martes, 13 de diciembre de 2022

42 segundos

Me ha impresionado esta película española inspirada en la participación de nuestra selección nacional de waterpolo en las Olimpiadas de Barcelona de 1992, aquellas que coronaron como mejor jugador del mundo  a Manel Estiarte, dignamente interpretado por Alvaro Cervantes, y al que le da réplica un fantástico Jaime Lorente (Denver en La casa de papel) encarnando a Pedro García Aguado, al que todos conocemos por ser Hermano mayor y que actualmente ocupa el cargo de Director General de Juventud de la Comunidad de Madrid. No os voy a destripar la película, simplemente os recomiendo encarecidamente que reservéis un par de horas el próximo fin de semana para verla. La podéis encontrar en Amazon Prime y, si tenéis hijos a los que les guste el deporte, no dudéis en animarles a verla con vosotros. En estos días en que el mundo está pendiente del Mundial de fútbol de Qatar es un estupendo complemento.

La película me ha retrotraído inevitablemente a aquel verano de 1992, cuando yo arrastraba sólo diecinueve primaveras y en mi vida estaba a punto de irrumpir una maravillosa mujer que lo cambiaría todo. Barcelona se convirtió entonces en capital del mundo y todos los poros de esta piel que llamamos España rezumaban un espíritu de euforia y expectación, y unas ganas de gritarle al mundo: ¡Aquí estamos! ¡Podemos organizar los mejores Juegos de la historia!

Y lo cierto es que, si hiciésemos una encuesta sobre cuáles han sido los mejores Juegos Olímpicos de la era moderna, casi cualquier español, incluso los que no lo recuerdan, con ese orgullo de lo nuestro que nos caracteriza, afirmarán que fueron los de Barcelona. Yo, desde luego, así lo creo. Logísticamente supuso una hazaña en la que participó desde el más humilde plebeyo hasta el que hoy reina en este país, Felipe VI, que fue abanderado y participante en aquel evento mundial. Supuso el inicio de una etapa gloriosa del deporte español que aún perdura. Nunca habíamos presentado tantos deportistas a un acontecimiento de este calado, nunca habíamos subido tantas veces al podio, nunca habíamos tenido tan a mano tantos ejemplos de esfuerzo y superación que presentar como referentes a nuestros hijos. Aquellas semillas que se plantaron en Barcelona dieron años después sus frutos en los Rafa Nadal, Pau Gasol o Andrés Iniesta que tantos éxitos, antes imposibles de imaginar, han conquistado para nuestro país.

No creo que os cueste demasiado visualizarme, aún con la mayoría de edad en período de prácticas, sentado a todas horas delante del televisor, animando a Teresa Zabell, Luis Doreste, Daniel Plaza, Fermín Cacho, Antonio Peñalver, Kiko Narvaez y otros muchos que aquel verano se convirtieron en héroes para todos nosotros. Creo, por ejemplo, que la gran mayoría éramos unos completos ignorantes en lo que a la vela se refiere, pero todos jaleábamos a nuestros representantes y comentábamos las pruebas como si cada domingo nos echásemos a la mar con nuestro velero. Hasta seguíamos enfervorecidos la competición de deportes tan poco emocionantes como el tiro con arco. Al menos mis amigos y yo sí lo hacíamos.

Pero ver la película también despertó mi curiosidad sobre qué ha sido, treinta años después, de aquellos alrededor de los que el país entero giró durante un mes. Porque el deporte también deja juguetes rotos. Deportistas a los que la derrota o el triunfo consumieron, que se hundieron por la exigencia de la alta competición o porque fueron incapaces de sobrevivir apartados de los focos. Aunque la película no aborda este asunto más que de soslayo, yo era conocedor de que un componente de aquella mágica selección de waterpolo, años después, cuando ya todos ellos formaban parte de la memoria deportiva colectiva de este país, se había suicidado en extrañas circunstancias. Empezaron a venir a mi cabeza de forma inmediata los nombres de Diego Armando Maradona, Julio Alberto, Paul Gascoigne, Lamar Odom, el Chava Jiménez, Poli Díaz y tantos otros. Busqué en Google y descubrí para mi tranquilidad que, por ejemplo, Miriam Blasco, medalla olímpica en judo, dirige un gimnasio, o que Martín López-Zubero, el primer nadador español que consiguió una medalla olímpica, es ahora entrenador en Florida. Me llevé también alguna sorpresa, como que Antonio Peñalver, medalla de plata en decatlón, denunció a su entrenador, años después, por abusos sexuales, o que Daniel Plaza, aquel corredor de marcha que nos hizo vibrar a todos, se metió en política y acabó teniendo que abandonar por un escándalo también de índole sexual. Pero, para mi tranquilidad, prácticamente todos llevan hoy en día vidas normales.

El deporte es maravilloso, pero cuando llegas a la cima, debes saber que un día caerás desde esa altura y que nadie te va a poner un colchón para amortiguar la caída. Tal y como estoy contando en Lo que nos da la cancha, aunque en categorías inferiores, donde la distancia entre el cielo y el suelo es mucho menor, mi hijo Sergio estuvo ahí arriba y en ocasiones vi vértigo en sus ojos. Incluso creo que sintió alivio cuando le expulsaron de ese Olimpo al que elevamos a nuestros deportistas en el momento que dejan de ser anónimos para pasar a ser orgullo de todos. Y veo a los que acompañaron durante aquellos años a Sergio y que aún están ahí, subiendo raudos por las laderas de esa montaña, algunos ya muy cerca de la cima, y cruzo los dedos para que no les pase nada, para que el éxito o el fracaso no les prive de ser quienes realmente son. Para que el deporte sea siempre benigno con todos ellos.

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