Retomo esta serie de entradas, titulada Lo que la cancha nos da, con el propósito sincero de que no se convierta en una descripción de los éxitos de mis hijos en el mundo del baloncesto -de los que obviamente me siento muy orgulloso-, sino en un testimonio los valores y beneficios que el deporte en general y el baloncesto en particular nos aportan, sobre todo cuando somos niños. Advierto, no obstante, que el padre está el acecho y que en ocasiones este modesto cronista no podrá evitar que aquel tome el control. Por favor, aceptad mis disculpas de antemano.
Arrancábamos la temporada 2014-2015 completamente desubicados. Desconocíamos dónde nos metíamos ni cómo funcionaba esto de la Federación de Baloncesto de Madrid. Sabíamos que la categoría a la que Sergio pertenecía era Alevín de primer año, pero ignorábamos si el Ciudad de Móstoles era un club puntero o si por el contrario era el último de la fila. Después de tres partidos descubrimos que, al menos en lo deportivo, íbamos a andar por la parte más baja de la clasificación. Pero también empezamos a empaparnos de un ambiente diferente al del fútbol: mayor solidaridad entre los padres, un hondo respeto por los rivales y un reglamento dirigido a la inclusión. Tanto Sergio como nosotros empezamos a hacer amigos, él en la pista y nosotros en la grada.. Y ya os adelanto que eso es lo más valioso que la cancha nos iba a dar a todos durante ese y los años venideros. Amigos. Muchos. Por todo Madrid.
En la mayoría de los partidos nos cerraban marcador. Para los profanos, cuando un equipo va ganando a otro por cincuenta puntos, se dejan de contabilizar las canastas. A esto se le llama "cerrar marcador". La norma se aplica en categorías Mini (Benjamín y Alevín) y persigue ahorrar a los niños el sentirse humillados. Y ahí estábamos, con marcadores adversos de 76-25, 61-11 o incluso algún 51-0. Un desastre. Y sin embargo, para nuestra sorpresa, no lo era. Los chicos seguían saliendo contentos de los partidos e iban animados a los entrenamientos. Los resultados eran lo de menos. La semilla del baloncesto estaba ya sembrada.
A pesar de nuestra declarada ignorancia en lo que al baloncesto se refiere, nos dimos pronto cuenta de tres cosas a base de comparar lo que Sergio y los demás niños hacíam o no en la cancha: sufría graves carencias en el manejo del balón, las compensaba con un físico privilegiado y quería más. No se cansaba de baloncesto, estaba hambriento. El afán de superación y mejora es un factor común entre todos aquellos que aman un deporte. Es inspirador ver cómo se levantan y vuelven a intentarlo aunque las cosas no les salgan o no vayan bien. Y ese es un aprendizaje vital que el deporte nos proporciona a todos y que es recomendable trasladar a todas las facetas de la vida.
Un día el entrenador, creo que era Koke - ahora trabajando con los niños de Fuenlabrada - se nos acercó y nos dijo que a Sergio le habían convocado para las Jornadas de Formación de la Federación que se iban a celebrar ese fin de semana en Buen Consejo. Una vez más, desconcierto, ignorancia y sorpresa. Ni siquiera sabíamos a qué se refería con Buen Consejo. ¿En qué consisten esas Jornadas? ¿Qué implican? ¿Eso es bueno?
Nuevamente el destino nos estaba dirigiendo hacia el interior del corazón del baloncesto de cantera en Madrid. Porque aquello era otro nivel. Imaginaros un pabellón deportivo enorme con alrededor de un centenar de niños de once años, de todos los pelos y pelajes, correteando por la cancha. Un caos, ¿verdad? Pues no. En diez minutos estaban todos organizados en grupos realizando diferentes tipos de ejercicios bajo las indicaciones de los entrenadores. El orden y la disciplina parecían propias de un cuartel, pero con risas en vez de gritos y palabras de ánimo en lugar de los habituales insultos del sargento chusquero de turno.
A nosotros nos preocupaba que a Sergio le superase la situación, que no se sintiese cómodo. Pero no tardó en empezar a hablar con unos y otros, de Alcobendas, Fuenlabrada o Alcorcón mientras cumplía las órdenes de los entrenadores con responsabilidad y seriedad.
La experiencia, que se repetiría en numerosas ocasiones (tantas que el coche ya casi iba solo a Buen Consejo), fue maravillosa, iniciática. Nuestra vida empezó a girar en torno a un balón de baloncesto. Y aún no ha parado.
La temporada, quitando las convocatorias de la Federación, a las que cada vez acudían menos niños por decisión técnica, fue apacible. Ciudad de Móstoles resultó ser un club ideal para que Sergio empezase. Por logística en primer lugar, pero también por el músculo formativo del club. A pesar de llevarse fenomenal con sus compañeros y con los técnicos, la relación que Sergio había empezado a construir en la Federación con niños de Fuenlabrada y sobre todo de Alcorcón era espléndida, y ya había expresado su interés en cambiar de equipo el año siguiente. Nosotros aún lo estábamos valorando cuando nos dijo que quería ir a ver la final de la categoría del Campeonato de Madrid, que disputaban Alcorcón Basket y Ricopia Alcalá.
Fue allí, en Getafe, viendo ese partido, donde Nuria y yo tomamos la decisión que nos haría entrar a formar parte de la que a partir de la temporada siguiente iba a convertirse en nuestra segunda familia: Alcorcón Basket.
En Alcorcón Basket había cuatro o cinco chicos que ya conocíamos de la Jornadas de Formación, y con cuyos padres ya habíamos mantenido en grada alguna conversación al ver que Sergio se relacionaba mucho y bien con ellos, pero brillaba con luz propia un chaval zurdo con una visión de juego y un control del tempo del partido increibles para un niño de 10 años: Juan Núñez. Bajo un calor asfixiante y rodeados de cientos de seguidores de ambos equipos, alucinamos viendo la clase magistral que impartió aquel día. Estaba bien acompañado: Abel Delicado, Harold Santacruz o Eneko López, chavales que en los años venideros iban a darle al baloncesto madrileño, para mayor orgullo de su club de procedencia, grandes éxitos, pero lo de Juan fue increíble.
Ganó Alcorcón Basket aquel partido y se proclamaron Campeones de Madrid de la categoría. Cuando salieron del pabellón Sergio se acercó a ellos para felicitarles y, viendo la sintonía que entre todos ellos había, supimos dónde iba a jugar la temporada siguiente.
P.S. Junto a nosotros, en la grada, había una personita de siete años que, eclipsado por el espectáculo, disfrutaba y absorbía todo aquello entre gozoso y alucinado: Marcos, el pequeño de la casa, para quien también habría el año siguiente una camiseta en Alcorcón Basket y que nos daría -espero también contarlo en próximas entradas- grandes alegrías en ambientes como aquel.
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