viernes, 18 de noviembre de 2022

Mi padre, el Patachula

No puedo escribir sobre mi madre y no hacerlo también sobre mi padre. Son un todo, indivisible e inseparable, siempre leales a la reflexión de Saint-Exupery sobre el amor que preside el salón de su casa: "amar no es mirarse uno en los ojos del otro, sino mirar siempre juntos en la misma dirección". Pero sus vidas y la manera en que cada uno las ha vivido tienen su propio latido. Y la de mi padre, a pesar de haber estado aderezada con inesperados giros de guión, siempre ha gozado de un palpitar pausado y sereno, cincelado por las enseñanzas de su padre, mi abuelo, analfabeto hasta que sus hijos le enseñaron a escribir y leer y que, sin embargo, basándonos en los recuerdos que de él conserva, fue un excelente maestro en el arte de la vida. Rememora nostálgico las pruebas a las que mi le sometía de niño, cómo le enfrentaba al frío o al hambre para que no sufriese al tener que convivir con ambos, las preguntas con las que le aseteaba tras la misa dominical y que le obligaban a preguntarse a sí mismo el por qué de las cosas.

Es Jesús, mi padre, un hombre pequeño, pero de una grandeza de espíritu y una loable capacidad de superación. Allá donde otros vieron obstáculos, él, que tenía una fe inquebrantable en sus sueños, siempre vio oportunidades y retos. Siempre los encaró con humildad pero con convicción, mirando a los ojos y con pocas palabras, pero con actos que valían más que cualquier discurso.

Su infancia la vivió en uno de esos muchos pueblos de España donde los ecos de la posguerra resonaron durante más tiempo que en las grandes ciudades, Morata de Tajuña, a la que ya he dedicado un par de entradas y alguna más que llegará tarde o temprano. Fue el segundo de los ocho hijos que trajeron al mundo mis abuelos, repudiados por la sociedad al considerar la suya una relación inaceptable entre miembros de estratos incompatibles: ella, hija de un matrimonio con tierras y con una buena posición social; él, el mozo de mulas de la familia. Aquello fue un escándalo que provocó la ruptura familiar y que a mi abuelo se le cerrasen todas las puertas laborales en el pueblo. Pero se quedaron y batallaron, malviviendo y pasando mucha hambre, hasta el punto de que mi padre vivió los tres primeros años de su vida en una cueva, etapa de la que guarda muy vagos recuerdos. Cuenta también, como ejemplo de las vicisitudes que les asolaban y para explicar de paso su fobia hacia las judías, que eran tan grandes los esfuerzos que sus padres hacían para poner en la mesa algún alimento que llevarse a la boca, que un día vomitó las que en el plato le habían servido y que mi abuelo, desesperado porque no sabía cuándo podría traer algo más a casa, le obligó, cinturón en mano, a comerse lo que su cuerpo, desagradecido, había arrojado. Setenta años después, con tanto ya en la mochila, Jesús justifica ahora el comportamiento de mi abuelo, al que no guiaban la crueldad o la tozudez, sino el amor por sus hijos y posiblemente el miedo a que alguno se le muriese de hambre.



A los cuatro años, y a causa posiblemente de las carencias y penurias, contrajo la polio y quedó cojo de la pierna derecha, recibiendo un apodo que, aunque durante años le hirió y le hizo sentirse inferior, no permitió que le lastrase: Patachula. Siguió adelante, siempre hacia adelante, aceptando lo que la vida le daba y sin esperar nada extraordinario.

Recuerdo que cuando era yo niño, tal vez once o doce años, jugábamos al tenis. Al principio, a pesar de su cojera, casi siempre me ganaba. Me asombraba cómo se desplazaba por la pista para llegar a las bolas que yo le lanzaba, corriendo a contratiempo, pero sin tropezar nunca. Cuando empecé a superarle, nunca me resultó sencillo alcanzar la victoria. Luchaba siempre, hasta el último punto. 

Sentía Jesús que había un mundo más grande ahí fuera y el pueblo se le antojaba una prisión de la que deseaba huir, así que, en busca de nuevos horizontes, se trasladó a Madrid siendo muy joven, y allí aprendió, enfrentado a la soledad y al desarraigo, lo que un emigrante siente al llegar a otro país, sin nada más que una maleta cargada de ilusiones y proyectos. Ingresó en el Hogar del Empleado, residencia donde acogían a aquellos jóvenes procedentes de los pueblos que buscaban un futuro diferente, mejor,  y procuraban para ellos alojamiento, cena y un bocadillo de sobrasada por las mañanas. Se terminó afiliando a Hermandades del Trabajo, donde adquirió herramientas que le ayudaron a integrarse en aquel mundo tan diferente y donde, poco a poco, se fue formando la pandilla de amigos que todavía hoy, cada dos o tres meses, se reúne en casa de unos u otros para compartir y recordar.

Bajo la tutela de esa organización, viajó en 1967 a Sudamérica como misionero laico para ayudar en lo que pudiese a las familias necesitadas, enseñándoles contabilidad, entre otras cosas, dado que había dado muestras de ser hábil con los números. El contraste entre el régimen dictatorial y católico que sometía a España y la libertad sexual que reinaba en aquellos países supuso un impacto tremendo para él. Cuenta de aquella época cómo tenía que revisar por las noches cada habitación de los albergues en los que se alojaban para asegurarse de que ninguna nativa se hubiese escondido con la doble intención de mejorar la raza y quién sabe si conseguir una vida mejor en el viejo continente.

Conoció Lima, Bogotá y finalmente Barranquilla, donde el destino quiso zarandear nuevamente su vida: ayudando a una mujer a subir a un autobús, se cayó y las ruedas del vehículo pasaron sobre su pierna mala, aquella en la que la polio había dejado secuelas y que le había granjeado en el pueblo ese apodo tan poco afortunado de Patachula. Ante la posibilidad de que le amputasen la pierna, regresó a España, donde fue operado por un médico que le pudo salvar la extremidad e incluso, según cuenta, dejársela mejor de lo que antes la tenía.


Barranquilla, años 60

A pesar del cariño con que su familia le atendía, el pueblo le recibió como el soñador fracasado que regresa, con el rabo entre las piernas, al lugar que le correspondía. Se sentía solo e incomprendido allí hasta que apareció en su vida mi madre. Fue un milagro, según relata, que "el paleto cojo y acomplejado" fuese correspondido por aquella mujer "bella, culta y cariñosa". Marisol procedía de una familia de clase media tirando para alta, había recibido una formación mucho más completa que él y en efecto, por lo que las fotografías de aquella época revelan, era muy guapa. Posiblemente Jesús pensó que no merecía tener tan buena suerte.

El resto del viaje de aquella pareja no fue un camino de rosas. Atravesaron dificultades económicas durante muchos años, pero el amor nunca se quebró y consiguieron sacarnos adelante a mí y a mis hermanos sin renunciar nunca a los valores que compartían y a base de realizar grandes sacrificios. Cuenta mi madre que, cuando yo tenía seis años, le pregunté:

- ¿Estás segura de que papá viene a dormir a casa por las noches?

Lo hacía, claro, pero se marchaba al alba y regresaba cuando ya dormíamos, pluriempleado como estaba para alimentar a aquellas fieras. Mi madre, sin formación en costura, aprendió mediante revistas y patrones a confeccionar la ropa que usábamos, ya que el dinero no llegaba para atender las necesidades de una familia con cuatro hijos en la que sólo mi padre trabajaba.

También disfrutaron tiempo después, siendo nosotros adolescentes, de unos años de bonanza económica bajo cuya protección no quisieron acomodarse en exceso. Sí aprovecharon que el viento soplaba de cara para compartir su buena suerte con aquellos que más podían necesitarlo, pero esa es otra historia que será contada en su momento. Acertaron al no confiarse dado que en la recta final de su vida laboral regresaron los apuros al quedarse en el paro pocos años antes de jubilarse. También superaron ese obstáculo. Confiesa mi padre, mirando hacia atrás, que su vida laboral fue otro milagro: "sin estudios ni idiomas, dando traspiés por trece empresas, al final llegué a dirigir una multinacional, aunque luego viniesen el paro y las estrecheces de los últimos años".

Ya jubilado, o a punto de hacerlo, pudo regresar a Sudamérica, saludar a los amigos que allí dejó y mostrarle a mi madre aquellos parajes exuberantes que le maravillaron cuando era joven y cuya descripción -intuyo- le fue de utilidad para conquistar durante su noviazgo a aquella mujer que el destino puso en su camino. 

Su vejez está siendo moderadamente tranquila, viendo a sus hijos formar sus familias y a sus nietos crecer. Siempre está ahí, a sus setenta y seis años, no sólo para acompañar a mi madre por esos "inhóspitos senderos" a los que hice referencia cuando conté su historia y por los que nunca dejaría que se adentrase ella sola, sino también para traer y llevar a Sergio y Marcos a sus entrenamientos, jugar al fútbol con su nieta Inés o afrontar cualquier aventura que le propongan los dos más pequeños, Claudia y Joaquín.

Sé que son muchas las anécdotas y las historias que podría contarme, están todas ahí, dentro de su cabeza. De su infancia, de sus viajes, de su noviazgo... Ando animándole a dejar testimonio escrito de una vida de lucha y superación como la suya y ahí está el hombre, como siempre intentó y casi siempre consiguió, atendiendo las necesidades de su prole, hurgando en su memoria, escribiendo sobre sus andanzas y compartiendo su visión del mundo, las enseñanzas que su padre le legó, lo que la vida le dio y lo que también le quitó. 

Pero mientras tanto, ahí queda eso, Patachula. 

Que te quiten lo bailao.






2 comentarios:

  1. CRISTINA RODELGO LOPEZ21 de enero de 2023 a las 16:22

    El patachula, mi tio el de Móstoles. Siempre con una sonrisa, el experto en hacer ruidos raros con su boca que a todos los niños deja asombrados. Siempre con una sonrisa y aunque este jodido, el siempre dice que está bien. Al que escribes o llamas esporádicamente pero le alegra enormemente.

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  2. La verdad es que lleva Morata y a su familia muy dentro y para él es siempre una alegría saber de todos ellos

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