sí que doy fe de que las posturas se acercan y las distancias se acortan. Las consecuencias de las posiciones mantenidas y defendidas durante tantos años te hacen también volverte menos osado y mucho más prudente: que el cachorro se haya roto una pata cuando no intervenías porque "tiene que aprender a caer antes que aprender a volar", o lo contrario, que le hayan dado gato por liebre una vez más porque en su momento no permitiste que aprendiese aquella lección por miedo a...
Pero lo más importante, lo que siempre debemos asegurarnos de poner a su alcance para cuando se pierdan -que lo harán- es el mapa que les ayude a encontrar la salida. Es nuestra principal obligación proporcionarles, siempre y en cualquier circunstancia, las herramientas y mecanismos necesarios para encajar los golpes que recibirán y para aprender de sus errores. Que sean capaces de caminar por la vida con seguridad y que dispongan de recursos suficientes para levantarse cuando tropiecen.

Hay que dejarles equivocarse, incluso cuando somos capaces de anticipar desde nuestra atalaya, a la que la experiencia y nuestros propios trompazos nos han llevado, los errores que van a cometer. Deben saber que estamos ahí, incluso cuando el orgullo les impida aceptar nuestra ayuda. Pero por si no estamos o dejamos de estar, serán los valores que les hayamos inculcado quienes les guiarán por el camino correcto. La comunicación es en este sentido un arma que nunca debemos dejar de emplear en la convivencia con nuestros hijos, debemos cuidar cada momento en que ellos estén dispuestos a conversar más allá del "¿qué hay para comer?", "déjame en paz" o "dame la paga". Podemos estar cansados, por nuestra cabeza pueden estar pululando como gusanos cientos de preocupaciones, puede quizá que nos sintamos enfermos o tengamos dolores, pero, como padres que somos, debemos apartar a un lado nuestros problemas y temores cuando ellos decide contarnos cómo les ha ido el instituto o el entrenamiento, cuando nos den una tregua en esa batalla que todo adolescente emprende contra sus progenitores. Porque ese instante es una oportunidad de mostrarle los golfos y cordilleras de la geografía humana por la que su vida transcurrirá, de transmitir lo que la vida nos ha enseñado por si les fuese de utilidad.
Debemos tener presente, no obstante, y me permito aquí recuperar de nuevo a Bevilacqua, que "los tiempos cambian y no existe garantía de que los aprendizajes antiguos conserven alguna vigencia". No lo sabemos todo. O puede que lo que sabemos, ya no valga. No tenemos la verdad absoluta, debemos escucharles, intentar entenderles y adaptar nuestro discurso a su realidad. Y aún así, no lo olvidemos, seguiremos sufriendo porque siempre nos parecerá que el cachorro camina por la cuerda floja y en todo momento correrá el riesgo de estamparse. Asumámoslo.
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